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Reportaje:

Sarkozy, sin careta

Nicolas Sarkozy, la ambición hecha poder, aceptó tener una sombra durante un año, hasta que conquistó la presidencia: la escritora Yasmina Reza, autora de la mundialmente famosa obra de teatro Arte. De ahí surgió un retrato de pintor más que una fotografía, un objeto literario más que un reportaje periodístico, que aporta las claves para entender el cambio que Sarko ha llevado al Elíseo. EL PAÍS ofrece en exclusiva extractos del libro, que Anagrama publicará en España el 7 de febrero. Su título: El alba la tarde o la noche.

En el despacho de la Place Beauvau donde nos vemos por primera vez, escucha amablemente pero enseguida percibo tenuemente algo que me resulta conocido: la impaciencia.

Ha comprendido. Le "honra" que yo quiera hacer su retrato. Dice, en suma, usted quiere estar aquí. Digo que sí.

Jactancioso. ¿Qué otro adjetivo elegir para describirle en el consulado de Francia ante los representantes de las principales organizaciones judías? Quizás tenga razón, los judíos no tienen afinidad con la modestia. "Soy el número uno en los sondeos, a pesar de ser amigo de Estados Unidos y de Israel. No lo digo por presunción. Tengo cincuenta y un años, estoy tranquilo. No se dejen acorralar por los artículos de periodistas estúpidos que no entienden nada. Una parte de las élites francesas me detesta mucho más que Israel y los americanos".

"Hoy Cecilia y yo hemos vuelto a reunirnos de verdad, definitivamente, sin duda para siempre

Es gracioso que sea amigo de esos izquierdosos [Zapatero, Blair...]. ¡Porque no son de izquierdas!, exclama

Se desviste. Se quita la chaqueta, la corbata, la camisa. Con el torso desnudo en el Airbus que se eleva hacia Las Antillas, se enfunda un polo blanco de Ralph Lauren cuyo cuello levanta como una trinchera

¿Estás contento? -¿Es la palabra que eliges? -No voy a decir feliz. -Estoy sereno. -Sereno, está bien. -Sí. Estoy profundamente contento, pero no tengo alegría

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En Testimonio, escribe: "Hoy Cécilia y yo hemos vuelto a reunirnos de verdad, definitivamente, sin duda para siempre". A Catherine Pégard le confieso que no entiendo una afirmación semejante en un libro, objeto de esencia un poco durable, ¿no es arriesgado exponerlo así, aunque sólo sea por orgullo? Ella se asombra de mi ingenuidad. Qué más da, dice, no hay más verdad que la del presente.

Después de la variedad, nos deslizamos hacia otro terreno. Dice, un día escribiré un libro donde hablaré como nunca lo habría podido hacer cuando tenía ambición.

Varias veces le he oído decir, cuando haya acabado con la ambición.

En el cielo donde nos hallamos este 27 de octubre de 2006, repite la ambición no es lo último, la ambición tiene un futuro. No pongo en duda su sinceridad, sino la probabilidad de que ese futuro llegue sin que la propia vida se desdibuje. Me objeta que confundo ambición y deseo (tiene razón, pero no damos el mismo significado a la palabra ambición).

Quiero transcribir sus palabras en esta conversación real, la primerísima que mantenemos realmente (y en la que yo le tuteo).

"La ambición transforma el deseo en incandescencia", dice. "Hay momentos en que aspiro a menos incandescencia. Mira, lo tengo todo para estar contento, soñaba con tener un partido y lo tengo, soñaba con ocupar los más bonitos cargos ministeriales y los he tenido, soñaba con estar aquí y ya estoy. Pero no tengo emoción. Es rudísimo. Ya estamos en la presidencia. Ya no estoy antes".

[En Argel, con Buteflika]

-Señor presidente, le vemos en plena forma.

-Sí. Sufrí un accidente mortal y no me ha quedado ninguna secuela. Para ejercer este oficio hace falta una salud de hierro.

-Si por azar llego a ser presidente, tendré el placer de trabajar muchos años con usted.

-Si Dios quiere.

-Entonces yo debo mi porvenir a los votantes y usted a Dios.

"En las elecciones presidenciales, el que gana es el último que se despeña en la escalada al Himalaya. Desde el 81, todas las mayorías salientes han sido derrotadas".

Reunión de campaña en su despacho.

Está en camisa y corbata. Los otros llevan traje.

Habla solo durante un largo rato (...). "Tenemos que ser los mejores en cada tema. Tenemos que tener el mejor site, las mejores respuestas..." Pide que le lean sus proyectos de discursos para tres días después (que no están listos). "Quiero deciros sin arrogancia que yo soy la prioridad. Sin arrogancia. Si no hay tiempo para hacerme los discursos puntualmente y a su hora, no tiene sentido. Ahora debemos tener un nivel de exigencia tal que hay que despedir a los que no sigan el ritmo".

Este fin de semana -dice-, después de Marsella me reúno con Cécilia y los niños en Disney.

