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Reportaje:EN PORTADA

RADIOGRAFÍA DE UN ENIGMA PLANETARIO

LOS suicidios pactados entre adolescentes y los Factos de violencia extrema cometidos por perturbados suelen captar la luz de los focos de la prensa cuando el protagonismo recae en la juventud japonesa. Cuentan los tokiotas que todas las semanas alguien se quita la vida en la línea central del metro de la capital nipona, de ahí que sea la más impuntual, y brutales actos como el del pasado mes de junio, cuando un perturbado mató a siete personas en el barrio de Akihabara, la meca del manga, hacen un flaco favor a la imagen de la juventud más excéntrica y variopinta del mundo. Afortunadamente, no todo son tragedias.

Eso sí, el complejo mosaico humano del país hace que, en muchas ocasiones, sea imposible sacudirse de la cabeza un gigantesco signo de interrogación. Japón combina una de las estructuras sociales más estrictas del planeta con el mayor mosaico de tribus urbanas. "No es una contradicción, sino una relación causa-efecto", apunta el sociólogo de la Universidad Internacional de Tokio Suzuki Kensuke. "Las largas jornadas de trabajo de los padres y la rigidez de la jerarquía familiar provocan el mayor índice de soledad y depresión del mundo. Quienes no encajan a la perfección en alguno de los cánones establecidos son inmediatamente marginados. Consecuencia directa es la falta de identidad personal, algo que los jóvenes suplen con la caracterización de estilos urbanos. No es un mero atuendo, se visten una identidad que les hace sentirse partícipes de un grupo determinado". Es el cosplay. Literalmente: juego de disfraces. Permite a quienes lo practican convertirse en lo que les gustaría ser y, debido al tradicional rol de la mujer, destinada al cuidado de la casa y de los hijos, tiene un marcado acento femenino. "Las chicas se encuentran en una encrucijada mucho más compleja que los chicos. Hacen frente a una sociedad tecnológicamente puntera, pero anclada en modelos de hace siglos".

Misa Takeuchi ahora tiene 28 años, trabaja en una empresa de telecomunicaciones y busca una pareja que le proporcione estabilidad. Hace una década, sin embargo, dejó correr sus emociones a través del cosplay, imitando al grupo de rock Glay. Cuero negro, maquillaje estridente y pelo de colores en punta. "Quería mostrar la fuerza que había en mí y que la sociedad me impedía sacar", explica.

Su hermana Mina siempre la había mirado con cierto desdén, pero ahora es ella la que ha descubierto algo similar a lo que buscaba Misa en el cosplay. Y nada menos que en la práctica del flamenco. Cada semana acude un par de horas a clase en Yokohama, donde el taconeo y los olés alivian su estrés vital. "Tenemos necesidad de mostrar nuestros sentimientos. Es una especie de explosión interna incontrolable. Algunos lo escenifican con ropa llamativa, otros necesitan gritar en un tablao".

"El excesivo uso de la tecnología está alejando a los seres humanos, un fenómeno global que se agudiza en Japón", opina Kensuke. "La gente ya no habla: chatea o se envía emails. Pero nunca desaparecerá la necesidad del contacto directo, y eso es lo que favorece la aparición de modas con las que se identifican grupos de estratos similares. Quienes tampoco encajan en ellos, porque son, a su vez, rígidos, son los que no encuentran motivación alguna y deciden citarse para quitarse la vida".

"Somos lesbianas y nos miran mal"
"Somos lesbianas y nos miran mal"ZIGOR ALDAMA

"ROMPEDORAS POR FUERA, TRADICIONALES POR DENTRO"

No lo niegan: "Somos superpijas". Y a mucha honra. Pasan entre 60 y 90 minutos maquillándose antes de salir, siguiendo al pie de la letra los pasos que describe la revista Koakuma Ageha. Son japonesas, pero preferirían haber nacido en otra parte. Su estilo es lo opuesto al prototipo nipón. Lucen pelaje rubio, algunas se estilizan la nariz y suelen añadir una mirada azul al conjunto de colores con el que decoran su rostro. En las uñas, Hello Kitty, Pokémon o cualquier otro postizo divertido. "Y cuantas más lentejuelas en el cuerpo, mejor", reconoce Yasuko. "El objetivo es más sentirse a gusto con una misma que llamar la atención", explica Hisako Nakajo, editora de Ageha, la biblia de las babydoll, "un segmento de la clase alta que, en realidad, es rompedor por fuera y tradicional por dentro".

