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Tribuna:

'Don Juan' de Palau en Madrid

Estos días, en el repertorio del Teatro Español de Madrid figura Don Juan, príncipe de las tinieblaa, de Josep Palau i Fabre. Hermann Bonnín dirige esta ambiciosa e innovadora obra proporcionándole un espíritu filosófico y un aire sofisticado. ¿Por qué precisamente una obra sobre Don Juan? Porque ese mito resume el universo de Palau i Fabre.

En el conjunto de la obra del autor de Don Juan es a través de la mujer, y del amor, como el hombre puede acceder a la experiencia última de la vida, del mundo, de la muerte. La mujer, en el universo de Palau i Fabre, es un ser de naturaleza divina y por mediación de ella el hombre adquiere la plenitud en la vida. Es a los pies de la mujer donde el hombre deposita la miel y el incienso, el oro y las piedras preciosas. La mujer es una u otra según el hombre que la ame, como las diosas son diferentes en cada una de las almas de los que las adoran. De ahí que el varón sueñe en multiplicaciones y metamorfosis femeninas, con el delirio de poseer a todas las hembras del mundo.

Palau consiguió en Madrid lo que nunca alcanzó en Barcelona: estrenar su obra en un gran teatro

Don Juan, protagonista de cinco obras de teatro y uno de los álter ego del autor, está poseído por este sueño. Cuantas más mujeres tiene, sin embargo, más grande es el vacío en su interior, y cuanto más grande es el vacío, más mujeres le hacen falta. Éste es el círculo vicioso en que se mueve, así es la rueda infernal en que está atrapado. ¿Por qué es tan inmodesto como para querer poseer a todas las mujeres existentes? Porque tanto él como la mayoría de los personajes masculinos que pueblan el universo de Palau i Fabre saben que, sin conocer a la mujer, la única, la total, su vida será incompleta.

Conocer a la mujer, la encarnación de todas las mujeres del mundo, la diosa... Poseer a todas las mujeres es sentirse inmortal, poseer a la diosa es convertirse en dios, un dios que ha dispuesto su simiente en el vientre engendrador que le perpetúa. Sin embargo, la mujer no comprende y no acepta este deseo del hombre de poseer a todas las mujeres, que para él todas las mujeres sean la mujer y quiera hacerlas suyas por igual. Al contrario, ella quiere representar para él la ilusión única, excepcional. Pero el hombre desea conocer a todas las mujeres.

Calmar sus ansias de perpetuarse: éste es el anhelo que recorre toda la obra de Josep Palau i Fabre. El hombre se perpetúa en cada nueva relación, porque adquiere una personalidad diferente según la mujer que frecuenta. Y se perpetúa porque cada abrazo de mujer lo hace renacer. El vientre de la mujer es, pues, el único paraíso que existe. La mujer, su vientre, es el goce supremo, el nacimiento, el origen y el motor del ciclo de la muerte y la vida.

Además de libertino, el Don Juan de Palau i Fabre es un hombre que se libera de las rígidas barreras sociales de la época (el autor escribió la obra en pleno franquismo). La ambiciosa y arriesgada puesta en escena de Bonnín funde los cinco personajes de Don Juan, que Palau retrató a lo largo de la década de 1950, además de la filosofía de su obra La caverna, es decir, que abraza todo el universo de Palau. El Don Juan de Palau-Bonnín exige mucho al espectador: no sólo requiere su constante atención a los matices del texto, sino que le reclama una buena dosis de imaginación y una amplia y profunda cultura, además de la propensión a dejarse seducir por ese espectáculo lleno de refinados detalles e impalpables propuestas.

Palau i Fabre, con su delicadísima salud de nonagenario, no pudo estar presente en el estreno en Madrid, aunque Hermann Bonnín pudo enseñarle, poco antes de su muerte, la puesta en escena en un vídeo. Tras haber conseguido el reconocimiento en su Barcelona natal, que durante muchas décadas se resistía a aceptarle, tras haber establecido su fundación en Caldes d'Estrac, después de haber publicado su poesía en español y puesto en marcha la publicación de su obra completa, Palau i Fabre consiguió en Madrid lo que nunca alcanzó en Barcelona: estrenar una de sus obras dramáticas en un gran teatro. Lo logró -gracias, por supuesto, a Bonnín- y, con todos sus objetivos cumplidos, murió, quedando Barcelona aún en deuda con él y su teatro.

Monika Zgustova es escritora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de marzo de 2008