Estamos los dos solos, cara a cara, sentados a la mesa del Falcon que nos lleva a Lyon. Creo que es la primera vez, exceptuado el día en que nos conocimos, que hablamos solos, sin testigos.

-No por Disney, que me importa un bledo. Para estar con ellos, hacer algo. Me encanta hacer algo. Me encanta ir de compras, ir a alguna parte. (La víspera, ante los parlamentarios, dijo varias veces que la inmovilidad es la muerte.)

El amor es lo único que cuenta.

-No te creo. Si te quitasen la vida social te morirías.

-Si me quitasen a mi familia todavía más.

-Si te dejaran con Cécilia y los niños en Maubeuge, te tirarías al río.

-¡En dos años me haría el rey de Maubeuge!

"Empieza a ser muy importante deshacerse del Quai d'Orsay. El embajador de Francia en Rusia, el anterior, yo había visto soplapollas, pero lo de él daba vergüenza... Y el embajador en el Líbano, otro cretino consumado. Me avergüenza: ¡llámenle para decírselo! Siento desprecio por todos esos tíos, son unos cobardes. Cuando eres un cobarde no reflexionas... El tipo de Hezbolá asocia a Israel con los nazis, lo reivindica, y él, ¿no oye nada? ¿Qué pasa con la traducción?"

UMP. Reunión del equipo dirigente (...) Veo a los hombres en el comité ejecutivo del partido.

-Hay que dejarme hacer de cazador furtivo -dice, ante esta asamblea que le apoya-. Hay que dejarme sorprender. So pena de desarmarme. Trato de hacerlo lo mejor posible. No siempre las cosas salen como estaba previsto. Intento tener en cuenta lo que me dicen, pero no demasiado, porque entonces me desequilibro. Hace ya cinco años que me las trago, las primarias. ¿A quién le he robado el sitio?

He pagado caro por estar aquí, había dicho durante la recepción de los parlamentarios, no estoy aquí por casualidad. Y cuántas otras veces he oído (siempre ante su propio bando): no le he quitado el sitio a nadie.

En el salón del hotel, antes del mitin de Charleville-Mézières, toma Le Figaro que tengo encima de las rodillas, visiblemente atraído por un artículo. En portada, el revés electoral de Ahmadineyad y diversos subtitulares, entre ellos el de su propio desplazamiento. En la parte inferior de la página, a la derecha, un anuncio publicitario. Tras unos segundos de atención, dice, es bonito, el Rolex.

Ha ido a buscarla él mismo. Regalo de Navidad de Cécilia, dice.

Es una foto grande en blanco y negro, enmarcada, firmada por Harcourt, de sus tres hijos, los dos mayores flanqueando al pequeño.

-Es una idea de Cécilia, fue ella la que tuvo la idea. Me ha dado una sorpresa. Es su regalo de Navidad. ¡No ha sido nada fácil, reunir a estos tres! Me ha hecho un regalo precioso, Cécilia.

No es la foto lo que muestra. Sino el gesto de Cécilia. Es el gesto de Cécilia lo que él posa en los brazos de un sillón. A medianoche, nos besamos. Estamos en el año 2007. Pero nos besamos como si fuera un año normal. Es evidente que él lo quiere así.

[En Córcega] En la prefectura, durante una reunión restringida de seguridad interna, habla a los polis como un poli. Sentado en cuadrado con los diferentes actores, comisarios, investigadores, jefe de los RG,1 jefe de los CRS,2 es uno de los suyos.

-Zurren. Zurren. Tengo confianza. No les dejen respirar. Acósenlos. Estoy harto de que haya entierros a los que asisten cincuenta mafiosos.

Timbre ronco, mirada de reojo. Robert Stack en Los intocables.

-¿No hay vínculo entre la mafia y los elegidos?

-Hay envites locales y envites en el campo de las obras públicas.

Mueve la cabeza. Como hombre que también pertenece al gremio. Un taciturno, por tanto.

Después, en voz baja.

-No lo duden. Yo no tengo amigos. En todo caso no quiero amigos que estén metidos en el ajo. Adelante.

Su humor ha mejorado en medio de la reunión. ¿Por qué? No sabría decirlo. Ocurre con frecuencia, puede llegar tenso, inquieto, y de pronto animarse.

-A Berlín quiero ir con Juppé. Bonita idea, ¿no?... Voy a pasar un día infernal con Juppé y Merkel... ¡Pero en fin!... No quiero hacer Madrid todo seguido, no quiero dar la impresión de que soy Speedy Gonzales.

-Si vas a Madrid, visita un museo -sugiere G.-M. Benamou.

-Gracias. El idiota te dice gracias.

Por mucho que se ría la pequeña asamblea, no se contenta con esta ironía. Para aplacar su vanidad, tiene que disertar también unos minutos sobre Picasso, el Guernica, el Reina Sofía, Velázquez, Las Meninas, nobles temas sin la menor relación con la campaña.

