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Análisis:EL ACENTO

La doble moral

Cuál es el límite de lo privado y dónde empieza lo público? Es el eterno debate que el ciudadano se hace al enjuiciar a un político, que es de carne y hueso como el resto de los mortales. En sociedades tan puritanas como la norteamericana o la nipona, quien la hace la paga. En Japón, un político o un empresario tiene bula para el sexo de pago no financiado con su bolsillo siempre que lo haga detrás de la cortina.

El caso del gobernador de Nueva York, el demócrata Eliot Spitzer, no representa en sí mismo novedad alguna más allá de la doble moral y la hipocresía que impera por esos pagos... y también por los nuestros. Existen casos abundantes en la historia americana de políticos que se sirven de la prostitución. El de Bill Clinton con la becaria no fue estrictamente así. Si algo se le pudo reprochar al presidente demócrata es que sus contactos con Monica Lewinsky se produjeran en el Despacho Oval, es decir, "en horas de oficina". A John Kennedy, cuando era congresista y luego senador, sus biógrafos cuentan que en más de una ocasión amigos que le visitaban en su casa de Georgetown se topaban entre los almohadones del salón con ropa interior, trofeo nocturno del fogoso político católico de Boston. Más serio era cuando en alguno de sus viajes oficiales por el país el FBI hacía la vista gorda y permitía que por la puerta trasera del hotel entraran chicas de alterne para aliviar sus calenturas.

Qué pasa ahora con el desgraciado gobernador de Nueva York? Pues muy sencillo. El respetable político, casado y con tres hijos, partidario de Hillary Clinton y hasta ayer con gran proyección, ha caído víctima de la arrogante confianza del poder, que lleva a creer que tiene licencia para todo. Ha sido pillado en su propia trampa y en su doble moral. Spitzer se convirtió cuando era fiscal general del Estado de Nueva York en el justiciero de los poderes financieros y se ensañaba ante la más mínima irregularidad. No es de extrañar que ahora sea objeto de una perquisión de detalle para averiguar si, además, ha cometido algún delito. Fue el adalid de la rectitud moral. Y ahora es el cazador cazado por su debilidad e hipocresía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de marzo de 2008