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COLUMNA

La música de la inmigración

La inmigración es una medicina para el oído. Para otros, no. Para otros no es más que una amenaza o una disculpa para amenazar. Por ejemplo, para esa gente que son los pollos de la gallina de las banderas ilegales y que se manifestaban anteayer frente a las Escuelas Aguirre porque el Ayuntamiento se las ha cedido a la Casa Árabe y los ultraderechistas y demás dicen que no, que ellos no quieren ver musulmanes en su corral. Porque esas personas confunden lo que les gustaría que pasase con lo que pasa, y creen que, efectivamente, el corral que fue suyo volverá a serlo, volverán las banderas victoriosas y los uniformes paramilitares de la Falange a arrojar al mar a los moros, rumanos y sudacas que nos invaden. Pero, claro, y qué van a decir esos cuatro desdichados si un ex ministro como Mayor Oreja, que le ha montado a Rajoy un San Gil de campeonato porque aspira a quitarle la silla de jefe y a ser presidente del Gobierno o incluso algo peor, va por ahí proclamando que, en el fondo, el franquismo no era tan malo y que estaba lleno de virtudes. ¿En el fondo de qué? ¿De las fosas comunes que su partido se niega a abrir? Qué disparate.

Pero otros, como nuestro amigo filósofo Juan Urbano, cuando piensan en los inmigrantes no ven sólo delincuentes o criados, sino personas que le añaden cosas hermosas a nuestra vida y que, por poner un ejemplo, están cambiando el sonido de la ciudad. ¿No se han fijado en lo bien que tocan algunos de los músicos callejeros que se sientan en las esquinas, o forman bandas en las aceras, o se suben con sus a veces extraños instrumentos a los vagones del metro? Es fantástico encontrarse, de pronto, con esa banda de jazz de Nueva Orleans que suele dar sus conciertos por el centro, a menudo en la Puerta del Sol, otras veces en la Gran Vía o en Ópera, que tocan con una energía y una destreza extraordinarias y llenan de optimismo a los viandantes, como ocurre en un poema maravilloso de Baudelaire en el que los parisienses que caminan junto a un parque público en el que una orquesta también está interpretando una melodía alegre, olvidan sus preocupaciones y se llenan de energía mientras oyen la canción fugaz, sienten que sus pasos van cogiendo el ritmo, que su marcha se aviva y el horizonte que los espera no es tan oscuro, sino que está lleno de buenos presagios. A lo mejor eso se le ocurrió al autor de Las flores del mal en compañía de su amante mulata Jean Duval, de la que no se sabe muy bien dónde había nacido, según unos biógrafos en Haití y según otros en la India, Madagascar, Suráfrica o las islas Mauricio, pero de la que no ignoramos que fue la mujer que más quiso el padre de la poesía moderna, que la llamaba, según las ocasiones, "mi Venus negra" o "mi virgen negra", en su caso, sin duda, Venus de carne y hueso, y virgen por lo civil.

Baudelaire no habría ido nunca a la manifestación racista frente a las Escuelas Aguirre, ni Juan Urbano tampoco. Más bien, habrían esperado a que se abriera allí la Casa Árabe y habrían intentado aprender algo en ella. Y por el camino se habrían parado a escuchar a uno de esos músicos ambulantes chinos que tocan arpas o una especie de laúd de una sola cuerda con el que son capaces de llenar de misterio el aire burocrático de los días laborables. O a esos otros músicos de Europa del Este que combaten la prosa de los raíles subterráneos con la poesía de sus acordeones o guitarras. Y los dos habrían imaginado las vidas anteriores de esos músicos: ¿de dónde vienen? ¿Qué eran allí? ¿Fueron al conservatorio? ¿Huyen de algo?

Como nada es sólo ello mismo y de todo se puede sacar una lección, a Juan Urbano le pareció que la metáfora de los músicos callejeros podría considerarse un símbolo de lo que también es la inmigración: una oportunidad de descubrir y de entender, un tesoro que se pone a nuestro alcance, un ensanchamiento de la realidad. A él, desde luego, le encanta oír todas las músicas del mundo en Madrid, porque le produce un gran placer y porque sospecha que si el fascismo se cura viajando, tal vez la xenofobia tenga remedio con esta educación para el oído que se reparte gratis en las calles de la ciudad: quién sabe, igual los hijos del águila preconstitucional cogen el ritmo y se dan cuenta de que lo suyo no es política ni mucho menos ideología, sino sólo incultura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de mayo de 2008