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Reportaje:

Más de 2.000 días sobre esquíes

José Blasco Llopis, de 80 años, se desliza por la nieve todas las mañanas del año P Practica en la estación de Valdesquí o en el centro Xanadú, en verano

No perdona un día. José Blasco Llopis está a punto de cumplir los 81 años y cada mañana, muy temprano, sale de su casa, toma el metro hasta Moncloa y allí coge el autobús a la estación de Valdesquí, en el municipio de Rascafría. "Siempre uso el transporte público", dice este valenciano, nacido en Algemesí, a 30 kilómetros de la capital y en plena huerta, el 8 de junio de 1928. Tal es su afición, que en 2006 consiguió entrar en el Libro Guinness de los récords por esquiar más de mil días seguidos. "Lo hice sin darme cuenta".

El pasado lunes, el tiempo no acompañaba y las pistas estaban medio vacías. Caía nieve y, en las pistas más altas, las nubes se transformaban en niebla. Pero eran buenas noticias para él: "Iban a cerrar la estación ayer mismo, pero con tanta nieve a lo mejor aguantan, aunque sube muy poca gente", comenta el veterano esquiador antes de coger el primer remonte. Poco después, Agustín Ramírez, director de la estación, se muestra más cauto: "En esta época vamos improvisando casi cada día". De hecho, hoy es el último día de apertura.

En 2006 consiguió el récord Guinness por entrenar mil días sin interrupción

Blasco Llopis, que baja las pistas con prudencia —"tengo mucha estabilidad, no me caigo nunca"— no fue un esquiador temprano. Profesor de Educación Física en diferentes colegios de Valencia, Madrid y Málaga, probó por primera vez con 40 años. "Fue cuando estaba en Marbella. En verano la ciudad era muy divertida, pero en invierno me aburría y empecé a subir a Sierra Nevada", recuerda. "Di mis primeras clases y me gustó desde el primer momento". Cuando está en Valdesquí, utiliza unos snowblade, esquís cortos que "permiten giros más rápidos", aunque cogen menos velocidad.

¿Y en verano? No hay problema: "En cuanto cierra Valdesquí, voy todos los días a Xanadú", el centro de ocio de Arroyomolinos dotado con un parque de nieve. "Allí uso unos esquís largos que compré por más de mil euros, van fenomenal". Después, baja al circuito de karts y corre un poco sobre cuatro ruedas.

Los intereses de Blasco Llopis, que también practica windsurf —"en el embalse de Valmayor, cuando dejan"— y ha pasado por el patinaje sobre hielo, el parapente y el ala delta —"das unas clases y luego ya te sueltas, a mí lo que me gusta es deslizarme, por tierra, agua o aire"—, transcurren también por otros derroteros, muy distintos: "Conocer el universo". Mientras trabajaba, ya en Madrid, empezó a estudiar Publicidad en la Universidad Complutense. "Pero me aburría y lo dejé para dar cursos de informática, que estaba empezando y era muy interesante", apunta este hombre inquieto.

"Me di cuenta de que la informática, la neurología y la cosmología están relacionadas: todo está compuesto de hardware y software", explica. "En el hombre, el hardware es el cerebro y el software, la mente; en el universo, el hardware son los planetas, y el software, la energía de las estrellas". Blasco Llopis ha escrito tres libros sobre el tema y ha dado varias conferencias.

Casado, con una hija y una nieta, el secreto de su casi eterna juventud está en las cinco raciones "o más" de fruta que come al día. "Todo empezó por el hambre que pasamos en la Guerra Civil y la posguerra", recuerda: "De chavales, recorríamos la huerta y cogíamos lo que podíamos. La fruta nos salvó, y mira a mí qué bien me sienta".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de abril de 2009