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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Pecados de omisión

Los libros que nunca he escrito, de George Steiner, es un mapa lúcido y erudito de los lugares que el autor no ha querido o no ha podido explorar a fondo.

Un lector puede definirse tanto por lo que lee como por lo que rehúsa leer. "Está ahí como amenaza, no como lectura", decía Severo Sarduy de un ejemplar de Los cipreses creen en Dios que alguien había dejado sobre su mesa. Mark Twain se ufanaba de no haber leído ni Emma ni Orgullo y prejuicio. "La mejor manera de empezar una biblioteca", aconsejó, "es omitir las obras de Jane Austen". "No me desplazo nunca sin mi ejemplar de Clarissa", explicaba Evelyn Waugh cuando lo veían tomar el tren con la voluminosa novela de Richardson bajo el brazo. "Me sirve para mantener la puerta entreabierta".

En el mundo de la escritura, confesar los pecados de omisión es harto menos común. Stéphan Mallarmé, en una carta a Paul Verlaine, admitió no haber escrito nunca su obra deseada, es decir, "simplemente un libro, en varios volúmenes, un libro que fuera de verdad un libro, arquitectónicamente sólido y premeditado, y no una colección de ocurrencias casuales por más maravillosas que sean". Y Nathaniel Hawthorne anotó en su lista de proyectos incumplidos este que nunca ejecutaría: "Relatar un sueño que se parezca al curso real de los sueños, con todas sus inconsistencias, sus excentricidades, su falta de propósito y, sin embargo, con una idea central atravesándolo todo. Hasta esta vieja edad del mundo, nada semejante ha sido escrito".

Los libros que nunca he escrito

George Steiner

Traducción de María Condor

Siruela. Madrid, 2008

240 páginas. 18,90 euros

Estos libros anunciados existen en el acto de concebirlos, en el momento que precede la creación. Poco importa que ese momento no llegue nunca

George Steiner, a quien ninguna terra inognita intimida, confiesa en éste, su libro más reciente, siete de tales pecados: siete libros no escritos que intentó exorcizar trazando sus vagos contornos en la página. Sin embargo, Los libros que nunca he escrito no es una antología de deseos incumplidos. Cada capítulo es un mapa lúcido y erudito de cierto lugar que Steiner dice no haber querido o podido explorar a fondo. Misteriosamente, su cartografía basta.

Leer a Steiner me vuelve consciente de la vastedad de mi ignorancia; me vuelvo lo que Robert Browning llamaba "un recogedor de las migas del saber", agradecido por lo que cae de su mesa. El primer libro "no escrito" es sobre el estudioso Joseph Needham de cuya existencia yo nada sabía. Según Steiner, los textos de Needham abarcaban el repertorio casi completo del saber humano, desde la historia de la ciencia hasta la historia del pensamiento, desde la hereméutica y las novelas históricas hasta la biología y el estudio de los cristales. La culminación de los estudios de este sabio inglés fue la obra Science and Civilization in China, un coloso en varios tomos, comenzado en 1937 y acabado por los discípulos de Needham más de medio siglo después de su muerte. "Ninguna bibliografía", escribe Steiner, sin consolarnos, "puede dar idea de la densidad de las percepciones de Needham". Y sin embargo, aún para estos aparentemente infinitos mundos, Steiner encuentra una cartografía útil e inusual. Es Proust quien, asombrosamente, sirve a Steiner como guía para entender el complejo universo de este "arqueólogo de la consciencia". "SCC y la Recherche", explica Steiner (y sabemos perfectamente lo que quiere decir) son "los dos actos más importantes de remembranza, de total reconstrucción del pensamiento, la imaginación y la forma ejecutiva modernos".