"SOMOS LESBIANAS Y NOS MIRAN MAL"

Yumi y Shinagawa pasean mucho más que su rollo punk gótico. El look irreverente es su forma de dar un puñetazo a la rígida sociedad japonesa, "y no sólo una forma vacía de llamar la atención". Lo demuestran con las esposas que suelen unirlas por la calle. "Somos lesbianas, nos miran mal, pero no nos importa lo más mínimo", comenta Yumi. A diferencia de la mayoría de entrevistados, ellas se proponen continuar con esa estética hasta que se cansen. "No tomaremos la decisión por la conveniencia de conseguir trabajo o por la presión familiar, que es importante. En Japón, hasta los que se autoproclaman alternativos agachan la cabeza cuando llegan los hijos. Vestirán de una forma determinada, pero en realidad son una cuadrilla de tradicionalistas. Nosotras somos así y no vamos a cambiar".

"MIS PADRES ME HAN DADO POR PERDIDA"

Hay quien ve el mundo de color de rosa. Una felicidad infantil y contagiosa que comparten Ayami, Mtttpo, Ai y Risa, un grupo de amigas menores de 20 años que viven "un cuento de hadas" que perfectamente podría haber firmado Walt Disney. Su estilo fairy tale y sus sonrisas sujetas con fórceps hacen furor entre las adolescentes de clase media y suponen un quebradero de cabeza para sus progenitores. "A mí ya me han dado por perdida", reconoce la benjamina, cuya vestimenta, un set de la marca Don Quijote, le ha costado casi 400 euros. El rosa les recuerda a sus cuentos infantiles, y avisan de que no van disfrazadas. Les molesta que las persigan para hacerles fotos. Sólo en el transcurso de esta entrevista, siete turistas y cuatro nativos han hecho clic frente a ellas.

"ESTA MODA ACABARÁ CUANDO TENGA QUE BUSCAR TRABAJO"

Ella, lolita gótica; él, un tío normal. "Es lógico que surjan desavenencias cuando quedamos, porque no le gusta que llame tanto la atención", lamenta Arai Yumiyo, que a diario es gótica, a secas. El punto lolita le parece sexy y lo reserva para los domingos en Harajuku. Su novio, Shin Kamishimo, reconoce a regañadientes que le pone a cien. Su caso ejemplifica que los amantes del cosplay no están reñidos con los que les es indiferente. Pero sí con una vida estándar. Ahora ambos tienen 19 años, y Yumiyo reconoce que "se trata de una moda que acabará cuando trate de encontrar trabajo". Para ella, ser una gosuloli no es más que una fachada: su look no encierra ninguna ideología determinada o estilo de vida particular. "Visto así porque es la forma en la que me encuentro más atractiva".

"LAS TÍAS BUENAS PREFIEREN HACERSE PIJAS"

Para unos se trata de un escaparate social único. Para otros es la prueba de la decadencia cultural nipona. Pero lo cierto es que, los domingos, el puente de Jingu-bashi no deja a nadie indiferente. Allí se dan cita las tribus urbanas de Tokio y alrededores. Es lo más cercano a un zoológico humano. Pero para Mao, Tauro y Maiko, habitantes de la periferia de la capital, supone el único lugar en el que pueden dar rienda suelta a su afición por el cosplay. Mao, la más joven, viste traje de colegiala sexy, "fake schoolgirl", y no tiene reparo en mostrar su ropa interior a quien la mira aunque sólo sea por un segundo. "Me gusta provocar", reconoce mientras juguetea lascivamente con un chupa-chups. Tauro, por su parte, simula (estéticamente) haber recibido una paliza (!), y Maiko, que ya supera ampliamente la veintena, viste como un payaso. Estas marginales de fin de semana se permiten, como mucho, dejar tiradas las latas de cerveza en una esquina para entrevistarse con EP3. "Generalmente el cosplay lo practican chicas que no son muy guapas y quieren llamar la atención", admite Tauro. "Y suelen ser de clase media baja, procedentes de familias poco estructuradas, que buscan una identidad que las haga sentir especiales", añade Suzuki Kensuke, sociólogo de la Universidad Internacional de Tokio. "Las tías buenas prefieren hacerse pijas", comenta con cierto desprecio Maiko. En cuanto a por qué los varones no tienen tanta presencia en el cosplay, las tres lo tienen claro: "Los tíos tienen más posibilidades en Japón. A nosotras sólo nos queda este puente".

