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Editorial:

Respiro en Turquía

Con el fallo del Constitucional gana la democracia; pero Erdogan recibe un serio aviso

Turquía, que encadena las crisis, parece haber escapado por los pelos de una que habría arrojado a las tinieblas al pujante país asiático. El veredicto del Tribunal Constitucional eludiendo la prohibición del partido gobernante Justicia y Desarrollo (AK) por sus tendencias islamistas, que es lo que solicitaba la fiscalía, es una victoria para Recep Tayyip Erdogan, un auténtico superviviente. Pero a la vez representa una muy seria advertencia para el primer ministro. De hecho, 10 de los 11 jueces consideran que el AK socava el laicismo constitucional turco, aunque sólo seis de los siete necesarios votaron su ilegalización. Turquía está políticamente paralizada desde marzo, cuando el Gobierno decidió permitir el velo musulmán en las universidades, el auténtico detonante de la crisis.

Uno de los elementos que ha contribuido a suavizar una decisión judicial que casi todos anticipaban drástica es presumiblemente la investigación en marcha promovida por el Gobierno sobre una organización ultranacionalista, Ergekenon, sospechosa de planear un golpe de Estado castrense a través de la violencia terrorista, y a la que los recientes atentados de Estambul han puesto más si cabe en el foco de la sospecha. El hecho de que entre los numerosos detenidos haya dos generales y muchos oficiales ha colocado a los militares turcos, una de las patas decisivas de la oposición al Gobierno Erdogan, junto con la judicatura, a la defensiva por primera vez en mucho tiempo.

Erdogan es responsable de la mayor modernización turca de los últimos años. Su partido populista y pro occidental está comprometido con Europa desde su primera victoria electoral, en 2002. Pero el primer ministro es también excluyente. Despliega una manera de gobernar que roza lo sectario y que la propia UE ha criticado, pese a estar dispuesta a cancelar las conversaciones de accesión con Turquía si el AK era ilegalizado. El jefe del Gobierno ha acusado recibo del fallo del Constitucional al prometer mayor flexibilidad y una política más integradora.

En cualquier caso, la batalla ahora sustanciada es una más de una larga guerra entre una élite que se considera guardiana de las esencias laicas de Ataturk y un partido en auge, popular y neoislamista, cuya espina dorsal son musulmanes practicantes y crecientemente prósperos, por el que se siente amenazada. Y revela con crudeza las profundas disfunciones del incipiente sistema democrático turco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de agosto de 2008