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Catástrofes en Asia

Infierno en la ciudad de Beichuan

El presidente chino, Hu Jintao, visita las zonas más castigadas por el terremoto

Antes de que el pasado lunes a las 2 horas y 28 minutos de la tarde se produjera el terremoto más devastador que ha vivido China en tres décadas, el condado de Beichuan, situado a 160 kilómetros de Chengdu (capital de la provincia de Sichuan), era un valle magnífico, de altas montañas y árboles frondosos. La sacudida de intensidad 7,9 en la escala de Richter -que se dejó sentir hasta en Hanoi (Vietnam)- lo convirtió en un infierno. Es imposible describir la magnitud de la catástrofe con palabras, ni con imágenes, porque lo que provocaron las fuerzas de la naturaleza en pocos segundos va más allá de lo que cualquier metáfora, adjetivo o plano pueda mostrar.

Alrededor de 4,8 millones de personas se han quedado sin casa

El presidente chino, Hu Jintao, pudo ver ayer con sus propios ojos el desastre, y se sumó al primer ministro, Wen Jiabao, que el mismo lunes llegó a la zona para dirigir el vasto operativo de salvamento, en el que participan más de 130.000 soldados. "Los trabajos de rescate han entrado en la fase más crucial. Debemos hacer todos los esfuerzos posibles, trabajar contrarreloj y vencer todas las dificultades para lograr la victoria final en las labores de salvamento", afirmó Hu. El Gobierno situó la cifra oficial de muertos en 22.000, y dijo que prevé que supere los 50.000. Pero Hu Jintao aseguró que las consecuencias podrían sobrepasar las del seísmo de la ciudad de Tangshan (provincia de Hebei), en 1976, que provocó más de 240.000 fallecidos.

Wen pidió a los gobiernos locales que garanticen la estabilidad social, ya que la frustración y el cansancio están aumentando entre los supervivientes, muchos de los cuales han perdido todas sus pertenencias. Alrededor de 4,8 millones de personas se han quedado sin casa.

La principal fuente de ira proviene de que miles de niños -la gran mayoría hijos únicos, debido a la política de control de natalidad gubernamental- han fallecido a causa de la mala calidad de la construcción de las escuelas, lo que ha llevado al Ministerio de la Vivienda a ordenar una investigación. Muchos colegios se desplomaron como un castillo de naipes, mientras que edificios al lado quedaron indemnes.

La carretera sinuosa que se interna en el valle del río Fu presagia lo que se avecina en Beichuan. Casas desplomadas, gente refugiada bajo los toldos, una fábrica rota como un viejo galeón desarbolado a cañonazos, convoyes militares con cientos de soldados, un constante ulular de ambulancias, y miles de afectados que huyen de la zona del desastre, con el horror y la incomprensión dibujados en el rostro.

Acceder a Beichuan es difícil. Tras sortear varios controles, hay que recorrer varios kilómetros en la moto de alguno de los vecinos de la zona, y luego seguir a pie, ya que la policía impide el paso a los vehículos particulares, incluida la prensa, para facilitar el acceso de los equipos de emergencia.

Al llegar a Beichuan, aparece ante los ojos una visión apocalíptica. Apenas quedan edificios en pie, y los que no han caído, aparecen reventados, con todas sus entrañas a la vista, inclinados como si tratara de grotescos diseños. La ciudad ha quedado reducida a montañas de escombros, y entre ellos flota un fuerte olor a descomposición. En el lateral de una plaza, se alinea un centenar de cuerpos en bolsas de plástico. Entre las ruinas sobresalen cadáveres atrapados que no han podido ser extraídos, ya que los equipos de salvamento están concentrados en encontrar supervivientes.

El terremoto desplomó los inmuebles como si fueran de cartón piedra, y los que estaban situados cerca de las laderas y no cayeron fueron arrasados por las rocas gigantescas que descendieron a toda velocidad de las montañas, arrastrando todo a su paso como si el cielo hubiera ordenado un juego de bolos mortal. El terremoto desgajó secciones de cientos de metros de largo de las montañas, que se precipitaron con un ruido ensordecedor, aplastando todo lo que pillaban a su paso.

En las calles, hay rocas del tamaño de un camión, que ni las potentes excavadoras y grúas, que han comenzado a llegar, han podido mover. Hay coches machacados, otros en el cauce del río, y enormes rocas incrustadas en las casas, como si hubiera caído una lluvia de meteoritos. Bajo uno de los aludes de tierra, sólo sobresale, de lo que fue un campo de deportes de una escuela, una canasta de baloncesto.

De repente, alguien cree percibir una réplica, y la gente comienza a correr presa del pánico, por miedo a que caiga alguno de los inmuebles semiderruidos. Desde el pasado lunes, se han producido cientos de pequeños temblores. Pero ayer hubo uno de escala 5,9, en Lixian, al oeste del epicentro del seísmo del pasado lunes, que se localizó en Wenchuan, ciudad situada a pocas decenas de kilómetros de Beichuan. El terremoto de ayer provocó nuevos deslizamientos de tierra, sepultando varios coches.

En el condado de Beichuan, de unos 161.000 habitantes, los cadáveres extraídos suman 5.700, y los cuerpos de los que se tiene constancia que deben de estar bajo los escombros, 4.800, según asegura Xie Ming, portavoz de la vecina ciudad de Mianyang. Xie dice que en Beichuan ciudad vivían 13.000 personas, de las cuales no sabe cuántas han fallecido, probablemente la mayoría, a la vista de la situación.

Entre las ruinas, deambulan familiares desesperados en busca de sus seres queridos. Un hombre ora, en voz alta, sentado en el suelo. Dos chicos jóvenes lloran impotentes, ante un edificio semihundido. Las cortinas de un restaurante flotan fuera de las ventanas. En uno de los colegios de la ciudad, decenas de soldados extraen cadáveres de estudiantes, algunos de ellos muertos abrazados.

Pero, después de cuatro días, ayer seguían apareciendo supervivientes en Beichuan. Al menos diez personas fueron rescatadas. Eran trasladadas, rápidamente en las camillas, con los ojos cubiertos con toallas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de mayo de 2008