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Reportaje:El sexto 'grande' del 'número uno'

"Nunca debería haber llegado al quinto 'set"

Federer sólo ha ganado 13 partidos de los 25 que ha jugado a cinco mangas; Nadal, 11 de 14con el 'drive' desde el lado de la ventaja"

Al entrar en el vestuario, Roger Federer sigue llorando. Un musculoso guardia de seguridad vestido de amarillo le abre la puerta y enseguida se oye un ruido metálico. La bandeja de plata que le señala como subcampeón de Australia está en el suelo. Se le ha caído de las manos. El suizo, número dos del mundo, la recoge inmediatamente y prosigue su penoso camino. Es un hombre destrozado. La viva imagen de la desesperanza. Un tenista deprimido que sólo puede hacer una reflexión para justificar lo ocurrido. "Ojalá yo también fuera zurdo", dice sobre Rafa Nadal y su prodigioso golpeo con la derecha, siempre buscando su revés, siempre percutiendo contra su lado más débil, contra el menos duro; "ojalá yo también fuera zurdo y le pudiera jugar los puntos de break [con el resto de drive] desde el lado de la ventaja y no desde el lado de iguales. Es una gran ventaja para él, eso está claro. No es la primera vez que ocurre".

"Tuve muchas oportunidades, las perdí y me ha costado carísimo"

"Ojalá fuera zurdo y jugase los 'break'

"Son más dolorosas las finales que estás cerca de ganar, como Wimbledon y ésta"

Federer analizó el partido sin aditivos. No hubo paños calientes, jabón o palabras con las que se regalara los oídos. Fue crítico. No podía ser de otra forma: había firmado un mal partido, probablemente su peor final en un torneo grande desde que ganó su primer título (Wimbledon, 2003).

"Tuve muchas oportunidades, las perdí y me ha costado carísimo", resumió el suizo, parapetado bajo su sempiterna gorra de béisbol negra y con aires de genio deprimido. "Fue un partido duro. No serví especialmente bien. Ésa fue la clave. Gané un set contra Rafa sirviendo un 30% de primeros servicios. Hice algunas dobles faltas estúpidas... nunca encontré el ritmo", prosiguió.

Por momentos, pareció superado por los acontecimientos. Jugó sin decisión, perdido en las emociones del partido y ahogado por el significado que habría tenido su victoria: igualar los 14 grandes de Sampras, demostrar que el genio no se había ido y volver a ganar una final grande contra Nadal tras dos derrotas seguidas (Roland Garros y Wimbledon, 2008). "Amo este juego. Significa un mundo para mí. Por eso me duele perder", dijo.

El momento depresivo de Federer se reflejó en la quinta manga. Estuvo desaparecido, como si no supiera que su rival es casi infalible cuando los partidos entran en esos terrenos decisivos: el español ha ganado 11 de los 14 partidos que ha disputado a cinco sets. Al contrario que Federer, que sólo ha vencido 13 de los 25 que ha jugado. "El problema del quinto set es que cualquier cosa puede pasar. No siempre gana el mejor jugador. A veces es una cuestión de momentos. Quizás, en primer lugar, nunca debería haber llegado a esa situación. Él lo jugó bien, sólido. Yo, terrible. Jugué un mal quinto set. Casi se lo regalé, aunque no hay duda de que Rafa es uno de los tíos más duros que hay para jugar un quinto set", reconoció Federer.

Queda por saber si el número dos será capaz de superar el momento. Tiene un mar de posibilidades abiertas y la experiencia de haber sido enterrado en el cementerio de los campeones hundidos, tras perder la final de Wimbledon, para luego volver a imponerse en el Abierto de Estados Unidos. "No se pueden ganar todos los partidos", recordó; "tienes que convivir con los que no ganas, aunque son todavía más dolorosos los que estás cerca de ganar, como la final de Wimbledon o esta final en Australia. No tengo remordimientos. Al principio, estás disgustado, sorprendido y triste. Son muchos sentimientos los que tienes. El problema es que no puedes irte al vestuario y darte una ducha fría. Tienes que salir fuera. Ése es el peor momento".

Federer se marcha de Melbourne abatido. Su resultado refuerza su posición como número dos, que era amenazada por Novak Djokovic desde que acabó el curso pasado. Su derrota, sin embargo, encierra un laberinto: al genio le alcanza con lo de siempre para derrotar a cualquiera, pero se gripa cuando enfrente corre un mallorquín de nombre Rafael Nadal Perera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2009