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Análisis:Cosa de dos

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Me cuesta infinito esfuerzo convencerme de que los ricos pueden arruinarse. Admito que también lloren, pero que ese ente de origen enigmático y nunca aclarado llamado crisis mundial pueda despojarles de lo que tan heroica y legítimamente han llegado a poseer o a heredar me resulta como mínimo discutible o negociable. Al parecer, la Gran Depresión de los años treinta sólo le dejó a algunos de ellos el desesperado recurso de lanzarse al vacío, y no hay duda de que las infames revoluciones de la gleba en siglos que ya nos parecen remotos le arrancaron a la aristocracia y a los millonarios de siempre no ya sus ancestrales fortunas sino también sus preciadas existencias, pero el concepto revolución y sus temibles aspiraciones de cambiar el estado de las cosas está proscrito a perpetuidad y el crack económico sólo asusta con lógica a los que tienen regular, poco o casi nada.

Cuentan que la disminución espaciada o brutal de la publicidad es síntoma inequívoco de que los tiempos son duros y serán peores, de que ni se compra ni se vende. Y sabiendo que los medios de comunicación y de incomunicación se alimentan de ella soy tan necio e irresponsable que creo que como espectador y oyente no voy a echarla de menos si deja de martillearme en bloques interminables cada vez que enciendo la tele o la radio.

Con arrogancia infantil quiero creer que soy inmune a los cebos de la publicidad, que sólo compro lo que quiero, lo que no se anuncia, lo que me parece bueno. Es mentira. Y por supuesto, me fascinan los mecanismos de ese universo cuando los retrata una serie tan inteligente como Mad men.

Hay spots que me ponen especialmente furioso. No la previsibilidad de que asocie un producto con sexo, poderío social, seguridad o nirvana. Es cuando se ponen literarios, musicales y poéticos. Me escandalicé cuando escuché la propia voz del inolvidable Julio Cortázar recitando un fragmento de sus Historias de cronopios y de famas. Al servicio de un coche. Con Kerouac no han conseguido pillar su voz. Es la de un actor envarado declamando párrafos de On the road. Dean Moriarty quemaría ese coche.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de julio de 2008