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Entrevista:EL JEFE DE TODO ESTO | Alejandro Reyes, director del Club de Música del San Juan

El eterno colegial del 'Johnny'

Un ingeniero frustrado organiza conciertos de flamenco y jazz desde hace 38 años

Lo primero que recuerda Alejandro Reyes del colegio mayor San Juan Evangelista es el frío. Un frío "pavoroso", de pabellones a medio construir en los que la calefacción era una entelequia y las estufas de butano apenas calentaban los pies. Y luego estaba el otro frío, el de las calles de aquel Madrid de 1966 donde las verdades aún debían confiarse entre susurros, oteando por si se divisaba algún uniforme gris. Así era la ciudad, hostil y efervescente, que recibió a este almeriense que hoy, más de cuatro décadas después, aún conserva una habitacioncita de colegial en el San Juan. El Johnny, para los amigos.

Reyes todavía no había descubierto ni su condición de melómano ni sus afinidades políticas cuando llegó a Madrid. Tenía la ilusión de convertirse en un ingeniero industrial. Pudo venir gracias a una beca ministerial de 2.500 pesetas mensuales. Nunca llegó a concluir la carrera; se le atragantó una asignatura de nombre premonitorio, Resistencia de los Materiales, con la que no fue capaz de superar el 4 en ningún examen. Pero por el camino descubrió el jazz, fundó el Club de Música del colegio en 1970 y desde el primer día asumió su presidencia y dirección artística. Hasta la fecha.

Los recitales son posibles gracias a los voluntarios, 30 alumnos

"Sólo nos puso mala cara Diana Krall. Asomó la cabeza y dijo: '¡Oh, merde!"

Son 38 años y más de mil actuaciones al pie del cañón, pero presume de no haberse perdido ni una. "Aunque haya tenido vicisitudes en la vida, como todo el mundo, siempre pude llegar a la hora del concierto", presume, por mucho que sea hombre tímido y modesto. "He tenido la inmensa fortuna de compartir muchas noches con los más grandes. Y lástima que nunca aprendiera a hablar inglés: si no, podría haberme hecho amigo de ellos y contratarlos sin intermediarios...".

Ahora resulta sencillo organizar una sesión de música en vivo, pero en los más crudos periodos de represión había que jugarse el pescuezo. Alejandro lo empezó a comprender un mediodía en los comedores universitarios, mientras degustaba paella y huevos fritos. La policía montó una redada en busca de los cabecillas izquierdistas y Reyes, sin arte ni parte, se llevó una somanta de palos. "Sólo tuve tiempo para quitarme las gafas; si no, me las habrían pisoteado".

La música del Johnny era un grito de libertad en la Universitaria. Las autoridades lo intuían y establecieron cuantas cortapisas eran capaces de imaginar. "Necesitábamos tres autorizaciones", rememora Reyes: "Del rectorado, de la policía y del Ministerio de Información y Turismo. Allí les llevábamos las letras que iban a interpretar, y los censores iban marcando los versos prohibidos. ¡Nos tachaban hasta a Manuel Machado!". Pese a todo, las veladas se fueron consolidando. Y el San Juan Evangelista acabó convirtiéndose en el epicentro de la resistencia política. "Yo viví dos redadas con helicópteros, antidisturbios y metralletas en cada azotea. De ésas no se libraba nadie: los grises inspeccionaban habitación por habitación. Luego hacían un pasillo y te molían a palos".

Los tiempos han avanzado, claro. El Johnny es desde hace ocho años un colegio mixto, con varias mujeres que se abren paso en la junta directiva del Club de Música. Los conciertos son posibles gracias a los voluntarios, 30 alumnos junto a los que Alejandro Reyes se siente "no ya padre, sino casi abuelo". Nadie cobra un céntimo por su labor, pero el presidente no renunciaría a ella por nada; ni siquiera por ver al Barça. "Esta gente me mantiene joven. Ellos se van y yo permanezco, como un colegial eterno", razona entre risas. Hubo años en que el equipo de voluntarios rondaba el centenar, pero el índice de soñadores ha bajado. "Sobreviviremos", pronostica Reyes. "Cada año hay casi un millar de solicitudes para el centenar de plazas que quedan libres. Una inmensa mayoría dice que escoge el San Juan por el Club de Música".

Todos los grandes del flamenco, sin excepción, han pisado este salón de actos. Camarón brindó tardes imborrables, Morente es como de la casa, Carmen Linares o La Paquera de Jerez se dejan el pellejo en el Johnny. Y la nómina de jazzistas también corta la respiración: Chet Baker, Art Blakey, Paul Bley, Dizzy Gillespie, Chick Corea, Tete Montoliú... Todos se mostraron dispuestos a repetir. "Sólo nos puso mala cara Diana Krall. Asomó la cabeza y exclamó: '¡Oh, merde!'. Le debió de parecer un sitio cutre. Tras el concierto nos pidió disculpas...".

Alejandro sólo revive el significado del término "sobresalto" cuando entra en escena la SGAE, "que es peor que la Agencia Tributaria y llegó a precintarnos la puerta porque decían que no estábamos al corriente de pagos". Luego la Fundación Autor le prometió financiación para un libro. Hasta la fecha.

Tanto da. Alejandro promete no jubilarse mientras el cuerpo responda; seguirá al frente de Cultyart, la empresa con la que organiza el Festival de Gospel o el Festival de Flamenco que patrocina Cajamadrid. "El trabajo va a menos, ahora te aparecen supuestos especialistas por todos los lados. Pero un jazzista amigo ya me dijo que yo era incombustible al desaliento. Y en ésas seguimos...".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de diciembre de 2008