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Reportaje:ventanas / Sanya | viaje

EL BENIDORM CHINO

Situada al sur de la isla tropical de Hainan, esta costa plagada de flotadores gigantes basta para convencerse de que China es el paraíso del color y del surrealismo

Xiao Wang sólo había visto el mar por televisión. Desde que sus padres le dijeron que este verano podría jugar con las olas, su imaginación la había transportado a un mundo de peces de colores y estrellas de mar. Pero, al natural, le parece que del agua saldrá en cualquier momento una aleta de tiburón. Ataviada con dos pares de manguitos rosas, se acerca a la orilla una y otra vez para terminar dándose la vuelta buscando a su madre, que la espera a pocos metros vestida con lo que parece un pijama amarillo chillón decorado con cientos de palmeras. No es difícil dar con el padre, porque los tres han elegido diferentes tallas del mismo modelo. De hecho, la mayoría de los chinos que no desfilan en bañador por la playa de Dadonghai están cubiertos de cocoteros sobre fondos de colores que dañan la vista.

En el chiringuito de playa se puede adquirir la loción blanqueante

Los manguitos no son suficiente. Tampoco le convence el flotador de cintura. Ni siquiera un chaleco hinchable de ciencia-ficción le da seguridad. Así que, finalmente, Xiao Wang se enfrenta a las temibles olas de 30 centímetros con todos ellos sobre su cuerpo y agarrada a una de las cuerdas que cada pocos metros ayudan a los bañistas a no perder el rumbo. Podría ir así a la Luna, pero, en Sanya, donde el más osado se adentra dos metros en el líquido elemento, no desentona.

Ir a la playa en un país en el que las empresas de cosméticos hacen su agosto con productos para blanquear la piel parece una contradicción. Pero un vistazo a la atestada costa de Sanya, al sur de la isla tropical de Hainan, basta para convencerse de que China tiene facilidad para sumar términos que en cualquier otra parte darían como resultado un sinsentido. Y el comunismo capitalista que ha provocado el milagro económico del Gran Dragón es también el que ha llevado a la playa a miles de chinos en cuyo canon de belleza la piel pálida es un elemento clave. La solución es sencilla: pasear en biquini o escueto slip marcapaquete resguardados del sol por un paraguas y embadurnados en crema solar de protección 90. Y luego pasar por el chiringuito de playa en el que se puede adquirir la loción blanqueante para uso nocturno, claro.

"Sanya, es lo cool, tío", explica Zhang Wei, que tiene 22 años, es hija de nuevos ricos de Shanghai, y aprovecha su último verano universitario para darse un chapuzón hasta las rodillas y lucir palmito con sus amigos en el todavía naciente paraíso tropical de China, un destino que podría ser producto del apareamiento entre Benidorm y Bali, y que gana adeptos locales al ritmo que crece el PIB del país. La joven no sabe nadar, pero no importa. "Nos hacemos las fotos en la orilla, las cuelgo en Xiaonei, y así doy envidia a los compañeros", reconoce con una sonrisa maliciosa. "Donde nos divertimos de verdad es en el karaoke".

Y no faltan garitos con exceso de decibelios cuyos sistemas de sonido compiten con el repiqueteo de la maquinaria pesada que levanta, día y noche, los nuevos hoteles-colmena de Sanya City.

Sin duda, salvo por su interés sociológico o por su potencial cómico, este panorama no resulta especialmente atractivo para el turismo internacional. Pero el país de Mao quiere competir con Tailandia e Indonesia, y, cuando algo se propone, algo consigue. Así que los lujosos resorts para extranjeros y para los chinos más pudientes se refugian a una distancia prudencial de la ciudad. Es la exclusiva playa de Yalong, donde la entrada que da acceso a su disfrute cuesta lo mismo que tres días de trabajo de un agricultor medio.

No hay crisis en Sanya. Si se cumplen los pronósticos de la Organización Internacional del Turismo, en una década China será el destino más visitado del mundo. Pero donde realmente reside su potencial es en el turismo interno, porque la crisis económica ha acelerado el momento en que la china sea la nacionalidad que más viaje por el planeta. Será en 2015. Así que habrá que ir haciéndose a la idea, y quizá el futuro pase por abrir una tienda de pijamas de palmeras y cremas blanqueantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de agosto de 2009