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Reportaje:FIN DE SEMANA

Venecia, las esencias de Oriente

Un paseo por la ciudad que, con sus 118 islas, abarca todas las perspectivas

Toda ciudad aspira a su metáfora, pero el agua las borra todas porque a todas las contiene. El agua, que adopta la forma del cuerpo que la acoge y que, como el gas, es un elemento por definición ambiguo, equívoco, plástico, ha sometido Venecia a todas las metáforas posibles. Porque esta ciudad, alzada en realidad sobre una arboleda inmensa y casi siempre invisible conformada por miles de metros cúbicos de madera, es un mundo flotante y, a la vez, un ámbito en perpetuo estado de sitio, al borde siempre del abismo, el precipicio, la sima blanda del agua; en una palabra: la extinción.

Campaniles celebrando al Pantocrátor y a sus legiones angélicas, fachadas de ladrillo ligero y rosa como una lluvia de pétalos arrugados, bellísima piedra de Istria para impermeabilizar la fábrica de los edificios y por debajo, como una telaraña nemorosa, una red de pilotes de roble y pino que no se pudren debido a la falta de oxígeno, impidiendo así la acción de los microbios xilófagos. Ésta es, en esencia, la estratificación vertical de Venecia, un bosque invertido que nos permite glosar el exacto pronóstico de un escritor de talento, el praviano Pepe Monteserín: "Viví la infancia mirando el agua. Todo, a orillas de la laguna, lo conocí al revés. Ver en pie este palacio es como asomarse al espejismo de mi niñez".

Venecia es una ciudad sin lugares intrascendentes, sin espacios muertos, sin transiciones átonas. En la mayoría de las ciudades abundan lugares que sólo existen para conducir de un punto a otro, lugares "de paso" o "no lugares" que vinculan entre sí los lugares "de estancia" o los "lugares de afirmación". En Venecia, el lugar de paso, el no lugar, ha sido abolido. Cada metro de esta ciudad importa, encierra una promesa de belleza, un escenario para el reposo y la contemplación, dos de los atributos esenciales que distinguen al viajero del turista. Porque no en vano Venecia es la ciudad de todas las perspectivas, 118 islas que hacen del asombro su propia expectativa, un conjunto al que repele tanto la prosa arquitectónica como la prisa del peatón.

Los adornos de la niebla

Y todo ello porque Venecia esconde en su experiencia un misterio profundo que constituye a la vez una paradoja. La ciudad confirma la razón del tópico que define al turista como miembro de un rebaño ominoso, pero, al confirmarlo, niega que su territorio sea un escenario sitiado por vándalos de los cinco continentes. ¿Cómo puede operarse semejante contradicción? Aceptando que en los seis sestieres de la ciudad, una vez abandonadas las calles que conforman el esqueleto visible del Gran Canal y su área inmediata de influencia, se oculta, como en una matrioshka rutilante aunque algo tímida, otra ciudad prácticamente ignorada por el turista ortodoxo y que, admirada en invierno, con los adornos de la nebbia y el veloz atardecer, conserva el encanto gótico de una Thule inviolada y la fragancia de un Oriente que aquí derramó sus esencias.

Un par de espacios mágicos entre cientos posibles bastan para confirmar esta impresión. Al norte de la ciudad, en el sestiere de Canareggio, donde nacieron dos de los hijos más ilustres de la laguna, el viajero Marco Polo y el atormentado Tintoretto, el Gueto esconde un panorama bellísimo en su quietud de yeshivas, restaurantes kosher y adultos con filacterias y acento del Véneto. El Gueto veneciano es, de hecho, no sólo el más antiguo de Europa, pues fue instituido por el Consejo de los Diez en 1516, sino el que otorga a la palabra gueto su sentido seminal, pues el término tiene su origen en el vocablo veneciano geto, fundición, espacio originalmente dedicado a esta ocupación donde hoy se levanta el asentamiento judío.

A espaldas del bullicio de la Accademia, en el sestiere sur de Dorsoduro, el Zattere, el largo muelle que da a la isla de Giudecca, no sólo regala un paseo memorable lejos del aquelarre turístico, sino que, agotado hasta su extremo este, permite contemplar, desde la Dogana di Mare, un trípode excepcional. Aspirar el viento de la laguna desde la Dogana con la mole de Santa Maria della Salute a la espalda y con el Palacio Ducal y San Giorgio Maggiore, la obra maestra de Andrea Palladio, al frente se parece mucho a una borrachera de los sentidos.

Joseph Brodsky, el premio Nobel de Literatura nacido en Leningrado, pero que vivió desde 1972 en Estados Unidos, el Nabokov de la poesía, recogió en Marca de agua una de las sensaciones más placenteras que el viajero puede experimentar en un lugar sacralizado por la costumbre y los manuales: perderse. Brodsky, empleando la imagen de un trayecto en barco por la noche, concluyó que la pérdida del rumbo no es sólo una categoría náutica, sino sobre todo psicológica. Nada mejor para enfrentar la experiencia veneciana que salir sin brújula ni mapa a perderse, dejarse conducir por el instinto o, sencillamente, llegados a una encrucijada, tomar por el lado menos transitado. Porque en esta ciudad, como en ninguna otra, la pérdida es en sí misma un beneficio, una garantía para el hallazgo, ya que al final de cada sendero siempre se encontrará algo: una cariátide insolente, un balcón sobre el agua, ropa tendida como viejas banderas ondeando al viento de la Historia.

O incluso, por qué no, un punto de no retorno en el que admirar nuestro propio rostro reflejado en el agua, esa metáfora de metáforas.

Ricardo Menéndez Salmón es autor de la novela Derrumbe (Seix-Barral).

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Guía

Cómo ir

» Vueling (www.vueling.com; 902 33 39 33) tiene en el mes de marzo vuelos directos entre Madrid y Venecia desde 114 euros, precio final.

» Clickair (www.clickair.com; 902 25 42 52) también tiene vuelos directos entre Barcelona y Venecia desde 90 euros, precio final.

Información

» www.turismovenezia.it

» www.enit.it

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de marzo de 2009

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