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COLUMNA

Lavabo

A la hora de ir al baño en cualquier discoteca de moda se hace cada vez más difícil interpretar el símbolo que distingue el lavabo de hombres y el de mujeres. Antes de que llegara la posmodernidad en cada puerta estaba escrito con todas las letras la palabra caballeros y señoras. Bastaba con saber leer para no equivocarse, siempre que uno tuviera claro a qué género pertenecía. Fijar en la entrada del baño el autorretrato de Durero o la imagen de la Gioconda fue la primera alternativa clásica, pero después la disyuntiva se fue complicando. Una simple inicial, unos labios rojos o un bigote, una pipa o un tacón de aguja, un sombrero de copa o una pamela, signos cada vez más abstractos y ambiguos hacían que uno se confundiera en la encrucijada, sobre todo si iba borracho, hasta oír un grito detrás de la puerta equivocada. En un viaje reciente a Buenos Aires me llevé una sorpresa. La librería Clásica y Moderna de la calle Callao es a la vez café concert, botillería intelectual, refugio de lectores y artistas, un establecimiento regido por la divina Natu Poblet. En el momento de ir al baño, situado en un altillo, me encontré con mi foto en la puerta del lavabo de caballeros, sin más explicaciones. Se supone que en ese espacio mi imagen era el símbolo del género masculino, el guía que conducía a los hombres fisiológicamente hacia su destino. Consulté el caso con mi psicólogo, que es argentino, valga la redundancia. En principio yo no sabía si mi foto pagada a la puerta de un retrete de caballeros debería ser tomada como un homenaje o como una forma de mandarme a la mierda. El psicólogo me dijo que servir de hito en ese espacio era un reconocimiento más importante que cualquier medalla. De hecho, cuando entré en el establecimiento se produjo un revuelo entre las camareras del bar, los empleados de la librería y algunos clientes habituales sólo comparable al que se dedica a un gran personaje. Para ellos yo no era escritor ni periodista, sino el monarca absoluto de un reino de apenas tres metros cuadrados. Después pasé por la prueba de entrar en mi propio reino para ejercer mi función y dentro me encontré con uno de mis súbditos, que me miró con ojos espantados como si yo fuera un fantasma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de julio de 2008