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Crónica:LA CRÓNICA

El año que dejamos de ser franceses

¡Voto a bríos, rediós! Por si todavía no se han enterado, este año se cumple el bicentenario de la Guerra del Francès (1808-1814). Aunque, frente al maximalismo madrileño y su Dos de Mayo, aquí hemos optado por restaurar el monumento a los héroes de 1809 (en la plaza de Garriga i Bachs), abrir las puertas del castillo de Montjuïc y montar una exposición de numismática (Monedes en lluita) que, desde hoy y hasta el 3 de mayo de 2009, podrá verse en el MNAC.

Por lo visto, bajo dominio francés los catalanes volvimos a acuñar moneda, cosa inaudita desde la derrota de 1714. Piezas salidas de la ceca barcelonesa, por primera vez denominadas pesetas, que auguraban tiempos mejores. Después, como es sabido, todo se estropeó y aquí estamos. Pero durante esos seis años de ocupación manu militari algunas cosas habían cambiado para bien. El agua y el baño comenzaban a entenderse como forma de evitar el contagio de enfermedades. Se reclamaban servicios de recogida de basuras y se instaba a la población a mantener limpias sus casas. Incluso muchos librepensadores empezaron a bañarse una vez por semana, siguiendo el ejemplo de Bonaparte, que le escribía a Josefina: "Llego dentro de cinco días, no vuelvas a bañarte". Así pues, las pesetas fueron para Barcelona uno más de aquellos ilustrados sueños que tuvo la ciudad.

¿Y qué se podía hacer con una peseta? Para responderme me sale al paso el estrecho pasaje de Lluís Cutchet -entre el Arc del Teatre y la calle de Santa Mónica-, en cuya entrada luce una placa que reza: "Casa de baños. Año 1814". Según Joan Amades, se trata de Can Casteliu, primer establecimiento de este tipo abierto en la Península. Negocio de alto riesgo, pues en aquellos tiempos no había muchos barceloneses interesados en la higiene personal. Pocos estaban dispuestos a pagar por un baño caliente y aun esos pocos eran tachados de afrancesados y lechuguinos.

Ese año, la ocupación napoleónica languidecía, a medida que los ejércitos imperiales se desintegraban por media Europa. La ciudad pasaba hambre y estaba sitiada por el británico sir Henry Clinton, en uno de los últimos episodios de la contienda. El 6 de abril de 1814 Napoleón abdicaba y 20 días después se pactaba la evacuación de Cataluña y la vuelta del tétrico Fernando VII, aunque el flamante rey Borbón no pudo entrar en Barcelona y hubo de conformarse con el modesto recibimiento que le hicieron en Gràcia. La guarnición francesa no se rendiría hasta un mes más tarde y Barcelona fue la última capital europea en arriar la bandera tricolor.

Así pues, al señor Casteliu no se le podía ocurrir idea más peregrina. Aquel año, nada más llegar, Fernandito había suspendido las Cortes de Cádiz, disuelto la Diputación de Cataluña y restablecido los tribunales de la Inquisición. Las normas de sanidad impulsadas por los liberales quedaban anuladas, mientras que el Santo Oficio entendía la higiene como práctica extranjerizante y sospechosa, y se tenía por poco cristiano acudir a unos baños públicos.

Comenzaba el llamado Sexenio Absolutista, trufado de ejecuciones sumarias, cárceles y destierros, que iba a marcar la historia del siglo XIX español. Medio siglo más tarde, en el manicomio de la Santa Creu -actual Biblioteca de Cataluña- muchos locos aún seguían encadenados por el cuello a la pared y tímidamente comenzaban a abrirse casas de baño, que llevaban muchos años funcionando en el resto de Europa. Con aquella peseta se quería mucho más que un baño. Ya decía el difunto abuelo de mi pareja -un histórico fundador del PSUC- que el timbaler del Bruc hubiera podido tocarse las narices, en vez del tambor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de junio de 2008