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Reportaje:

El indio de Madrid es el único rey

Viswanathan Anand, a unas tablas de su tercer título mundial de ajedrez

Viswanathan Anand enfoca el ajedrez como un deporte con orlas de ciencia y arte; Vladímir Krámnik, justo al revés, busca la perfección. Por eso el indio domina al ruso (6-3) en el Mundial, en Bonn, y será campeón por tercera vez si logra empatar cualquiera de las tres últimas partidas. Anand, de 38 años, residente en Collado Mediano (Madrid) desde 1994, se afianza como uno de los grandes de la historia.

Ahora está claro por qué hace sólo mes y medio Anand firmó el peor resultado de su carrera: último en Bilbao. Su mente y las de su equipo de analistas estaban absolutamente centradas en Krámnik desde la primavera. Tras estudiar todas sus partidas, la conclusión era clara: desde que destronó a su antiguo maestro, Gari Kaspárov, en 2000, el ruso huye del juego complicado como de la peste: quiere que en su posición siempre reine la armonía, que todas sus piezas estén ordenadas y bien defendidas.

Pero, además de deporte, ciencia y arte, el ajedrez es un juego de guerra y en la guerra hay sangre y barro, a veces hay que olvidarse de la estrategia y pensar sólo en la táctica y sacrificar parte de tu ejército para lograr un objetivo. De joven, Krámnik se movía bien en terrenos pantanosos, pero ha perdido la costumbre. Anand lo captó muy bien y diseñó en consecuencia el plan para el duelo de Bonn, dotado con 1,5 millones de euros: embrollar el juego para que Krámnik se sienta incómodo. Y el resultado no ha podido ser mejor para El Rápido de Madrás: todas las ideas nuevas mostradas en las nueve partidas hasta ayer han sido de Anand; Krámnik ha cometido varios errores graves en la cuarta hora de juego por puro cansancio. Tras nueve partidas, Anand ha ganado tres y seis fueron tablas. Sólo ayer estuvo Krámnik cerca de la victoria.

Superado ya el cisma que tanto dañó el ajedrez entre 1993 y 2007, Anand se afianza como el único rey del tablero. Por restrictivo que deba ser el uso de la palabra genio, Anand lo es por su capacidad de ver jugadas maravillosas en décimas de segundo. Pero quiso el destino que su vida coincidiese con la de otros dos, Kaspárov y Anatoli Kárpov, mejores que él en algo que muchas veces marca el deporte profesional: el instinto asesino. Ello explica, por ejemplo, que Kaspárov fuera capaz de tumbar a Anand en el piso 107 de las trágicamente famosas Torres Gemelas de Nueva York en el Mundial de 1995.

Tras la retirada del ruso, en 2005, Anand ha logrado lo que la historia le debía en justicia. Aquel niño de raza tamil, religión hindú y casta bramán (la más alta) que asombraba por su rapidez de reflejos a los asiduos del club de ajedrez del consulado soviético de Madrás (hoy, Chennai) fue campeón del mundo juvenil en 1987. Aquel joven que dejó atónitos a sus colegas de profesión en 1991, durante su primera actuación en el torneo de Linares, donde sus rivales apenas tenían tiempo de ir al retrete entre jugada y jugada, fue campeón del mundo absoluto por primera vez en 2000, durante el cisma. Pero su gran año fue 2007: vencedor en Linares, número uno del escalafón y campeón del mundo en el torneo de Ciudad de México.

Para acallar cualquier duda le faltaba ganar en un duelo a Krámnik, el verdugo de Kaspárov. Y es muy probable que eso lo consiga hoy. El indio de Madrid habrá cerrado entonces el círculo de los grandes campeones de la historia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de octubre de 2008