Columna
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Soluciones habitacionales para indigentes literarios

Asistimos en estos tiempos a debates bizantinos sobre la naturaleza de la novela orquestados de espaldas a la realidad. Todo empezó con el anuncio de su muerte, cuando al escritor Eduardo Mendoza se le ocurrió divulgar la tontería. Después otros recogieron el testigo y se lanzaron a hacer decálogos de inexcusable cumplimiento.

Que si la novela está muerta o está viva, que si la novela debe ser ficción o no ficción, que si la novela o es fragmentada o no será, son diatribas estériles de necesidad. Cada cual airea su paja mental y cuenta la guerra según le conviene. Esto es al fin y al cabo muy humano (salvo en el caso de los creacionistas, que como es sabido defienden el origen divino de sus novelas) pero harta igual.

La novela es un género flexible, tolerante y magnánimo en el que todo cabe salvo el aburrimiento. Intentar acotarla o encauzarla carece de sentido histórico y sólo evidencia papanatismo intelectual o crematístico afán de notoriedad.

La novela carece de reglas. La novela es por excelencia el último bastión de la libertad creativa del individuo. La novela es el territorio de la fantasía, el trasunto imposible de la realidad, el big bang del pensamiento libre y el instrumento con el que el mundo se reinventa una y otra vez. Pura catarsis, puro caos, pura pasión.

Me enervan quienes pretenden ponerle puertas al campo para delimitar sus soluciones habitacionales. Me fastidian los doctrinarios de la primera persona del singular, los certificadores de defunción del texto clásico, y cuantos pretenden ser modernos echando ketchup en el coño de Madame Bovary.

La novela como vehículo de expresión artística ni está muerta, ni es predicable, ni es previsible. Toda visión del mundo tiene en ella cabida, todo estilo ubicación y toda narración asiento. Quienes no tienen una historia que contar, quienes carecen de visión del mundo o son incapaces de desarrollar un lenguaje propio gustan de exhibir su indigencia predicando por los medios el fin de la novela, su mutación genética o su retirada menstrual. Algunos de ellos deberían empezar por releerse el Lazarillo por si pudiera servirles como solución habitacional de su problema literario.

Pero además todo lo dicho es inservible porque por mucho que se empeñen los profetas sin lector no hay novela. Al otro lado de la escritura aguarda la lectura y muchas veces nos olvidamos de que el lector es juez y parte y de que su decisión resulta inapelable. De nada sirve un texto si no es para ser leído por los demás. Pretender por tanto hacer una novela al margen de un destinatario es tarea inútil que no sólo presupone engreimiento sino también desprecio y estupidez.

Sentado lo anterior que cada cual emprenda la novela que le salga, que fragmente o no fragmente, que ficcione o no ficcione, que escarbe en el intertexto o que le dé forma de blog, pero, por favor, que no nos dé más el coñazo dogmatizando sobre si la novela tiene sexo o no. -

Fernando Royuela (Madrid, 1963) es autor, entre otras novelas, de El rombo de Michaelis (Alfaguara, 2007).

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