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Moda

El mundo onírico de Delfín se estrena en Nueva York

La nueva colección se inspira en las fotos de Diane Arbus

Enfundada en un traje de lana gris claro y alzada sobre unos altísimos tacones de Laboutin, Bimba Bosé abrió con decisión el primer desfile de David Delfín en Nueva York. Eran cerca de las 16.20 del pasado viernes. Se cerraba así una semana de angustias en la que el diseñador y su equipo buscaban cajas perdidas en aeropuertos y ultimaban los detalles de la presentación.

El suelo de cemento del Eye Beam Atelier, centro tecnológico y artístico situado en el corazón de Chelsea, hizo las veces de pasarela. Como si se tratara de una hoja de contacto o de fotogramas, ocho focos abrían sobre ella las ventanas de luz que cruzaron los modelos. Al fin y al cabo, la nueva colección, Revelations, estaba inspirada en el trabajo de Diane Arbus, la fotógrafa neoyorquina que con su cámara atrapó un mundo raro poblado por forzudos, jorobados y gigantes.

Dominaron los colores sobrios y algunos guiños a su Andalucía natal

En su debut neoyorquino, el modisto presentó 33 modelos, 20 para mujer y 13 para hombre. Los colores sobrios definieron la colección: blanco, negro, gris, marrón y rojo oscuro. Una paleta que contrastaba con el rojo chillón pre San Valentín que inundaba los escaparates de Nueva York. Pero el amor no estaba excluido del programa. En él, el diseñador explicaba su cambio de localización como una cuestión de corazón: "Porque amo Nueva York. Es una elección intuitiva e irresistible, la misma que te lleva a preferir a un amante en vez de a otro".

En su colección de líneas depuradas, no faltó un guiño sofisticado a su Andalucía natal. Pero los volantes que adornaban la pechera del primer vestido estaban detenidos por costuras, congelados, sin movimiento; los pantalones de inspiración torera, con cintura alta, cortados por encima del tobillo no tenían brillo dorado, y el sombrero cordobés parecía el accesorio sacado de un sueño.

Delfín trajo su mundo onírico y surreal a Nueva York y dejó de lado la polémica que ha marcado algunas de sus colecciones. Jugó con sus faldas: tubo y a la rodilla o muy cortas. Cinco vestidos lanzaron el largo hasta el suelo y lo cargaron de vuelo y movimiento. Los jerséis de punto exageraron los flecos hasta convertirlos en una melena de lana que alargaba mangas y cinturas. Las cremalleras metálicas cerraron las chaquetas con bolsillos multiplicados por cuatro. Y el tul con rayas de lana se convirtió en el pantalón de un forzudo de circo o en la atrevida falda de un extraña y sugerente vedette. El cuero de plástico, la lana y el algodón mandaron hasta casi el último momento cuando las lentejuelas negras pusieron el broche final. El modista saludó entonces y en cuanto regresó al backstage se oyeron gritos de celebración. Junto a la pasarela se encontraban algunos incondicionales: Miguel Bosé, Elvira Lindo y Kike Sarasola, que ofreció su nuevo hotel para la fiesta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de febrero de 2009