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Columna
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Fertilidad no es potencia

Galicia es un país donde, por desgracia, es necesario argumentar una y otra vez nuestras potencialidades: que es un país de una riqueza natural y humana grande. Quienes arengan o predican estas cosas se sienten muchas veces cansados y un poco tontos; sentirse tonto es la suerte de quien está en evidente minoría. Ven que en la conciencia dominante sigue reinando la inseguridad y la falta de confianza en nosotros mismos. Puede que todo eso se haya acabado ahora que los científicos nos han dado la razón.

El Instituto Marqués ha publicado los resultados de un estudio realizado con varones de toda España que reveló que los gallegos de entre 18 y 30 años son los más fértiles. La investigación atribuye la mayor fertilidad de nuestros quintos a la menor contaminación, así que los de generaciones anteriores, con menos contaminación todavía, debieron de ser dignos de ser conocidos en sus tiempos de plenitud. Lógicamente debemos pensar que el mismo estudio realizado con hembras revelaría un resultado similar: mujeres de campeonato.

Si nos diesen a elegir, escogeríamos ser menos fértiles y tener más industrias y nivel de vida

Un informe así tiene un doble carácter. Por un lado refuerza nuestro yo más básico: podemos. Parece que acertó el actor Carlos Blanco con su consigna en la TVG: "¡somos unha potencia!". Pero por otro lado, un estudio tan cercano a la investigación ganadera y al mundo de la veterinaria refuerza también nuestra inseguridad. Galicia exportó cuerpos, brazos para el trabajo y amas de cría. Nuestra fecundidad fue para el mundo como la de las reses. Aunque aquí nunca hubo conciencia racial y en realidad funcionamos como raza en su sentido genético, animal. Fue el destino de una población condenada a vivir históricamente reducida a la supervivencia: fuimos un cuerpo sin cabeza, un país sin dirigentes. Y este retrato de nosotros como brutos fértiles acentúa nuestras dudas.

Porque cada varón individualmente necesita ser "el más macho" -no creo revelar un secreto-, pero colectivamente, hombres y mujeres de este país pretendemos sentirnos revalidados en el mundo actual; queremos ser tan modernos, guais, industriales, contaminados, como los que más. Nos hace gracia el buen estado de la raza, pero si nos diesen a escoger fríamente con una papeleta en urna, seguramente escogeríamos ser como los vascos, valencianos y catalanes que tienen peor semen, peores óvulos ellas, por la contaminación, pero también más industria; o sea, eso que llaman nivel de vida. Uno particularmente no sabría qué decir, pero la elección colectiva es predecible: peor semen y más puestos de trabajo. Basta ver cómo poblaciones que viven de una central nuclear o industria contaminante defienden que no se cierren a pesar de estadísticas demoledoras que relacionan terribles enfermedades con la contaminación que generan esas empresas. Las personas somos así, necesitamos vivir y criar a los hijos ahora, nos gustaría poder garantizar también un futuro próspero y limpio, pero no podemos asegurarlo y por eso nos agarramos al único presente que tenemos. De ahí que los ecologistas se vean enfrentados casi siempre a los pobres, los ricos se esconden detrás.

Esta fama de sementales es el retrato de nuestra buena salud, la de unas generaciones que ya comieron huevos y carne -bien de pollo, de cerdo o ternera- a las que no les faltaron yogures y que bebieron mucha leche (además de botellín y botellón, claro).

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Hay también otros indicadores colectivos para medir la salud de nuestra sociedad como la desproporción entre el número de ancianos y jóvenes, porque estos últimos son o estarán buenos, pero son pocos. Y sobre todo la paradoja de que, siendo tan potencialmente reproductivos, nazcan aquí tan pocos niños. Es la paradoja más triste, la impotencia real de nuestros potencialmente potentes.

Si tomamos distancia, la imagen que nos muestra no es la del "atraso", pues esta Galicia ya debe ser vista como una sociedad europea, pero sí es la imagen de nuestro retraso respecto de otros países y comunidades. No sabemos bien si solazarnos en nuestra tradicional imagen de brutos con sustancia, sentido del humor e inteligencia sutil que se nos atribuye, o bien arrear cabezazos a la pared por no romper los tópicos en los que nos encierran los demás y nosotros mismos. O ninguna de las dos cosas y a correr por ahí.

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