Tribuna:LA CUARTA PÁGINA
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España, lo que va de la euforia a la crisis

Hoy, la pasividad y el pesimismo no suponen ninguna opción. Nuestro país precisa reformas estructurales. La misión de los gobernantes es identificarlas con precisión y afrontarlas con decisión y optimismo

En la primavera de 2005 comenzó a reinar el optimismo entre la población española que, superados los efectos del grave atentado del 11-M, contemplaba ilusionada el inicio de una nueva época, expresión que evocaba otros periodos de la historia igualmente cargados de las mismas ilusiones.

En un periodo de ajuste de los errores de los Gobiernos anteriores y de prosperidad nacional, los responsables políticos se imaginaban un futuro fastuoso capaz de reconciliar el lujo privado, sostenido por una actividad crediticia en alza, con el gasto público, rumboso en el sostén de las actividades culturales y lúdicas. Los españoles, fuera cuales fuesen sus países de nacimiento, aspiraban a recibir mayores salarios para alcanzar el nivel de consumo de las clases acomodadas europeas, y el ministro de Trabajo no dudaba en abrir las fronteras a una emigración masiva convencido de la solidez del sistema económico y social. La gente confiaba en el Gobierno. Los planificadores urbanísticos se disponían a construir sin límite, y los bancos y las cajas de ahorros estimulaban la compra de viviendas por medio de préstamos hipotecarios.

La historia enseña que hay que afrontar los retos sin caer en el desánimo ni sublimar los errores
Ejemplos de reformismo fueron Fernando el Católico, el conde de Aranda, Sagasta o Azaña

Ese estado de ánimo favoreció los nuevos proyectos de erradicar injusticias y de rehacer costumbres sociales como las referidas al uso restrictivo de la palabra matrimonio, la igualdad de las mujeres -creando incluso un ministerio en esa línea-, o los protocolos para la interrupción del embarazo. Se decía que esos cambios estaban impulsados por la atractiva figura del presidente del Gobierno, un joven optimista, dinámico y audaz, al que sus admiradores saludaban con un gesto en clara alusión a la forma de sus cejas. Detrás de los cambios estaba él con su talante y su convicción de que España disfrutaba de oportunidades que raras veces se le brindan a un país.

Y de repente una tormenta financiera, comenzada en Estados Unidos, puso fin a la larga ilusión, convirtió el sueño en una pesadilla, en medio de fuertes censuras de la prensa hostil al Gobierno y de aquella otra que, al medir razonablemente la situación, pidió un cambio de actitud ante la grave situación.

La crisis económica plantea un serio problema en relación al periodo prometedor vivido por España en las dos últimas décadas: las dificultades exigen imaginación y generosidad para afrontar el reto que supone el desfase entre lo que la sociedad española esperaba y lo que puede obtener en las actuales condiciones. Parte de la revuelta de la juventud por el llamado Plan Bolonia se relaciona con las palabras de Hamlet, el célebre personaje de Shakespeare, "hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía". Es decir, que la crisis oculta en realidad un desajuste en la estructura de la enseñanza superior, en la selección del profesorado, en la obtención de las becas y en la parcialidad de las ayudas a la investigación.

De modo similar, las quejas de los empresarios se dirigen contra una burocracia que recuerda a la del Barroco denunciada por Cervantes o Quevedo, donde miles de paniaguados saquean las arcas públicas; lo mismo puede decirse de la pasividad mostrada por la gente de edad que se refugia en la jubilación para no afrontar lo que para ella es el hundimiento del país. Pero entre tantas opiniones faltaba la del historiador, es decir, una mirada que identifique los factores de la actual crisis económica e interprete el brusco giro de la sociedad española en la primavera de 2009.

