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COLUMNA

El hedor habitual

Repetir la archiconocida frase que escribió Shakespeare en su Hamlet no tiene utilidad alguna. "Algo huele a podrido en Dinamarca" como referencia a determinados comportamientos de las castas dominantes o, mejor dicho, a los comportamientos determinados de determinados personajes que detentan poder y dinero, podría articularse en cualquier país de este mundo globalizado. Las populares ovejas negras, los casos de corrupción en la vida pública, nos son privativos de esta franja larga y estrecha junto a la maltratada costa mediterránea. Tampoco es privativo de los valencianos los casos puntuales, que salieron a la luz pública, de la financiación de partidos políticos al margen o fuera de la legalidad que los regula. Más allá de los Pirineos aparece de tanto en tanto algún chanchullo de esta índole porque, ya se sabe, que ni todo el monte es orégano ni todos los políticos arcángeles. Las democracias un poco más arraigadas que la nuestra en la cultura del pueblo soberano que vota a sus gobernantes disfrutan de libertades y medios legales sobrados que les permiten fumigar el hedor que periódica y puntualmente aparece en la esfera de la política. Y el mal olor se elimina porque perjudica a esa misma esfera política y, por supuesto, a la convivencia democrática. Todo, si bien se observa, pertinente y normal.

¿Qué sucede por estos pagos? Mire usted, el chanchullo y el hedor tienen el mismo color que por doquier. Pero el olor putrefacto de la corruptela persiste y no se elimina. Aquí, gracias a la primera de todas las libertades que es la de expresión, se esparce por la vía pública el olor de la alcantarilla, y no hay un poder legislativo independiente y neutral que ordene la inmediata eliminación del hedor por tal de salvaguardar la salud pública, tan importante para la convivencia y la democracia. Ante cuarenta mil evidencias, algunos señores togados se colocan la mascarilla de las amistades, y no huelen ni el menor indicio. La oposición política se muestra moderadísima por miedo a perder más votos de los que ya perdió por su poca decisión y división; una oposición a la que le falta no posturas extremistas, pero sí radicales en temas tales como el destino del dinero público. Duerme esperando votos. La opinión de la calle observa entre Pinto y Valdemoro, entre el conformismo de un sector muy numeroso, el bálsamo manipulado por los pícaros de otro sector también numeroso, y la impotencia de una tercera franja social de valencianos que soporta el hedor con resignación, impotencia y mala leche contenida. Y la alcantarilla, que en otros lugares es puntual, aquí se va convirtiendo en cotidiana y habitual. Mientras los pícaros gastan teléfono y comentan las gracias de sus hedores y se dan a conocer unos diálogos dignos del mejor Patio de Monipodio cervantino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de septiembre de 2009