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Reportaje:

El raro del instituto

Los docentes que usan métodos innovadores van a contracorriente en sus centros

En esta clase de ciencias naturales de 2º de la ESO se enseña de manera distinta: los chavales, de 14 y 15 años, trabajan en grupo, se levantan y hablan entre ellos con total libertad. El profesor, Fernando Ballenilla, les ha pasado una gráfica con la evolución del consumo de petróleo, los yacimientos encontrados hasta la fecha y los que se estima que pueden quedar. Los alumnos han de calcular cuántos años de combustible fósil restan. Ballenilla sigue un modelo didáctico investigativo que consiste, resumiendo mucho, en que él plantea un problema y sus estudiantes aprenden investigándolo, debatiendo, resolviéndolo.

Tras más de 30 años de docencia, este catedrático y doctor en Didáctica de las Ciencias, que además enseña a los estudiantes como jefe del departamento de biología, sigue siendo el raro de su instituto, el San Blas de Alicante. No obstante, "mis colegas y los distintos equipos directivos que he tenido siempre han sido respetuosos con mi forma de trabajar", asegura. Pero el hecho es que, a pesar de que la innovación aparece como uno de los principios básicos de todas las leyes educativas desde 1990 (tanto del PSOE como del PP), los docentes que ensayan en los institutos formas nuevas de llegar a sus alumnos siguen siendo "los raros".

"Trabajamos en grupo, así lo que no se le ocurre a uno se le ocurre a otro"

"En un aprendizaje memorístico, lo que queda al curso siguiente es poco"

En el instituto alicantino de San Blas, de puertas para adentro, cada cual hace en su aula lo que estima más conveniente. Se supervisan los resultados académicos, claro, pero los de Ballenilla son impecables: la media de sus estudiantes de ciencias de la tierra y medioambientales en la selectividad de junio de 2007 fue de un 7,43, casi un punto por encima de la media global. El San Blas obtuvo en esa convocatoria la sexta nota más alta y fue el mejor centro público de Alicante y Castellón.

"En la enseñanza habitual, el aprendizaje suele ser memorístico, para aprobar un examen. En el curso siguiente, lo que queda es, salvo excepciones, poco". Ballenilla lo ha comprobado en su faceta de profesor en la Universidad de Alicante: sus estudiantes de 2º de magisterio de infantil entraron en la carrera con un 7 pero su nivel de conocimientos, según detecta, no se corresponde con sus buenos expedientes.

Ballenilla no suele abordar todos los contenidos que supuestamente hay que dar en un nivel determinado. Afirma que los exámenes le importan "un pimiento": en algunos cursos ni los pone; en otros los hace, tipo test, para matizar una nota que se ha forjado en el trabajo de aula, que es lo que de verdad le interesa, y que se plasma en una libreta. Llevarla por el pasillo significa que eres alumno de Ballenilla, Balle, profe, don Fernando. Él se da por aludido en todos los casos.

Se va con sus estudiantes al campo, a identificar plantas, o al huerto del IES. En su aula hay un archivo ordenado por temas con documentos para completar sus clases, que son más ruidosas y movidas; un aparente caos comparadas con las tradicionales de niños sentados en fila atendiendo al profesor. Pero el nivel de conflicto suele ser menor, dice: "No causan problemas de disciplina al jefe de estudios". Y a los chicos parecen gustarles. "Mola más porque no tenemos que estar callados", "trabajamos en grupo, así, lo que no se le ocurre a uno, se le ocurre a otro", "nos hace pensar", "no hay exámenes, lo que cuenta es el trabajo diario", "casi nunca pone tareas, sólo algunas veces, que nos pide que leamos y resumamos un texto", apuntan.

Ninguna de las dos alumnas de 2º de ESO que han dado con la tecla en el problema del petróleo puede calificarse de brillante. A una de ellas, doble repetidora, le quedaron siete en la segunda evaluación, pero aprobó ciencias naturales. Con la otra negoció: la ponía un cinco si apretaba en la tercera. Ella está cumpliendo.

