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A TOPE

Soy de carne

Ya está, hoy es el gran día. ¿Y por qué no? Hoy es el primer día de vacaciones de muchos niños, y también de muchos maestros. Es víspera de Santo Tomás, una de mis fiestas favoritas. Encima terminamos el rodaje y además empieza la Navidad; ¿se puede pedir más? Claro que para muchos lo de las vacaciones de los niños es una faena; lo de las fiestas de los maestros, un abuso (sobre todo para el que no tiene vacaciones), lo de nuestro rodaje… ¿qué más da?

Pero lo de la Navidad… eso sí que levanta ampollas. Y a la mayoría de la gente le provoca algo. Puede ser desde estrés, tristeza, pereza, la ruina, algún que otro mosqueo… De todo. Pero, a pesar de ello, tengo que reconocer que me gustan estas fiestas, y disfruto como una boba abriendo el buzón y viendo que hay cartas que no son del banco. O escuchando villancicos como por obligación. Y es que ¡qué sería de nosotros sin tener que pensar en esas compras navideñas en las que te dejas hasta lo que no tienes! Y de qué hablaríamos desde noviembre si no tuviéramos que decidir ese menú en el que llenas la mesa como si mañana tuvieran que cortarte la cabeza.

¡Qué haríamos si no tuviéramos la ilusión por jubilarnos gracias a la lotería! Y ¿quién sería capaz de vivir sin esos anuncios de turrones tan tiernos? Lo confieso, soy de las que llora a moco tendido con la publicidad. Vamos, que lo de la Navidad me parece un inventazo. Si no, el invierno sería eterno y muy aburrido. Todos ahí metidos en casa, sin saber qué hacer. Además nos vuelve un poco locos. El otro día fui al súper a por pilas y terminé comprando mazapanes. Es la llamada del consumo exacerbado de la selva cementística. Y estando tan contenta en la cola de la caja (con los mazapanes y sin mis pilas) escucho a una señora muy en serio cómo le dice a otra:

— "Nosotros somos más de carne". Y me quedé pensando: ¡Hombre claro! ¿De qué vas a ser si no? Y va su amiga y le contesta:

— "Ah, pues yo soy de marisco y turrón". Me quedé helada. No me atrevía ni a mirarla. "¡De marisco y turrón!" Estaba imaginándome cómo sería ese ser con sus brazos de cigala y su cuerpo de turrón.

Y lo terrible fue que me asaltó la duda: "¿De qué seré yo, de jamón o de besugo?" Nada, la indecisión me duró medio segundo: Me pido jamona.

Y es que, aunque no queramos, el espíritu navideño nos atrapa y poca gente es capaz de escapar de su locura. Si no es por el trabajo, es por la familia, o por Internet o por los niños, o porque "es lo que toca". Pero todo el mundo pringa… Bueno, sólo conozco un caso, el de la madre de una amiga que se declaró en huelga de preparar la cena y, así sin más ni más, en cuanto llegó la familia, sacó unas bolsas de patatas fritas, unas latas de atún (de oferta) y pan de la víspera que le había sobrado. ¡Eso sí que es arrojo! Es mi heroína, pero como no tengo lo que hay que tener para imitarla… ¡a pasarlo bien y buen año 2009!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de diciembre de 2008