Invidia es el título del segundo volumen fantasma. "Me imagino que no son muchos hoy los que leen las obras de Francesco degli Stabili, más conocido como Cecco d'Ascoli". (El "más conocido" se asocia malamente al "me imagino" ya que el pobre Cecco falta desde hace tiempo de las listas de best sellers). Profesor de Astrología en Bolonia, despedido por hereje en 1324, acusado más tarde de haberse atrevido a trazar el horóscopo del mismo Jesucristo, Cecco debe su evanescente fama principalmente a su odio por Dante, contra quien escribió una larga y didáctica epopeya, la Acerba. Sus contemporáneos acuerdan que la mayor pasión de Cecco fue la envidia, nacida quizás del hecho de saberse incapaz del arte del florentino. A partir de esta observación, Steiner nos introduce al problema más complejo de la invidia clásica cuya dualidad, nos dice, se halla reflejada en el vocablo francés envie, que significa tanto "envidia" como "deseo". Esta tensión antagónica aclara en parte los sentimientos de Cecco al leer la Commedia, como quien contempla el cielo sin saber cómo pintarlo. "El hombre", Steiner arguye, "no puede igualar, y mucho menos superar, el poder, la fantasía, el sobrecogedor encanto que sale del taller de Dios. ¿Qué son nuestras pinturas más sublimes comparadas con el amanecer? ¿Qué es nuestra música al lado de la de las esferas celestiales? El Paradiso es la declaración clásica de estas cosas incomparables. La única, aunque indestructible, contradeclaración del hombre es la de las palabras, de la gramática en que está redactado Job. Un lenguaje que Dios tiene que hablar para que lo oigan".

El imaginado libro Invidia nunca superó su condición esquelética porque, como ingenuamente confiesa su autor, el tema rozaba algo demasiado doloroso e íntimo. Es posible que la mayor parte de estos textos deban su estado onírico a ese mismo recato: Los idiomas de Eros, una exploración de la vida sexual de la lengua; Sión, sobre el exilio como parte de la naturaleza del judío y sobre la brillante noción de que "el judío es odiado no por haber matado a Dios sino por haberlo inventado y creado"; Cuestiones educativas, que propone una educación pública centrada en las matemáticas, la música, la arquitectura y las ciencias de la vida, enseñadas, cuando posible, en un contexto histórico; Del hombre y la bestia, sobre sus convicciones "confusas e irracionales" acerca de la relación entre seres humanos y animales. Pero hay más.

"La filosofía", escribe Steiner en su aforístico prólogo, "enseña que la negación puede ser determinante". Tal afirmación, además de ofrecer una discreta justificación al volumen, sugiere algo más, algo profundo y esencial, que Steiner comenta brevemente en el séptimo de sus libros no escritos, Petición de principio. "Lo que he sostenido desde mis primerísimos libros", dice Steiner, "es esto: la 'cuestión de Dios', de la existencia o inexistencia de Dios, y los intentos de dar a esa existencia 'una morada y un nombre' ha sido lo que hasta hace muy poco ha estimulado en buena medida lo más grande del arte, la literatura y las construcciones especulativas. Ha proporcionado a la conciencia su centro de gravedad". Imaginar que él, George Steiner, tiene "algo original, no digamos autorizado, que ofrecer en respuesta", le parece "una impertinencia".

Y sin embargo, su excusatio propria infirmitatis no nos convence del todo. Al mismo tiempo que descarta una "mística negativa", Steiner, resignándose a lo que llama "la fragilidad de la razón", exige el derecho de "sentir intensamente" la ausencia divina. "Se relaciona, y de nuevo me faltan las palabras, con la tristeza, con el abismo que hay en el centro mismo del amor. Tal vez sea algo así como la oscuridad animada por la que un ciego anda tanteando con su bastón en el ilusorio mediodía del mundo. La meditación sobre un 'no Dios' puede ser tan concentrada, tan humilde o placentera como todas las de la teología y el culto aprobados. No desencadena, creo yo, estupidez ni odio. Atemorizador es el Dios que no es". En este espacio mental, espiritual, debemos, dice Steiner, permanecer solos. La fe (o falta de fe) debe ser algo privado. "La publicación", previene el maestro, "abarata y falsifica la fe de manera irremediable".

Lo pudoroso, lo incompleto, lo fragmentario, el don de brindarnos notas para la definición de algo que nunca acaba de ser dicho, definen (en parte) la literatura que llamamos mayor, de manera explícita en Heráclito, en Pascal, en Kafka, en Borges, de manera explícita en otros. "¡Haré tales cosas!", jura el rey Lear. "Aún no sé qué cosas ¡pero serán los terrores de esta tierra!". La amenaza basta. La cubierta del libro muestra a Steiner sentado frente a su máquina de escribir, los ojos fijos en una hoja de papel en blanco. La imagen ilustra el sentimiento del lector al llegar a la última página: estos libros anunciados existen en el acto de concebirlos, en el momento que precede la creación. Poco importa que ese momento no llegue nunca; han sido leídos por nosotros y pertenecen ahora a la biblioteca de nuestra memoria. Que no hayan sido escritos es un descuido sin importancia, un exceso de modestia que podemos perdonar en una empresa intelectual tan ambiciosa, inteligente y jubilosa. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de junio de 2008

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