"EN EL TRABAJO NUNCA LLEGAREMOS LEJOS"

Un buen marido, preferiblemente con un sueldo generoso; una pareja de retoños que cuidar y una casa estructurada a la forma tradicional en la que esperar a su hombre. A eso aspiran las todavía adolescentes Miyuki y Ashima, que se han acercado, vestidas con el tradicional quimono, a un templo de Kioto para buscar suerte en su acceso a la Universidad. Representan a una gran cantidad de japonesas que, después de recibir una educación excelente, abandonan su vida laboral para dedicarse a la familia. "Queremos experimentar la vida laboral, pero casarnos hacia los 25. En el trabajo nunca llegaremos lejos, así que mejor tener una vida cómoda y hogareña". Eso sí, tienen claro que hay que probar de todo antes de elegir. "Hasta que nos casemos, tendremos varios compañeros sexuales".

"SOY YO MISMA, NO UN PRODUCTO COMERCIAL"

Hitomi Masako podría ser la versión femenina y de ojos rasgados del Doctor Jekill. De lunes a viernes luce pelo negro corto y viste traje de Dolce & Gabbana para acudir a su trabajo como secretaria en una multinacional. Pero sábados y domingos, la melena le crece y se torna blanca. Es el contraste necesario para lucir el atuendo negro que la identifica como una gótica pura. "Soy yo misma, y no un producto comercial". La amenazadora calavera metálica que cuelga de su cuello no concuerda con la timidez de sus ademanes. "Nuestro aspecto es siniestro", reconoce junto a una amiga soft gothic, "pero no mordemos a nadie". No todos parecen estar de acuerdo. "La misma gente que me saluda entre semana se aparta de mí. Vestir gótico es una forma de descubrir la otra cara de Japón".

"MI TRABAJO SERÁ MACHISTA, PERO LO PREFIERO A UNA OFICINA"

Shiho disfruta alimentando a sus clientes en la boca, aunque algunos no eviten que se les caiga la sopa a la mesa. Entonces, ella se disculpa, hace una reverencia y limpia con cuidado los restos. No trabaja en una residencia de ancianos, sino en un meido café, un bar en el que las camareras visten con trajes de sirvienta francesa del siglo XVIII y tratan a sus clientes como amos. Esta joven de 19 años, a la que, por política de empresa, no se puede fotografiar, no considera que sea una labor denigrante. "Hay ciertas connotaciones sexuales y de machismo, pero lo prefiero a un trabajo de oficina. Soy feliz dando placer y cariño a quien lo necesita". El éxito es enorme, a juzgar por las listas de espera en su establecimiento y el número de bares que abren sus puertas cada semana en Japón.

"SÓLO QUEREMOS EXPRESAR SENTIMIENTOS"

Los rockeros en Japón ya no gritan. El post-rock nipón sigue la estela del grupo escocés Mogwai. Sin letras, Euphoria se come el pequeño escenario del O-nest de Shibuya, el barrio joven de Tokio, con melodías melancólicas y angustiosos silencios. "No hay nada que decir", explica Shota Sato, el bajista del grupo. "Sólo queremos expresar sentimientos". Algunos asistentes a la presentación de su tercer disco incluso derraman lágrimas. Abundan los solitarios, faltan melenas y nadie baila. A lo sumo mueven un pie al compás mientras degustan una cerveza Asahi. "Desde una perspectiva occidental puede resultar deprimente, pero en Japón ése es el estado de ánimo de quienes no encajamos". Pasa un minuto desde el último acorde hasta los aplausos. Cualquiera diría que han vivido un trance.

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