La calumnia

Hay muchos grados de calumnia, y uno de ellos es imperceptible. Es el más peligroso. Se dice una verdad a medias, se alimenta con una duda y se cuece con una desvergüenza chismosa. Por ejemplo. Una política -o un político- agarra un supuesto viscoso, difícil, mal digerido por la sociedad: el Gobierno es cómplice de ETA, negocia con ella ahora. Ah, ¿quiere usted decir que el Gobierno negocia con ETA? No, no, yo no quiero decir eso. Entonces, ¿qué quiere decir usted? No sé, que me da en la nariz que el Gobierno negocia con ETA. ¿Pero no está usted segura?
Ése es el primer paso. Ella -o él, pero en este caso es ella- ha lanzado el dardo, que espera que cunda. Pero el dardo no cunde, la gente está entretenida -uf, qué palabra para lo que pasa- con la crisis, y sigue hablando de otra cosa. Por si acaso prende la mecha, que es lo que ella quiere, sus compañeros de partido salen a desdecirla; ella se queda estólida, sólo ha lanzado algo que se le ocurrió un día de sequía de otras ocurrencias.
Salen esos compañeros de partido, incluido el líder máximo, al que ella le tira chinas hasta cuando lo mira, y la desmienten, pero ella sigue estólida, mantiene enhiesta su sonrisa de chulapa. Entonces es cuando se pone en marcha la maquinaria que ella ha engrasado de diversas maneras; hay malévolos que dicen que ha engrasado esa maquinaria concediendo frecuencias que la justicia le ha desautorizado. Pero lo cierto es que desde que abren la boca sus compañeros, los medios que la apoyan empiezan a lanzar denuestos contra los que ponen en duda la vaporosa calumnia de la que ella no está tan segura, pero, ah, ¿y si es verdad que el Gobierno negocia con ETA?
Hubo una época en que funcionaba la triple A mediática: un político denunciaba, lo repetía una radio y lo recogía un periódico. Ahora sigue pasando, porque ésta es una jugada ensayada. De modo que aquella calumnia de tono menor entra como un obús en las terminales apropiadas, se va haciendo sólida, como una calumnia grande, hasta que desde una emisora episcopal, la más propicia de las ajenas, porque la que lanzó la piedra tiene sus propios portaestandartes, se dice lo que sigue:
-El Gobierno está encamado con ETA.
Y entonces sí, aquella calumnia chiquita se convierte en calumnia. Pero no pasa nada. Es la libertad de expresión rodando por el lodazal. Triunfante. -
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