_
_
_
_
20ª jornada de Liga
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Messi y la irresistible fuerza del arte

Juan Cruz

Esa jugada de Messi, avanza por la banda, corre como si tuviera una misión inspirada en otro mundo, se sitúa ante la puerta después de una sucesión de regates y dispara, es una marca inédita en la historia de los cracks del Barça.

Es su marca. La marca de Messi, un muchacho que fue esmirriado y al que la voluntad de ser un artista le dio la fuerza que le convierte (probablemente) en el dios actual del fútbol.

Renueva una tradición y se sitúa al frente de un pelotón cuyo origen nuestra generación lo sitúa en Ladislao Kubala. Hubo otros antes, pero la memoria no llega a la prehistoria. Así que fijémonos un momento en Kubala. Su fútbol era ensimismado, tenía como fundamento la ocultación de la pelota para que ésta tuviera también un desarrollo ensimismado, misterioso, y se estrellara como una sorpresa que acabara con la intuición de los adversarios.

En su liderazgo, Kubala tuvo un contratiempo muy valioso, Luis Suárez, que desequilibró la pasión de la grada por Kubala. En la construcción de este tipo de héroes es fundamental la soledad y hubo un momento en que Kubala no estuvo solo. La mirada de la afición se dividió entre lo que él era y lo que era su compañero de delantera. Suárez tenía otro tono; su fútbol se asemejaba más al de Gensana, Guardiola o Xavi; como decían Matías Prats, Miguel Ángel Valdivieso y José Félix Pons (y como dice ahora Manu Oliveros), era un futbolista que oteaba el horizonte, sabía que más allá de su posición estaba el paraíso y lo buscaba centrando con una frialdad que un día o dos también tuvo Deco.

Así que Kubala no pudo ejercer su liderazgo, robado por Luis Suárez. Cuando vino Johan Cruyff, ya en los años del fútbol en color, el líder holandés no tuvo quien le tosiera; Valdano recuerda que su exhalación dejaba atrás tan sólo el perfume y que en el campo había que tratarle de usted. No le tosía ni dios: él era Dios. Y después vino Dios propiamente dicho con el nombre de Diego Armando Maradona, pero tenía un problema: era Dios, pero un dios egocéntrico.

¿Ronaldinho? Le perdió la demagogia, que es una forma peligrosa de la pereza, y dejo de ser del Barça, que es un estado del ánimo. Mientras se es del Barça, en el Barça eres líder, pero, cuando te despistas y te gusta más la noche que el equipo, la noche se te pone en la cara, y te vas, y él se fue yendo.

Messi proviene de otra construcción; en esa voluntad de juego, en esa jugada insistente que desborda a los defensas uno a uno para situarse en paralelo a la portería, como si estuviera en un ruedo y su objetivo fuera el arte de matar, hay un futbolista que no se propone ningún liderazgo, pero lo tiene en los pies. No es un liderazgo mental, ahí no hay un propósito deliberado: es una consecuencia de una fuerza que aún no ha hecho explosión del todo. Su liderazgo, ahora, sólo se lo disputa el propio entrenador, que lo mima como si aún fuera aquel niño. Ambos tienen una garantía para mantener ese estado de gracia que comparten: los dos son del Barça y no muchas veces en la historia los líderes del equipo han sido tan aficionados a sus colores.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_