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Reportaje:IDA Y VUELTA

El teatrillo del mundo

En Granada a los títeres de cachiporra les llaman cristobicas; en mi tierra de Jaén les llamábamos chacolines. Se corría por nuestro barrio la voz de que en el corral o en el zaguán de alguna casa iban a hacer chacolines y aquellos niños antiguos que casi nunca habíamos visto un televisor nos congregábamos sentados en el suelo para dejarnos hechizar por un pobre teatrillo que otros niños habían improvisado para ganarse unas pocas monedas pero sobre todo por el gusto de jugar, por la atracción primitiva de los títeres que parecen poseer vida propia aunque se vea que una mano los mueve y hablar con voces impostadas y darse rígidos mamporros. Los gritos que nosotros dábamos para avisarle en vano a Caperucita de que el lobo se le acercaba traicioneramente por detrás los oía yo resonar muchos años después cuando ya era un adulto y llevaba a mis hijos pequeños a una función de títeres de cachiporra en la plaza de Bibrrambla en Granada; los muñecos eran más sofisticados, el teatrillo tenía decorados de tela y cartón y se cerraba y se abría con una cortina, pero el espectáculo se mantenía idéntico, igual que las caras maravilladas o sobrecogidas de los niños que levantaban los ojos hacia esos seres diminutos y fantásticos que no eran de verdad y sin embargo tenían la capacidad de arrastrarlos en sus aventuras. A diferencia de nosotros, sus padres, esos niños se habían acostumbrado casi desde que abrieron los ojos a las imágenes realistas y veloces de la televisión, a los simulacros tecnológicos de los efectos especiales: y sin embargo reaccionaban con la misma inocencia ante aquellos muñecos rudimentarios de cartón, y suspendían su incredulidad para dejarse arrastrar por aventuras primitivas que habían venido contándose con muy pocas variaciones durante muchos siglos, representándose con títeres movidos por las manos o por hilos que sólo gracias a la imaginación se volvían invisibles.

La música entrecortada y jovial de Manuel de Falla, tan original y tan paródica, tan moderna y tan llena de resonancias de músicas del pasado

Cuando compuso el 'Retablo' se acordaba de los teatrillos de títeres que hacía para su hermana cuando los dos eran niños

El porvenir dura mucho tiempo, escribió Louis Althusser: en un porvenir todavía más lejano, uno de esos niños a los que llevaba de la mano a la plaza de Bibrrambla a ver los títeres de cachiporra es un adulto con un aire mucho más solvente que yo y está sentado junto a mí en una butaca del Teatro Real, donde hemos venido a ver El retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla, rodeados de padres que han traído a la ópera a otra generación de niños, habituados no ya a la televisión y a los efectos visuales de Superman o La guerra de las galaxias, sino a la instantaneidad de Internet y las pantallas de los iPods, a la omnipresencia de fantasmagorías digitales que fingen ser más verdaderas que la realidad. Niños como los que uno ve tantas veces sonámbulamente atrapados en la pantalla diminuta de un videojuego levantan esta noche la vista hacia un escenario que tendrá para ellos una escala todavía más inmensa que la que tenían para mí las pantallas de los primeros cines a los que me llevaron. Empieza la música, se abre el telón y los títeres inmóviles tienen un tamaño que también pertenece a los prodigios de una infancia antigua, porque son títeres y también gigantes y cabezudos, con una gravedad colosal como de estatuas de la isla de Pascua. Enrique Lanz, su artífice, ha convertido en títeres descomunales a los personajes que en la ópera de Falla y en el episodio del Quijote contemplan el teatrillo de Maese Pedro, resolviendo así la dificultad de presentarlo en un espacio de dimensiones imposibles, y jugando cervantinamente al juego de la ficción en el interior de otra ficción, del engaño aceptado que usurpa la verosimilitud de lo real y sume a quien lo contempla en un estado de alucinación no siempre transitorio. Manipuladores visibles y diminutos por comparación con ellas mueven desde abajo las grandes marionetas, pero eso no impide la seducción de que nos parezcan vivas. Las cabezas tienen esas bocas temibles y esos ojos desorbitados de los reyes de cartón que desfilan por las calles acompañados por bandas de música y jaleo de cohetes, pero les atribuimos sin esfuerzo las voces de los cantantes que recitan melopeas como de romances de ciegos. Cuando éramos niños nos levantábamos del asiento queriendo ayudar a los buenos perseguidos: don Quijote, víctima demente del hipnotismo de la ficción, olvida que está viendo unos títeres en el corral de una venta y saca la espada para socorrer en su huida al caballero don Gaiferos y a su esposa Melisendra, y la catástrofe que provoca tiene en el escenario del Real casi las proporciones del derrumbe de las columnas del templo en una función de Sansón y Dalila: nos maravilla la verosimilitud del artificio, pero al mismo tiempo nos gusta ver que es un artificio. Nos impresiona el estruendo de las cosas que caen, pero todo ese ruido caótico es en realidad la música que está tocando la orquesta, la música entrecortada y jovial de Manuel de Falla, tan original y tan paródica, tan moderna del tiempo en que la componía y tan llena de resonancias de músicas del pasado, como un collage de yuxtaposiciones cubistas: coplas de ciego y cantos litúrgicos, cadencias de romances antiguos, despliegues de virtuosismo de claves cortesanos, redobles de tambor y trompetilla de anuncios de pregoneros. Con excelente criterio, el director musical, Josep Vicent, ha usado como obertura el Concerto para clave, que es otra obra maestra hecha de rigor y humorismo, de brevedad urgente y moderna en la que está comprimido el pasado. En nuestros tiempos de esnobismo ignorante cualquier fatuo puede pasar por vanguardista si se viste o se corta el pelo de manera llamativa o trafica con alguna variante de la pornografía o dice de sí mismo que es un provocador: la música del Concerto y la del Retablo suenan ahora tan radicales, tan libres, tan llenas de ángulos y sorpresas como debieron de sonar en los años veinte, pero su autor era un hombre menudo y apocado, católico fervoroso de comunión diaria, que iba siempre vestido con una pulcritud de funcionario modesto, que tuvo la generosidad de acoger al joven García Lorca y reconocer y apoyar su talento, que se marchó enfermo de asco de España en 1939 y prefirió no volver nunca. Cuando Manuel de Falla compuso el Retablo se acordaba de los teatrillos de títeres que hacía para su hermana cuando los dos eran niños. En Granada, en los días de las fiestas del Corpus, vería los gigantes y los cabezudos que danzan delante de la procesión con su custodia barroca y las funciones de cristobicas en la plaza de Bibrrambla, las mismas que alimentaron la imaginación de Federico García Lorca, y la de su amigo Hermenegildo Lanz, que se hizo marionetista, y fue el abuelo de este Enrique Lanz al que he vuelto a saludar hoy en el teatro, al cabo de muchos años, maestro ahora del mismo oficio inmemorial. A mi alrededor, en la penumbra en la que suceden las ficciones teatrales, niños de otra generación futura y de otro siglo escuchan sin saberlo la música de Falla y miran en un silencio fascinado el drama de los títeres. -

El retablo de Maese Pedro. Manuel de Falla. Ópera para marionetas. Edición a cargo de Yvan Nommick. Dirección musical: Josep Vicent. Dirección de escena: Enrique Lanz. Títeres: Etcétera. Hasta el próximo día 26. Universidad Carlos III (para colegios). www.teatro-real.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de enero de 2009