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Crítica:CANCIÓN

Entre lo sublime y lo hortera

Los extremos, ya se sabe, están separados por una línea muy tenue. La misma frontera sutil que media entre el amor y el odio (lo cantaban The Pretenders hace un cuarto de siglo) o entre el lirismo arrebatador y la cursilería sin paliativos es la que existe entre una canción pletórica y otra clamorosamente hortera. El boloñés Lucio Dalla lleva cuatro décadas transitando como un funambulista por ese delgado hilo, y pese a sus buenas artes con el equilibrismo, es inevitable que a veces termine pisando a uno u otro lado.

Casi 22 años llevaba el autor de Caruso sin comparecer ante una audiencia española, y hasta sus más tenaces seguidores patrios no pudieron disimular una cierta decepción cuando le vieron asomar por el escenario: ni rastro de su sempiterno sombrero panamá ("ahora prefiero presumir de peluca", aduce) o de aquellas gafitas redondas de observador entre sentimental y sarcástico. El hombre achicharrado por ese sol siciliano que disfruta a bordo de su barco El Cacharro no parece el arquetipo de personaje transgresor al que nos tenía acostumbrados.

LUCIO DALLA

Lucio Dalla (voz, teclados). Cuartel del Conde Duque, Veranos de la Villa. Madrid, 5 de julio. Media entrada (900 espectadores).

A sus 65 años, Dalla bien puede acreditar dos docenas largas de canciones memorables, pero dilapida esa fortuna con unos arreglos musicales verbeneros. En vez de subrayar la vigencia de unas melodías encantadoras, unas letras sagaces (difícil superar el listón poético de L'anno che verrá o Piazza grande) y una voz de tesitura estupenda, nuestro querido profesor de sociología lo embadurna todo con unos sintetizadores rampantes y un par de guitarristas eléctricos que parecen haberse escapado de un concierto de Foreigner o de Europe.

Sería maravilloso encontrarle a Dalla un Rick Rubin, algún director musical que le persuadiera de que, con un repertorio como el suyo, menos es más. Mientras tanto, ni los más adictos podían reprimir la hilaridad con ese guitarrista desabotonado y con los pantalones raídos, como recién llegado del Vietnam; o con el joven corista de gesto lánguido que parecía puesto por el Ayuntamiento, porque apenas se le escuchó murmurar una nota en toda la velada.

Hombre siempre contradictorio, como corresponde a su doble condición de católico y comunista, Dalla tendrá que decidir si se decanta por lo sublime o deja rienda suelta a sus impulsos más horteras. Quizás sea cosa del agua siciliana: a su amigo y vecino Franco Batiatto a veces le sucede algo parecido. En el caso del boloñés, tan pronto aflora una inteligente vena jocosa (Attenti al lupo) o una sensibilidad social convincente (Liam) como se nos desmarca con una canción sobre Valentino Rossi. Y no contento con ello, nos intenta persuadir de que el motorista "es la encarnación actual del mito de Alejandro Magno". Quién lo habría dicho.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2008