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Reportaje:PURO TEATRO

'Carnaval' en el Bellas Artes: me lo creo todo

La obra de Jordi Galcerán es un thriller sobre un niño secuestrado a quien amenazan con matar en el plazo de media hora y mostrarlo en internet. Una obra trepidante que desde el inicio al final está "en verdad escénica", es decir, humana

En la cola de las entradas atrapas retazos de conversaciones. Una chica le dice a su novio: "Me han dicho que es de suspense y que está muy bien". Dos señoras: "Creo que pasa en una comisaría y que secuestran a un niño". Un señor: "Y que pasa en tiempo real". Perfecto, no hace falta saber más. Resulta rarísimo, y maravilloso, que en estos tiempos de megainformación, en que los tráileres te cuentan la película entera y el periodista (que, obviamente, no se ha leído el texto) le pregunta siempre al autor "de qué va", y a ser posible resumido en cuatro frases, el público acuda al Bellas Artes tan formidablemente virgen. Un grupo dice que va porque les encantó El método Gronholm, y repiten. Eso todavía es mejor. Como quien va a ver "una de Hitchcock" o como iba a ver antes "una de Mihura", fuera Ninette o fuera Carlota: el género es lo de menos. Bueno, según como se mire, porque a mí me parece estupendo que Carnaval sea un thriller. ¿Cuánto tiempo hacía que no sentíamos esa concretísima emoción en teatro? ¿Desde Sola en la oscuridad, desde La huella? Siglos hace.

Me encanta que un autor tenga la humildad y la inteligencia de modificar su obra a partir de las reacciones del público

Ahora es un género destronado por la televisión y el cine. Carnaval es un thriller con "diagnóstico social" muy bien traído (o sea, que no se sentirán culpables por pasárselo bien) y también reaviva otra tradición casi extinguida: el team drama, inaugurado por Sidney Kingsley con Detective Story (aquí, Brigada 21). Sí, eso ha "quedado" para el cine, para la tele (la gloriosa The Wire) y para las novelas, de Ed McBain a Mankell: el grupo de polis, el equipo que intenta, contra reloj, frenar la embestida del mal sin el menor hilo del que tirar. Sigo con el catálogo de placeres: volver a ver una función que te sabes de memoria junto a unos espectadores que la desconocen por completo. Te sientes padre adoptivo de la criatura. Casi autor, casi director, casi el que puso la pasta. Contienes la respiración. ¿Funcionará aquel giro, aquella réplica? A ver si en este momento también se ríen. Le dices, calladito, a la parroquia: vosotros ir riendo, que pronto vais a acojonaros. No sabéis la que se os viene encima. Y a los actores: ojo al parche, que no se os caiga ahora. Buf. Vale, perfecto. A ver ese timing... Lo estáis llevando de coña, no aflojéis. Olé, muy bien resuelto eso. ¡Qué bien, qué bien, qué bien! Y así todo el rato. También es curioso (y otro gustazo: ya llevo media docena) constatar que con Carnaval pasa lo mismo que con Gronholm. Los montajes "originales", en catalán, dirigidos por Belbel, me gustaron mucho, pero todavía me gustan más las producciones madrileñas de Tamzin Townsend. La puesta de Carnaval es, a mi juicio, muy superior. Por la dirección, por el reparto, y porque Galcerán ha pulido y ajustado la función. Me vuelvo a quitar el sombrero ante ese texto. Porque es esencialmente teatral. Y porque Galcerán sabe un huevo. Cuando está en forma construye "a la americana": "entra" en las escenas lo más tarde posible, y sale a escape para dar paso a la siguiente, sin el menor apalanque. Se dice lo justo, lo importante, y pasamos a otra cosa. Y no es telegramático. Modula el ritmo como muy pocos. Por cierto, ha cambiado el final. Eso también es fantástico, y muy poco frecuente. Me encanta que un autor tenga la humildad y la inteligencia de modificar su obra a partir de las reacciones del público. Es un final mucho más redondo. Coherente, lógico e imprevisible, como pedía don Aristóteles. Yo, que soy un puñetero (y, bien se ve, un productor vocacional), aún le daría un retoque más. Lo dejaría más ambiguo. Ése es mi mensaje cifrado para Galcerán: coge la caja, suena el teléfono, duda, telón. Corto y fuera. Vayamos al principio. En el Bellas Artes pasa algo que no pasaba en el Romea. "Pasa", de entrada, Nuria González en el papel de la inspectora Garralda. Impresionante actriz, con una verdad extraordinaria. Es la primera vez que la veo en teatro. Me había deslumbrado en Mataharis y me cortó el hipo haciendo de loca perversa en Para entrar a vivir, el shocker de Balagueró. Aquí está perfecta: el ritmo, el tono, el dibujo del personaje. Están requetebién todos. Víctor Clavijo, un actor popular por Hermanos y detectives, en el papel de Miralles, el poli joven: desmiente el lugar común de que las estrellas televisivas son un mero reclamo para el cartel. No siempre, no siempre, está claro. También en su punto la actriz argentina Noelia Soto en el rol de la experta en informática. Y César Sánchez, un veterano de la CNTC, como el poli maduro. Ya era hora de que viéramos a un poli español "de cierta edad" que ni grita ni lleva bigotito franquista ni pelo grasiento ni encadena tacos: se agradece mucho. Ya era hora de que viéramos profesionales, a secas, intentando hacer su trabajo y soportar la presión. Desde la primera escena están "en verdad" escénica, es decir, humana. Luego llega Laura, la madre del crío. Una perra apaleada, perdida, sin nada a lo que agarrarse. Saltemos ahora al gran momento de la obra, el minuto clave: los cinco ante la pantalla del ordenador, cuando el tiempo se agota. Primero viene el monólogo de la madre y luego ese gran silencio. Cuando vi la escena en la versión original me puse a llorar como un animal. Eran unos días en que estaba yo jodido. Ahora estoy bien y he vuelto a llorar, en el mismo monólogo: la prueba del algodón. En Barcelona, Laura era Mar Ulldemolins, y bordaba ese momento. En Madrid lo hace una actriz que no conocía, Violeta Pérez, formada por Corazza, y también lo clava. Y luego el silencio. Todos los culos al borde de la butaca. Se escuchó el crujido, como un trueno. Los buches de lágrimas. La patada en la tripa. ¡Conseguido, conseguido! Doblemente: el corazón estrujado y, al mismo tiempo, la felicidad por el logro teatral, por la comunión colectiva. Para eso vamos al teatro, amigos. Hay otro bonus track en el que Nuria González llega al do de pecho: la escena de la llamada telefónica. Cuando ya no puede más, cuando se rompe. Tienen que verla y aplaudirla. ¡Qué buena eres, condenada! Luego vayan a cenar. Los buenos espectáculos dan hambre. Y la comida sabe muchísimo mejor. -

Carnaval. Teatro Bellas Artes. Marqués de Casa Riera, 2. Madrid. Hasta el 4 de mayo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de abril de 2008