Partiré de un hecho que a un historiador le resulta evidente: hemos entrado en la clásica paradoja de la historia de España: las reformas estructurales requieren un talante optimista para afrontarlas, sin embargo, los responsables políticos no saben el modo de ponerlas en práctica, porque no consiguen identificarlas con precisión. Esto mismo ocurrió ya en el último tercio del siglo XIII, cuando Pedro el Grande en la Corona de Aragón y Alfonso X en la Corona de Castilla planificaron un proyecto imperial, o en la década de 1520, cuando Carlos V quiso introducir los valores de la economía borgoñona en las matrices españolas, o en 1688 cuando el conde de Oropesa buscó con el apoyo de los calvinistas holandeses inversiones de capital inicial para relanzar la economía postrada tras varios Gobiernos ineficaces, o los imaginativos ajustes del primer bienio de la Segunda República.

En todos esos casos, el titubeo en la toma de decisiones fue el responsable de que la única salida fuera un deterioro del sistema que acabó en el peor de los escenarios imaginables. La norma general indica que a lo largo de la historia española, los periodos de intensas esperanzas, de modo invariable, si no inevitable, han acabado en profunda decepción. Los pretextos han cambiado, no así el motivo que ha sido siempre el mismo. En muchas ocasiones se malograron las reformas invocando el casticismo, los fueros, la legitimidad de una dinastía, el carácter indomable del pueblo, el sentimiento de fracaso por la pérdida de los territorios americanos, la pereza, la envidia, la presión de las salas de banderas, la crisis económica, los sueños embriagadores de un imperio donde no se ponía el sol, la melancolía, la soledad, los sufrimientos del exilio, la alienación por la omnipresencia de una casta clerical; aunque el motivo real fuera la incapacidad de creer que el colapso responde a una desacertada toma de decisiones.

Y por ese motivo no debe sorprendernos que Ángel Ganivet, uno de los españoles de la Generación del 98 más versados en los males de España, bordeara la desesperación al enfrentarse con este panorama. Su correspondencia con Unamuno desenmarañó tantas líneas del ser español ante el reto del futuro como le fue posible. No fue el único en hacerlo.

Un breve repaso a la historia de España nos indica que en muchos momentos los responsables políticos han estado ensimismados en su propia búsqueda de poder para atender las reformas del país, y por eso fueron incapaces de prever un problema, lentos para percibirlo una vez producido y torpes para resolverlo una vez percibido.

Un ejemplo llamativo fue lo ocurrido en los años terminales de Carlos II o de Carlos IV, donde los grupos dirigentes se dejaron llevar por unas pésimas prácticas en la toma de decisiones colectivas, fomentando las pasiones populares, las cuales condujeron a una crisis dinástica de efectos terribles en la sociedad española. La Guerra de Sucesión nació de un error conceptual gravísimo, lo mismo que ocurrió con la llamada Guerra de la Independencia, provocada tras el "día de cólera" del pueblo de Madrid. Cuando analizamos esos dos casos tenemos la sensación de que algo catastrófico ocurrió hacia finales del siglo XVII o del siglo XVIII. Al principio, las cosas parecían desarrollarse de modo comparativamente tranquilo; luego, ocurrió una estrepitosa ruptura.

Frente a estas situaciones y otras del mismo tono, conviene recordar para ser justos la actitud adoptada por algunos líderes del pasado que resolvieron una situación de crisis antes de que sobreviniera el colapso: lo hicieron Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, Alfonso VIII de Castilla, Fernando el Católico, el conde de Aranda, Sagasta o Azaña. Al repasar las circunstancias de esos compatriotas nos percatamos de que existieron españoles que supieron decidir cuáles eran los valores que conformaban el núcleo esencial de creencias por las que valía la pena luchar y cuáles habían dejado de tener sentido.

Sus testimonios aportan esperanza. Si iluminamos por igual los fracasos y los éxitos del pasado, seremos capaces de enmendar nuestra forma de actuar e incrementar las oportunidades. Pero hay que hacerlo sin caer en el desánimo, pues no se trata de sublimar los errores, sino de afrontar el futuro con responsabilidad, en el total convencimiento que el espíritu prometedor aún anida entre nosotros. Éste es el modo razonable de aproximarnos a la crisis, o al menos el único camino que creo que puede ayudarnos a salir de ella.

José Enrique Ruiz-Domènec es historiador. Su último libro es España, una nueva historia (Gredos).

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