Columna
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Urbanismo ¿para qué?

La ciudad, de nuevo global. Bajo este sugestivo lema se ha celebrado en Santiago el foro Ciudad, Territorio y Urbanismo, impulsado por la Consellería de Política territorial, Obras Públicas e Transportes y el Colegio de Arquitectos de Galicia. Tres jornadas en las que un grupo internacional de participantes transitó entre la gran escala americana y el pensamiento francés en torno al individuo y el colectivo, del detalle de la ciudad a la megalópolis. Ha sido un ejercicio para promover los pensamientos en zoom, flexibles, más que los holísticos que se demandaban antes.

Pese a la buena organización, el evento no tuvo apenas repercusión en los medios y el número de asistentes, unos 300, ha sido muy inferior al del foro de arquitectura que se alterna anualmente con el de urbanismo, con un gran eco mediático y éxito entre los alumnos de la Escuela de Arquitectura. Lo urbano, ante su complejidad y dificultad de comprensión, tiene menos audiencia. Por cierto, de mi generación éramos tres. El arquitecto se ha recluido en el proyecto, mientras muchos jóvenes se dejan obnubilar por el diseño efectista que pocos van a tener la oportunidad de realizar. Cabe preguntarse si se puede hacer arquitectura sin conocer el nuevo fenómeno urbano.

Hay que trabajar para que cada ayuntamiento tenga su plan general, contenido y bien articulado

Urbanismo, ¿para qué? Cada ayuntamiento, y así lo promueve la legislación urbanística, tiene vocación de ser ciudad, con su núcleo urbano, su zona de expansión y su ámbito rural, máxime las poblaciones vecinas a las grandes ciudades y las del eje atlántico. Ahora, 30 años después de la "navallada", miramos de nuevo al conjunto de municipios del corredor Tui-Ferrol y del entorno de las ciudades y descubrimos un territorio densamente urbanizado que, de entrada, nos sorprende, luego nos horroriza e incluso incita a anatemizarlo. A esa expresión del territorio, presente de distintas maneras en todo el mundo, le hemos puesto cantidad de nombres: difuso, disperso, fragmentario, archipiélago... pero, para entendernos, le llamamos metrópoli. Es el resultado de la expansión y la conurbación de los municipios limítrofes producida por una sociedad y una economía que, rompiendo los cánones de concentración de la ciudad clásica, se ha desparramado por el territorio con sus servicios, sus empresas y la residencia. No siempre racionalmente, pero ¿a quién le interesa la racionalidad, si se sabe que detrás de esa fuerza de la dispersión viene la administración pública con una economía de la reparación que cose los fragmentos de tejido urbano y vuelve a abrir líneas de fuga con sus infraestructuras y sus planes sectoriales?

El urbanismo como disciplina de la ciudad se nos ha quedado pequeño para entender el fenómeno metropolitano. En un siglo ha pasado por diferentes enfoques -social, infraestructural, estético-formal, burocrático-jurídico- para convertirse en algo más político, pero no por ello ajeno. Hay que desacralizar la palabra política, alejarla del estricto marco partidario, ya que por ella hemos de entender la toma de decisiones claras y concisas en el momento oportuno, evaluando sus consecuencias sociales, económicas y territoriales. La política puede y debe tutear a la economía y la sociedad si está amparada por una buena base técnica, y ahí estamos los profesionales.

El territorio humanizado, la metrópoli, necesita análisis, describir ante todo cómo es, pero eso no quiere decir que el planeamiento haya muerto. Hay que seguir trabajando para que cada ayuntamiento tenga su plan general, contenido y bien articulado. Antes de meternos en la redacción de planes supralocales, como proponen las Directrices de Ordenación Territorial, los ayuntamientos metropolitanos tienen que reunirse con la autonomía en torno a una mesa de negociación y dedicar horas de reloj para llegar a acuerdos de cooperación en cuanto a servicios, transporte público, ubicación de la residencia, coordinación de los planes e incluso fiscalidad. Y, repito, con la presencia de la autonomía para sacar provecho de las inversiones y fomentar el esfuerzo territorial: yo invierto, juntos ordenamos.

Cuando se clausura un foro solemos preguntarnos para quién hablamos, si para los que asisten o si entre los ponentes aprovechamos la oportunidad para actualizar nuestro bagaje. El nuevo territorio metropolitano no necesita fórmulas mágicas; además, no las hay. Supongo que quienes iban tras ellas habrán salido algo decepcionados. Con el urbanismo o el nuevo término que acuñemos no se puede transformar la sociedad, como se pensaba antes, sino, sencillamente, mejorarla.

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