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Baja la fiebre, pero el enfermo sigue en la UVI

El IPC se comportó en julio y agosto bastante mejor de lo que preveían los modelos dos meses atrás, que apuntaban a una tasa interanual en el último mes del 5,7%, ocho décimas porcentuales por encima del 4,9% finalmente observado. Esta desviación es atribuible en un 90% a la bajada del precio del petróleo, y el 10% restante, al mejor comportamiento del grupo de alimentos sin elaborar. Es decir, como viene ocurriendo desde septiembre de 2007, pero en sentido contrario, los movimientos recientes de la inflación vienen determinados por lo que los analistas llamamos inflación volátil o residual, mientras que la subyacente, que es la que marca la tendencia de las presiones inflacionistas, apenas ha sufrido cambios, como puede verse en el gráfico superior izquierdo.

Las estimaciones apuntan a una inflación del 3,4% en 2008 y a una tasa inferior al 3% en el próximo año
La caída del IPC ayudará a mejorar los indicadores de confianza de los consumidores e inversores

En todo caso, esos escasos cambios de la inflación subyacente, o nuclear, marcan un movimiento ligeramente al alza, que se explicaría por los efectos secundarios de la subida de la energía y otras materias primas, es decir, por el traslado a los precios finales de los mayores costes de producción del resto de bienes y servicios. Esto era esperable y, si acaso, puede decirse que, exceptuado el grupo de los alimentos elaborados, dicho traslado es mínimo, lo que indica que los márgenes empresariales de producción y distribución se están reduciendo, algo lógico en el contexto actual de profundo debilitamiento de la demanda. En definitiva, no se observan efectos importantes de segunda ronda de la subida de los precios de las materias primas, y esto que sucede en España también se observa en el conjunto de la UEM, lo que despeja el camino para que el BCE baje los tipos de interés antes de fin de año, tanto más cuanto la bajada del precio del petróleo parece consolidarse.

A partir de los últimos datos y del nuevo escenario del petróleo, las previsiones han mejorado sustancialmente. Si hace dos meses se esperaba que la inflación se situara en diciembre en el 4,6%, ahora las estimaciones apuntan al 3,4% (gráfico superior derecho) y a una tasa ligeramente inferior al 3% en el próximo año, lo que frenaría la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores. El mismo alivio experimentarían las cuentas de resultados de las empresas. Pero los efectos de esta relajación de la inflación aún serían mayores al incidir en otros mecanismos o variables determinantes de la conducta de los agentes económicos. Al acabar el año con una inflación inferior a la prevista, los efectos sobre los aumentos salariales nominales del próximo año (incluidos los de las cláusulas de salvaguardia) también serán menores, lo que evitará un mayor deterioro de las cuentas de resultados empresariales y, sobre todo, una mayor pérdida de competitividad frente al resto del mundo, ambas cosas cruciales en estos momentos. Además, la caída de la inflación también ayudará a mejorar los indicadores de confianza de los consumidores e inversores.

Todo esto no va a impedir que los procesos de ajuste que se están produciendo en nuestra economía prosigan su camino, con los consiguientes efectos sobre la actividad, el empleo y las rentas, pero al menos servirá para aliviar la situación y para que dichos ajustes puedan completarse antes. Ahora, la duración e intensidad de este proceso dependen sobre todo del curso que siga la crisis financiera, cuyo final se vislumbra largo y costoso. Todo ello explica que las nuevas previsiones que vamos conociendo a la vuelta de las vacaciones veraniegas muestren recortes en el crecimiento del PIB. Las de Funcas (gráficos inferiores) contemplan un crecimiento medio anual del 1,1% para este año, medio punto porcentual menos que las realizadas en mayo último, con un perfil trimestral que llevará a la tasa interanual a zona negativa en el último trimestre. En esta zona se mantendría hasta el tercero del próximo año, por lo que la media anual arroja una caída del 0,5%. Si la crisis financiera fuera superándose a lo largo del próximo año, la recuperación podría iniciarse al final del mismo e irse consolidando en 2010, para el que se contempla una tasa del 1,5%. Lo peor de todo esto es que la tasa de paro puede irse al 15% en 2009 y al 16% en 2010, algo que debe hacer reflexionar a los que en el ámbito político, sindical o empresarial tienen la capacidad de tomar decisiones para llevar a cabo reformas que eliminen lastre con vistas a la aún lejana recuperación.

Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas).

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 13 de septiembre de 2008.

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