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COLUMNA

Proteccionismo y amor

Todo el mundo tiene el derecho a defender lo suyo. Sin embargo, caer en un proteccionismo abusivo y continuar por dicha senda me parece un mal camino. La tentación proteccionista viene siendo una manifestación equivocada de un instinto de supervivencia y, a mi juicio, una mala interpretación y actuación de los derechos que todos tenemos a defender lo nuestro. Lo que muestran quienes apuestan por esa política es el temor a la competencia. Y esta última debemos interpretarla en todas sus acepciones, ya sea competencia internacional ya sea competencia nacional. De esta manera, quienes apuestan por un viraje al proteccionismo no hacen más que dejar entrever que desean ir contra las leyes de igualdad de oportunidades y a favor de la utilización de las instituciones para ampararse de sus malas prácticas.

Fórmulas como la defensa del 'made in Spain' nos retrotraen a tiempos pasados

Ello no quiere decir que las instituciones públicas no deban y tengan que salir al paso, y ayudar tanto al relanzamiento económico como a paliar situaciones de sectores en crisis y a aminorar los efectos de incertidumbres o catástrofes. El Estado y las instituciones tienen obligación de actuar en dichos supuestos al tiempo que deben apuntalar los cimientos del sistema económico y del modelo escogido.

Pero en la actualidad llaman la atención algunas decisiones políticas, de corte proteccionista, como las referidas al apoyo a la industria automovilística (Francia), acero (EE UU) o empleo (Reino Unido). Son decisiones que, bajo el marco de un plan de estímulo económico global, están muy impregnadas de exclusivismo y eliminación de competencia; y, en consecuencia, debieran ser corregidas so pena de que abunden tentaciones de este tipo que poco contribuyen a facilitar una vuelta al crecimiento económico global.

Estas recientes cláusulas, tales como el buy american o el made in Spain, nos retrotraen a tiempos pasados en las que predominaba el compartimentalismo geográfico (autarquía), y hoy, en la actualidad, estamos en una sociedad global. Antaño, las barreras al comercio se postulaban desde la aplicación de aranceles o impuestos a la importación de productos extranjeros. Poco a poco hemos ido eliminando estos obstáculos para favorecer el comercio, contribuir al crecimiento, a la cooperación y a las posibilidades de desarrollo. Por eso, no alcanzo a entender la adopción de medidas proteccionistas como exaltación del patriotismo.

Menos mal que algunos economistas y países han reaccionado mostrando sus advertencias de tal peligro y afirmando que "una vuelta al proteccionismo hará aún más profunda la herida que sufre la economía mundial". Como se dice en los libros de texto, el proteccionismo es un juego de suma cero; porque si yo me protejo, el vecino hará lo mismo. De esta manera, enfocar las salidas a la crisis desde esta perspectiva no deja de ser el mismo error que el cometido años atrás cuando algunos países promulgaron normativas que elevaban los tipos medios de los aranceles. La respuesta fue que el resto de las naciones respondieron con impuestos sobre otros productos con lo que el comercio mundial quedó congelado y el volumen de intercambios se redujo sustancialmente.

Recientemente, el Banco Mundial estimaba que para este año el comercio va caer por vez primera en 27 años, retrocediendo entre un 6% y un 8%. Pueden comprender que la situación sería mucho peor si los gobiernos se dedicaran a blindar sus economías, restringiendo las capacidades de intercambio.

Sucede lo mismo si lo planteamos en términos autonómicos. Un viraje proteccionista (nacionalista, según algunos) no contribuiría a sostener de manera coherente y consistente un programa económico. Lo sensato es fundamentar el desarrollo económico y social en aquellos parámetros que en verdad son básicos y que además nos permitan apostar por visiones a largo plazo y no por actuaciones cortoplacistas.

Es obvio que una actitud proteccionista es una medida de corte defensiva, de inmediatez y tiene como objetivo solventar de manera populista un problema. Pero, sin duda alguna, no es solución política adecuada. Lo consistente es abordar los problemas en torno a la productividad, es decir, enfocándolos hacia la mejora de la eficiencia en los procesos productivos. Y para ello, la solución no es el proteccionismo, sino la capacidad de ampliar presencia y cuotas de mercado con nuevos productos y en distintos espacios geográficos.

Conclusión, resulta contraproducente apostar por el proteccionismo, aunque lo disfracemos de amor y de exaltación a la tierra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de febrero de 2009