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Reportaje:

Van Dyck vuelve a El Escorial

Patrimonio Nacional recupera 'El martirio de san Sebastián', perdido desde la Guerra de la Independencia

San Lorenzo de El Escorial

Campanadas de carillón saludaban ayer, en medio del temporal de nieve, el regreso al monasterio de El Escorial del cuadro El martirio de san Sebastián, tras dos siglos de forzada ausencia. Se trata de uno de los más codiciados lienzos del pintor flamenco Anton van Dyck (1599-1641). Había permanecido en las Salas Capitulares del monasterio, entre los años de 1656 y 1809, junto con las mejores joyas pictóricas que el austero monasterio madrileño atesora.

El cuadro representa los preparativos para la ejecución del santo, con la mirada cargada de una serena tristeza entre la tensión y el músculo de sus verdugos.

La peripecia de lo que acaecería con este espléndido lienzo podría merecer un guión cinematográfico. En medio de la confusión creada por la ocupación militar de España por las tropas napoleónicas, esa obra de arte desapareció en 1809, poco después de su traslado desde la Sala Capitular del cenobio madrileño hasta el Palacio Real de Madrid, donde sería inventariado por el sacerdote y bibliotecario Pablo Lorenzo.

Su rastro desapareció hasta 1930, cuando fue visto en Lyón

Pero el rastro del cuadro se perdió completamente al poco de aquel inventario. Se temió que hubiera sido expoliado por algún general de Napoleón, ocultado por parientes del valido de Carlos IV en desgracia, Manuel Godoy, o vendido por un miembro de una conocida saga de pintores. Pero hasta 1930, año en que El martirio de San Sebastián fue visto en una colección particular en la ciudad francesa de Lyón, ninguna certeza se obtuvo sobre su paradero.

"Se seguía su pista desde tiempo atrás", explica Yago Pico de Coaña, presidente de Patrimonio Nacional, organismo estatal responsable de la recuperación del tesoro flamenco. En 2000 fue vendido en Christie's de Londres. Y en diciembre de 2008, el Estado español compró el cuadro a la galería Weiss de la capital británica. Los seis millones de euros exigidos en un principio pasaron a 2,5 millones. "Patrimonio supo aguardar un momento mejor", explica Pico de Coaña.

Con 192 centímetros de altura por 142 de anchura, el cuadro engrosó la colección de Felipe IV después de que, presuntamente, se lo regalase al rey el VIII marqués del Carpio, según la conservadora de Patrimonio Nacional, Carmen García Frías, que cita a Matías Díaz Padrón, experto en pintura flamenca y ex conservador del Museo del Prado.

El embajador español lo consiguió en 1651, y con probabilidad procedía de la almoneda de los bienes de Carlos I de Inglaterra, decapitado en enero de 1649 en Londres. Anton van Dyck había sido su pintor de Corte. Desde muy joven, Van Dyck destacó por la finura de sus obras, con una asombrosa armonía entre dibujo, color y composición, todo ello de una elegancia que le granjeó la admiración de la aristocracia, deseosa de ser retratada por el flamenco. De él, Patrimonio Nacional carecía de obras, ya que la escasa producción de este autor en España la atesora el Museo del Prado, que guarda en sus sótanos un espléndido retrato ecuestre del rey inglés. Éste, dicho sea de paso, visitó Madrid cuando aún era príncipe de Gales y se ganó el apodo de El príncipe gorrón por los regalos y homenajes que iba recibiendo en su paseo por la Corte madrileña como aspirante a la mano de una hija del rey Felipe IV, con la que nunca llegaría a casarse.

El flamenco Anton van Dyck fue discípulo de Pedro Pablo Rubens, buen conocedor de España y amigo de Diego Velázquez. Éste, a su condición de pintor de Corte del rey de España, Felipe IV, añadía su encomienda de aposentador regio. Por ello, y gracias a su exquisito gusto, Diego Velázquez eligió este cuadro, ahora recobrado, para ornamentar con otras obras de arte la Sala Capitular del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Por todo ello, ayer, tras dos largos siglos de impuesta ausencia, el cuadro regresó precisamente al lugar donde, según se cree con fundamento, lo colgara el sevillano Diego Velázquez.

El acto se vio envuelto en una atmósfera de emoción y respeto. Acaso porque muchos de los presentes sentían que así lo exigía una ceremonia que tuvo mucho de reparación histórica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de febrero de 2009