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LA COLUMNA | OPINIÓN

País Vasco: el juego se abre

El juego se abre en el País Vasco. Por varias razones: porque ETA quemó las naves con la última tregua y prácticamente ha desaparecido como actor político; porque la salida de Ibarretxe es una hipótesis razonable y el lehendakari ha sido un factor determinante de bloqueo; porque la arriesgada decisión de EA de abandonar la coalición electoral con el PNV abre las opciones a Urkullu para el día después; y porque da la impresión de que las élites vascas están imponiendo un rearme modernizador para reforzar el papel del País Vasco más allá de las eternas cuestiones nacionales pendientes.

Con el escepticismo propio de los que han vivido todas las crisis y todos los renacimientos de ETA, la detención de Txeroki ha producido algo más que la sensación de alivio que provoca la caída de un personaje de este tipo. Txeroki, como tenedor de las armas, fue uno de los que se cargaron la última tregua. Pero sobre todo, sobre Txeroki se había construido un mito de guerrero implacable, capaz de vencer todos los obstáculos, que era el último banderín de enganche que ETA tenía para reclutar jóvenes. De Txeroki se decía que era un jefe militar al estilo de los años setenta, próximo a los comandos y a las acciones: acogía personalmente a los nuevos militantes, les ayudaba a preparar los atentados, les recibía a la vuelta. Era una manera de actuar enormemente arriesgada en unos tiempos en que las fuerzas de seguridad tienen muy controlada a la organización terrorista. Y lo ha pagado con la detención. Pero le daba autoridad dentro de ETA y le daba liderazgo hacia el entorno abertzale. Su detención llega en un momento en que la propia ETA se ha lamentado en documentos internos de las dificultades para reclutar entre las nuevas generaciones, cada vez más alejadas del universo abertzale. La tregua ha dañado enormemente a ETA, porque ha perdido el poco reconocimiento que le quedaba. Y ha extendido definitivamente la sensación de que este camino no lleva a ninguna parte. El chapapote ideológico sobre el que se montó el mundo etarra llega ya muy diluido a las nuevas generaciones.

Sin duda, para desbloquear la situación vasca es imprescindible que el lehendakari Ibarretxe desaparezca de la escena política. Y la oportunidad llegará en las próximas elecciones. Aunque hay mucho desconfiado que todavía piensa que Ibarretxe hará volver a EA al redil en el último momento, la decisión de este partido de presentarse a las elecciones por su cuenta y riesgo aumenta considerablemente las oportunidades. Por un lado, hace más difícil que el PNV llegue por delante del PSE. Y que la suma del tripartito sea mayor que la de PSE y PP. Por otro lado, ofrece a Urkullu un margen de maniobra mucho más grande que el que tenía y una oportunidad de resituar al PNV, en la línea de su antecesor Josu Jon Imaz. Si las circunstancias lo aconsejan, Urkullu podrá imponer la alianza con el PSE, reforzado además por el desgaste del ala más radical de su partido, que es la que tendrá que pelear a muerte con EA por el voto en Guipúzcoa. Si Ibarretxe no puede reeditar el tripartito, tendrá que irse a casa. Y Urkullu buscar un nombre para pactar con los socialistas, que en última instancia podrían gobernar en solitario con la aquiescencia parlamentaria del PP.

Pero la principal señal de que el juego está a punto de abrirse viene de la propia sociedad vasca. Por dos veces, los planes de Ibarretxe, impuestos por el lehendakari a su propio partido, se han estrellado ante la reacción de las instituciones españolas, y los vascos lo han asumido sin escándalo y con absoluta naturalidad. Se ha ido evidenciando de este modo un alejamiento creciente entre la ciudadanía y la superestructura, representada por un lehendakari que da la sensación de levitar unos cuantos palmos por encima de la realidad. Quizá este tiempo de la política de ficción esté terminando. Y no sería de extrañar que, el día que los electores rompan la nube ficcional que el lehendakari ha mantenido sobre Euskadi, no tarde mucho en romperse la otra ficción, la que pretende legitimar la acción criminal de ETA.

Cada vez que voy a Bilbao o a San Sebastián me vuelvo con la misma impresión: he visitado uno de los raros Estados del bienestar seis estrellas que hay en el mundo. Y, sin embargo, la sociedad vasca no ha sido capaz de acabar con este cáncer social y moral que conforman el terrorismo y sus voceros. A veces me pregunto si este bienestar material tiene algo que ver con la pervivencia del terror. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de noviembre de 2008