Columna
i

Queridísimo imbécil

Por alguna extraña razón que no alcanzo a entender, hay un tipo por el mundo que se ha empeñado en convertirme en gerente de personal. Indesmayable, cada día me envía 15 ó 20 correos electrónicos invitándome a ser gerente de personal de "una grande empresa". Cuando leí esa incorrección gramatical en español, tendí a pensar que podía tratarse de un italiano por la similitud entre "gran" y "grande", pero con el transcurso de los días he llegado a la conclusión de que es un auténtico imbécil por varias razones. La primera por gastar tanto tiempo en enviarme correos sin conocerme. Yo creía que ese tipo de relación electrónica tenía más que ver con asuntos de la entrepierna que del cerebro. De hecho no son pocos los correos que asaltan nuestro ordenador portátil indicándonos que una chica rusa de no se qué región perdida quiere conocerte como si pudiera concebirse que alguien le hubiera hablado de mí en Siberia. Algunos, más prácticos pero más insolentes, te ametrallan con ofrecimientos de viagra sin preocuparles ni tu edad ni tu sexo ni tu condición religiosa. ¿Cuántos de estos mensajes habrán llegado por ejemplo, al Vaticano? Me corroe la curiosidad.

La segunda, porque al no conocerme no sabe que lo de gerente de personal ya no pone como antes. Tal y como están las cosas, el puesto de gerente de personal está en vías de extinción. Si las empresas se quedan sin personal, para qué quieren un gerente... Para gestionar, como mucho, a los cuatro empleados que han sido capaces de resistir el ERE de turno... Intuyo, pues, que este o esta persistente cartera de correos electrónicos debe habitar en algún paraíso recóndito de esos a los que las noticias llegan muy tarde o, sencillamente no llegan nunca. Quizás alguien le ha dado un ordenador portátil y le paga un céntimo por cada correo enviado como antes se pagaban dos perras por cada sobre rellenado de cromos de futbolistas. Si así fuera, creo que yo solo le he solucionado la vida y estoy por contestarle para decirle que no quiero ser gerente de personal de nada, pero que no me importaría ser su ayudante porque intuyo que se le acumula el trabajo.

A ver si, al final, este autómata no va a ser tan imbécil como yo creía y he minusvalorado su empuje empresarial...Claro que entonces, las rusas que me ofrecen su compañía en un español macarrónico (para hacerse más creíbles, supongo) y los vendedores de viagra y los reyes de los casinos en red y toda esa recua de jackers que nos invade y asola, sean la misma persona que se está forrando a cambio de molestar a los demás. Pero si así fuera, ¿quién le paga? ¿Será este el nuevo orden mundial y Obama una zapatilla rusa, dicho sea con perdón? ¿Habremos vuelto a la época de Superman?, ¿o a la del Doctor No? Hay que ver lo que me ha hecho pensar este imbécil.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 24 de julio de 2009.

Se adhiere a los criterios de