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LA COLUMNA

Derecha e izquierda

Las últimas elecciones españolas han acentuado el carácter bipartidista del sistema político. Con Izquierda Unida en vía muerta, sólo la realidad plurinacional ha evitado que la representatividad del Congreso de los Diputados quedara reducida a dos grupos parlamentarios. En tiempos en que está de moda decir que la distinción entre derecha e izquierda está superada, la política se simplifica en dos bloques, que acostumbran a recibir precisamente estas denominaciones: derecha e izquierda.

Ciertamente, no hay en el horizonte alternativa alguna al sistema capitalista. Los regímenes comunistas que han sobrevivido al descalabro de los sistemas de tipo soviético lo han hecho sobre la base de su plena incorporación al sistema capitalista internacional. La fascinación que buena parte del empresariado manifiesta ante China y la condescendencia con que se responde a sus excesos en comparación con la Unión Soviética incitan a pensar que los regímenes de tipo soviético no eran detestados tanto por comunistas como por ineficientes en la explotación de los trabajadores. Pero la tendencia a la unificación de la economía en un sistema global no quita la diversidad de modalidades que toma en los diferentes lugares, en función de una suma de factores históricos y culturales.

La oposición derecha e izquierda que dio vitalidad y legitimidad a la democracia representativa se formó en momentos de gran intensidad de la lucha de clases. Cuando el conflicto era relativamente simple (burguesía y proletariado eran la fórmula tradicional), la oposición derecha-izquierda resultaba indiscutida. La estructura de clases se ha hecho sumamente compleja y el conflicto -por la falta de alternativa y por la evolución del propio capitalismo- se ha hecho más difícil de simplificar.

Siendo el panorama tan distinto, ¿por qué sigue funcionando la oposición derecha-izquierda? Se podría hacer una interpretación estrictamente funcionalista: la agrupación en dos bloques es necesaria para la dinámica de la democracia y para la realización efectiva de la alternancia. Es insuficiente. Derecha e izquierda aglutinan diversas culturas políticas. La derecha, las tradiciones conservadoras, autoritarias y liberales; la izquierda, las socialdemócratas, comunistas y libertarias. Ambas se mezclan en proporciones distintas según los países. Por ejemplo, en la derecha española, la tradición autoritaria y conservadora es mucho más importante que la liberal.

Cuando se dice que la división derecha-izquierda está superada, lo que se está queriendo decir es que el conflicto de clases no existe y que lo único que importa es un ente abstracto llamado interés general. Y aquí las diferencias se clarifican. Unidad, autoridad, crecimiento y competitividad configuran el horizonte ideológico de la derecha. En muchos países, y no sólo en España, la derecha está regalando a la izquierda, por la presión de lo religioso, la liberalización de las costumbres y la ampliación de los derechos civiles, dos elementos muy propios del patrimonio liberal. Cazar este botín ha sido la principal aportación de Zapatero a la renovación de la izquierda.

La izquierda ha vivido demasiado tiempo colgada en una idea irreal de alternativa al sistema. Por eso, los partidos que se alimentaban de este mito están condenados a la marginalidad. Los herederos de la socialdemocracia tienen dificultades en definir su identidad. La izquierda siempre ha pretendido ser el sujeto del cambio social y del progreso. En tiempos de globalización capitalista, le resulta complicado encontrar su lugar como motor de cambio. El principio rawliano que considera justa aquella decisión que favorece a un mayor número de personas, y especialmente a los que están en peor posición, no siempre es coherentemente interpretado desde la izquierda. Al mismo tiempo, la imposibilidad de inventar un nuevo internacionalismo ha debilitado enormemente la capacidad de dar respuestas políticas a un poder económico que ha sabido globalizarse. La tentación de mimetizar el programa de la derecha -el papanatismo de la izquierda en las promesas de reducción de impuestos es antológico- da argumentos a los que piensan que todo es lo mismo.

Si todo es lo mismo, ya sólo queda la tribu. La patria y la fe que tanta violencia han generado. Negar la oposición derecha-izquierda equivale a decir que todo es lucha descarnada por el poder entre dos grupos de intereses, con una agresividad directamente proporcional a la pobreza de sus propuestas. A menudo, derecha e izquierda parecen confirmar esta impresión. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de marzo de 2008