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COLUMNA

Alemania y nosotros

Siempre hay que tomarse con cierto escepticismo los intentos por trasladar sin más los resultados electorales de unos países a otros; más aún si lo hacemos con uno relativamente lejano a nuestra cultura política como es Alemania. Una gran coalición hubiera sido aquí imposible, y el mismo hecho de que ésta existiera ha condicionado decisivamente los resultados de sus últimas elecciones. Es muy probable que sin ella no se hubiera profundizado en la fragmentación de su sistema de partidos hasta afianzar un verdadero pentapartito. Con todo, muestra una tendencia, allí como en Portugal, a ampliar el espectro de partidos susceptibles de ser elegidos, que seguramente sea la expresión de un nuevo impulso por parte del ciudadano europeo hacia un voto más volátil o a optar por la abstención.

¿Se contagiará el PSOE de la enfermedad de la socialdemocracia que afecta a sus parientes europeos?

Primera conclusión provisional y un aviso a navegantes: ¡nadie puede sentirse ya con "votantes cautivos"! Por otra parte, y esto no deja de ser un dato relevante, en ambos países, aunque con pérdidas, se mantienen los gobiernos que han pilotado la crisis, con la salvedad de la debacle del SPD, la otra pata de la gran coalición. La enseñanza que se extrae de este doble movimiento se concreta en una paradoja: la ciudadanía parece querer a la vez estabilidad y cambio; abrirse a una mayor posibilidad de opciones, pero sin caer en el aventurismo político; desea otra cosa y sin embargo lo mismo.

El sorprendente hundimiento de la socialdemocracia -no confirmado ahora en Portugal pero sí en otros países en las últimas elecciones europeas-, abre un gran interrogante respecto a si es o no exportable a España. ¿Se contagiarán nuestros socialistas de la "enfermedad" de la socialdemocracia que afecta a sus parientes europeos? La respuesta, como es obvio, sólo podemos encontrarla indagando sobre cuáles han sido las causas de su padecimiento, algo demasiado complejo para liquidarlo en una columna. Quedémonos, pues, con las dos conclusiones provisionales anteriores. Al no haber partidos pequeños de ámbito nacional con probabilidades de obtener un crecimiento significativo, la mayoría de las pérdidas socialistas irían con casi total seguridad a la abstención. Una IU errática y sin liderazgo no parece haberse ganado, al menos por ahora, el puesto que han alcanzado Die Linke o el Bloco portugués. Y, a la vista de su desastrosa gestión del caso Gürtel y su ausencia de alternativas concretas a la crisis, la opción por el PP parece poco apetitosa para un potencial ex votante socialista.

La prueba de fuego para el PSOE será entonces el saber mantener al amplio sector de sus votos fieles, algo que, si se impone la tendencia europea, no será una tarea fácil. Recordemos que ya venía perdiendo un importante número de votos entre las clases medias urbanas, que es el sector al que no benefician precisamente las últimas medidas contra la crisis.

El PSOE se equivocaría, sin embargo, si confía en exceso en el actual y paralelo descontento con la derecha española, incapaz de zafarse del marasmo en el que la ha introducido la trama urdida por Correa. La volatilidad del voto está aquí para quedarse y hoy más que nunca los votos han de ganarse, no darse por supuestos. Haría bien, por tanto, en cartografiar la dirección del cambio, por muy contradictorio que parezca. Y tengo para mí que éste pasa por disolver la paradoja a la que antes aludía. Tal y como aprendimos de Obama, la cuestión estriba en establecer un adecuado balance entre pragmatismo y utopía, y en saberlo transmitir. ¿Cuál es el concepto de la buena sociedad que hemos de alcanzar y cómo presentarlo para no ahuyentar a ciudadanos temerosos de todo cambio, pero no por ello menos dispuestos a dejarse ilusionar? La clave está en ofrecer una gestión solvente y atenta al terreno que se pisa, pero dirigida por alguna visión, el proyecto de una sociedad que no se consuma en más de lo mismo. Apartarse, por tanto, de esa imagen ofrecida últimamente por la socialdemocracia, en la que aparecía más como defensora del status quo que como portadora de un proyecto transformador; más empecinada en conservar sus logros históricos, el Estado de bienestar, que por redefinir sus objetivos de cara al futuro.

Parece, en efecto, una tarea más propia de alquimistas que de políticos, pero no es imposible. Tal vez haya que empezar por lo más básico, por introducir una forma de hacer política que no sea la habitual, dominada por el tacticismo y el control de los aparatos de partido. No es posible una reivindicación de la política en estos tiempos de crisis si no se recupera la confianza en ella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de octubre de 2009