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Reportaje:

Muchos balones, poco dinero

El fútbol femenino catalán es puntero en España pero "no da para vivir"

No hace tanto, los campos eran de tierra, los vestuarios olían a mierda por los urinarios contiguos y las jugadoras se turnaban para lavar la ropa del equipo en casa. "En 1996, colgábamos carteles por la calle para que vinieran a vernos", constata Dolors Ribalta, futbolista durante 15 años por amor al arte y ahora secretaria técnica del Espanyol, símbolo de que el fútbol femenino se ha modernizado. Pero sostener económicamente a un equipo de la Superliga, la máxima categoría nacional, es una odisea. Bien lo saben el Espanyol, el Barça, el Nàstic y L'Estartit, los cuatro clubes catalanes punteros.

Tras la unificación de códigos y oficialización de las reglas del fútbol moderno en 1863, el primer encuentro femenino se disputó en Glasgow (Escocia), en 1892. Pero fue el Dick Kerr's Ladies, conformado por trabajadoras de la empresa Dick Kerr & Co, las que elevaron, ya en 1920, el deporte a un espectáculo. Hasta el punto de que atrajeron a 53.000 espectadores en un partido. En España, el fútbol femenino comenzó a divulgarse a principios de la década de 1960, pero no fue hasta el curso 1988-1989, por más que antes se realizaran otro tipo de campeonatos, cuando se oficializó la competición, donde tomaron parte el Barça, Espanyol, Olímpico Fortuna, Puente Castro, Parque Alcobenda, Santa María Atlético, Vallès Occidental, Sabadell y Peña Barcelonista Barcelona, campeona a la postre. Actualmente, en España hay 18.000 licencias de jugadoras y Cataluña acapara 6.000, más que ninguna otra comunidad autónoma. "Aquí se trabaja la base", asegura Carles Nogué, presidente de L'Estartit, que cuenta con seis equipos y una escuela para niñas. "Hemos reforzado el fútbol base para nutrir al primer equipo en el futuro", destaca Josep Ramió, responsable del área del Espanyol, con siete equipos. "Tiramos de las escuelas que hay en las provincias catalanas", añade Xavi Llorens, técnico y encargado de los cuatro equipos del Barça. "Nosotros hemos creado un filial", destaca Jorge Párraga, entrenador del Nàstic, con sólo dos meses de existencia.

Barça, Espanyol, L'Estartit y Nàstic, los clubes catalanes de la Superliga

Hace dos semanas, el Barça derrotó al Espanyol en la final de la Copa Catalunya. "Nos tocaba una alegría", señala Llorens, que cada día discute amistosamente con el club para que estiren la chequera. "No me puedo quejar mucho", apostilla; "el presupuesto ronda los 450.000 euros y el sueldo de las jugadoras está equilibrado". El Barça ha puesto el tope salarial en 18.000 euros anuales, y el mínimo es de 6.000. También pone pisos para las chicas que vienen de fuera y los estudios de las más jóvenes.

El equipo más profesionalizado es el Espanyol, con el entrenador, una coordinadora técnica del fútbol base y una jefa de comunicación. "La dirección deportiva", señala Ramió, "deberá viajar para rastrear el mercado nacional y las mejores ligas, como la sueca, la americana y la alemana". También se acordó revisar el sueldo de las futbolistas, porque existen diferencias abismales; se cobra desde los 150 euros al mes hasta los 1.500. "El presupuesto ronda los 420.000 euros", desvelan fuentes oficiales del club; "pero seguimos dependiendo de las cuotas, de la Secretaría General y sus subvenciones y demás patrocinadores". Pero al contrario que la mayoría de los equipos, el Espanyol cala hondo entre la afición; acuden unos 800 aficionados por partido. "Nos tratan de maravilla", añaden en el vestuario. El club ha alquilado dos pisos céntricos para las jugadoras y facilitará trabajo para quienes lo soliciten.

No se queda atrás L'Estartit, con poco más de 2.500 habitantes. "Tenemos a más de 100 jugadoras y 20 técnicos", aclara Nogué, que cifra el presupuesto del equipo en 400.000 euros. "Gracias a los patrocinios, las ayudas de la Diputación, la Generalitat, el Ayuntamiento...", conviene. El club dispone del campo municipal y los sueldos, a excepción de la estrella mexicana Marigol, son justos. "Llega para vivir. Pero yo, además del equipo, estudio y trabajo", relata la capitana Noelia Carrillo. "Les damos casa, trabajo, manutención y algo para gastos", ahonda Nogué.

Hace unos meses, la RFEF cursó invitaciones a los clubes de Primera y Segunda División para instaurar un equipo en la Superliga, una vez se ha reestructurado la categoría y ampliado a 24 los equipos. El Nàstic aceptó. "Vinieron unas 60 chicas a las pruebas y desde julio que hacemos la pretemporada", explica Párraga. Su presupuesto es precario. "Las chicas no cobran. Poco a poco", interviene el técnico; "pero sirve para cubrir el material deportivo, viajes y algo más".

Los objetivos para el curso que empezó hace dos semanas -el Murcia se ha retirado por insolvencia económica- están claros. "L'Estartit tratará de dar la campanada", señala Carrillo. "El Nàstic, a dar guerra", apunta Párraga. "El Barça debe mejorar el sexto puesto del año pasado", arenga Llorens. "El Espanyol aspira a todo", concluye Mery.

"Las chicas no juegan a fútbol"

Cuando contaba con seis años, sus padres decidieron emigrar a Tánger para dar clases en el colegio Ramón y Cajal. A María Ruiz (Madrid; 1983) poco le importaba, siempre y cuando hubiera una pelota de por medio. Le chiflaba patearla, practicar regates y jugar partidillos en espacios reducidos. Pero Mery, como le conoce todo el mundo, se equivocó; balones había, pero permisividad con su pasatiempo favorito, ninguna.

"¡Las chicas no pueden jugar al fútbol!", le gritó un día su profesor de educación física. Un mazazo, pero no definitivo. A hurtadillas, siempre con chándal largo, jugaba por las calles con sus hermanos. Ante el recelo de los demás chicos; frente a los suspiros de las chicas. "Era una auténtica aventura porque me medía con una sociedad cerrada", conviene Mery. Años después, su padre llegó a ser el director del colegio y creó un equipo de mujeres. "¿Me enseñas a jugar?", le preguntaban entonces las niñas de la clase, entre tímidas y curiosas. Pero a los 13 años, regresó con su familia a Madrid para no volver.

Acabado el instituto, Mery se fue a Estados Unidos en busca de su sueño, de jugar en un equipo de la USL W-League. "EE UU ganó el Mundial de 1994 con un equipo fantástico. Me impresionó", recuerda. De paso, cursó la carrera de terapéutica deportiva. En Estados Unidos, Mery jugó con Indiana y Búfalo (Nueva York), equipos profesionales a un paso de su sueño. Ahora, sin embargo, ha regresado a Barcelona para defender al Espanyol. "El sueldo no es para tirar cohetes, pero así puedo acabar los estudios", aclara; "aunque mi meta personal sigue siendo jugar en la W-League". Si le pone empeño como en Tánger, nunca se sabe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de septiembre de 2009

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