Si los resultados académicos son, como mínimo, iguales a los de una enseñanza tradicional. Si los chavales son parte activa del proceso, se implican más y retienen mejor los contenidos. Si los niveles de conflicto dentro del aula son más bajos, si los padres se dan cuenta de que el profesor está realizando un esfuerzo extra por sus hijos, y lo valoran, la pregunta obvia es por qué no hay más docentes ejercitando la renovación pedagógica.

Porque quienes llegan nuevos a un centro "se sienten más seguros siguiendo el modelo tradicional que arriesgándose a ser innovadores"; no todos los licenciados que dan clase en un instituto son capaces de transmitir sus conocimientos adecuadamente; el ambiente en los claustros se está volviendo "más conservador; preocupa imponer disciplina y autoridad". Estas reflexiones surgen en torno a una mesa de comedor en una casa de Campello, a pocos kilómetros de Alicante. En ella se reúnen, cada 15 días, los 10 u 11 miembros de La Illeta, el grupo de didáctica de las ciencias, integrado en la Red IRES, al que pertenece Fernando Ballenilla.

Todos enseñan diferente en sus respectivos centros y reconocen que estos encuentros son una especie de terapia quincenal. "Nos sentimos menos aislados; es complicado mantener una línea a contracorriente". De vez en cuando escuchan algún comentario jocoso de un compañero. Sin dar nombres, una docente relata cómo hace unos años terminó cuestionada y teniendo que explicar ante su consejo escolar su forma de enseñar, y cómo su método pedagógico no era perjudicial, todo lo contrario, para sus alumnos. Sin embargo, lo normal es que los dejen trabajar, solos, pero en paz.

Francisco Caballero, profesor de matemáticas, afirma que cuando entra en la cafetería de su instituto de Toledo, suele haber dos compañeros que lo señalan con un codazo. Es otro raro sin pelos en la lengua que defiende que instruir no es lo mismo que enseñar y denuncia "la falta de implicación del profesorado". Se conecta con los padres a través del messenger, se jacta de estar "cerca de sus alumnos". Y cree que dar matemáticas de la manera tradicional "aburre a las ovejas": él las enseña aprovechando un terremoto o cualquier otro tema de actualidad.

Libertad y autonomía

La Red IRES está formada por docentes de todos los niveles educativos que tienen como referente para su trabajo un modelo didáctico investigativo que tuvo su génesis en los ochenta, en Sevilla: unas jornadas de estudio sobre la investigación en la escuela donde se reunían colectivos renovadores que venían trabajando desde los setenta.De ahí pasaron a un seminario de discusión sobre el proyecto IRES (investigación y renovación escolar), que en 1999 se constituyó en Red, con el apoyo de Internet (www.redires.net). En la actualidad son unos 50, con presencia en Huelva, Sevilla, Cádiz, Granada, Alicante, Madrid, País Vasco y Asturias. Se reúnen anualmente en una casa rural de Granada y, cada cuatro años, organizan unos seminarios iberoamericanos de colectivos escolares que hacen investigación desde su escuela. Este verano toca en Venezuela.El proyecto se plantea "cómo se pueden ir consolidando concepciones y prácticas diferentes a la cultura escolar tradicional, que sigue perdurando y reproduciéndose, en sus rasgos básicos, a pesar de los cambios formales de las leyes y del paisaje educativo más directamente visible". En otras palabras, se trata de ver "cómo se pueden ir introduciendo en el sistema escolar mayores grados de diversidad, libertad y autonomía que favorezcan la construcción de una cultura escolar alternativa a la tradicional".Los docentes de la Red IRES utilizan mucho la biblioteca de aula: las clases se nutren de distintos libros y documentos diversos (obtenidos de Internet o de periódicos). Y el dinero que las familias se ahorran al no tener que comprar libros de texto se destina a dotar a la clase de herramientas necesarias como un proyector o material audiovisual.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de mayo de 2008

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