Mientras yo estoy en la montaña, Nicolas está en la isla de La Reunión: "Porque mi vida y la historia de mi vida es partir de lo más bajo para llegar a lo más alto. Sólo me falta un peldaño... ¿Lo más alto? ¿Existe en la vida humana un espacio que se llame lo más alto? Qué desencanto si así fuera".

En la capilla de la cárcel, en el momento de partir, oigo este diálogo entre él y sor Anne.

-La vida es dura.

-Sí.

-No solamente en la cárcel, hermana. La vida es dura.

Una entrevista con el ministro del Interior de Madrid, que sólo sirve para recordar la "amistad". Rodeando a los dos ministros, alrededor de una mesa de roble oscuro, el embajador de Francia, Michel Gaudin, el agregado de seguridad y otras personalidades españolas. Todos mudos delante de inútiles hojas blancas. Los dos ministros se congratulan, mencionan a ETA y el terrorismo islámico, elogios mutuos, halagos, palabras convencionales en tono de humor. ¿Para qué? ¿O seré yo la que no entiende nada? ¿La que no sabe juzgar la importancia de estos momentos puramente formales? ¿Los signos imperiales e invisibles de la diplomacia o la parte de vacío necesaria en cada cosa?

(...)

Hace el elogio de Zapatero y de su homólogo Alfredo Rubalcaba. Habla también en términos calurosos de Blair y de Prodi. Digo, es gracioso que seas amigo de todos esos izquierdosos. ¡Porque no son de izquierdas!, exclama. ¡Sólo en Francia hay gente que vive como de izquierda!

¿Qué poción ha alelado a Nicolas Sarkozy y Henri Guaino para escribir cincuenta y tres veces la palabra amor en un discurso de apenas treinta páginas? ¿Para escribir la juventud es la promesa de los comienzos, de los soles que se levantan sobre los mundos dormidos? ¿Qué estado de fatiga inmensa ha podido conducirles a esta formidable necesidad de amor que debe poner en marcha al mundo? Sin mencionar las discretas borlas de Tenéis suerte de ser jóvenes, porque la juventud es la libertad o No ser capaz de compartir el amor es condenarse a estar siempre solo. ¿Qué ha sucedido para que dos hombres, hasta entonces felizmente inspirados juntos, redacten, haciendo caso omiso de toda contención y lucidez, este sermón arrullador?

Se desviste. Se quita la chaqueta, la corbata, la camisa. Con el torso desnudo en el Airbus que se eleva hacia las Antillas, se enfunda un polo blanco de Ralph Lauren, cuyo cuello levanta como el de una trinchera, y se deja abiertos los botones del escote. Listo para un partido de tenis invernal (también se ha cambiado de pantalón), se va a la parte trasera del avión. (...)

-Bravo.

-¿Sabes tu problema?

-¿Tengo uno?

-Es que te observo mucho más de lo que piensas.

-Eso no es un problema. Puesto que no escribes.

-No nos tiene miedo -dice, a propósito de la azafata que pasa y sonríe-. Es casi ofensivo que no nos tenga miedo. Dicen que los políticos son animales sexuales.

A Michel Barnier, que me ve anotar algo y le interroga con la mirada:

Hay que dejarla en paz; si no, te arriesgas a una catástrofe total con ella. Yo lo siento así.

En el andén al borde del TGV para Avignon, un grupo grita a su paso: "Sarko presidente". Se sienta, solo, en el compartimiento de cuatro. Profiere lo siguiente, en voz baja, glacial, manteniendo una expresión falsamente amable para las decenas de caras pegadas a las ventanillas.

-¿Quién ha puesto a esos gilipollas que gritan con pancartas?... No entendéis nada de nada. ¿No puedo estar tranquilo? ¿Quién ha organizado esto?... Ay, ay, ay, Dios mío, Dios mío... Es lamentable. Estaría mejor solo.

"Bueno, estoy aquí a desgana", dice, quitándose la chaqueta en Rue Cuvier, en una sala del Museo de Ciencias Naturales, inaugurando así el encuentro privado con las ONG ecologistas. "Muchos amigos míos no querían que viniera, pensando que había un lado humillante... Estoy dispuesto a hablar, pero no basta con que me lancen octavillas y me digan firma, firma, firma. Me imagino que tengo menos prejuicios que algunos de entre vosotros sobre mí..."

Dicho esto, se entabla la conversación de una forma más bien constructiva por ambas partes. Un poco más tarde, un participante, creyendo extenderle un certificado: "Usted no es un facha y nosotros no somos unos hippies..."

-¡Si eso no tiene nada que ver! ¡Ser hippy es buen rollo! ¡Os dais cuenta de la histeria que hay en la política francesa para que lleguemos a este extremo!

Cuando le interrogan sobre el hecho de que no consigue hacerse querer, responde, citando los sondeos, ¡entonces qué sería si me quisieran! O bien, voy por todas partes, a los pueblos, a las fábricas, a todas las regiones, y nunca hay una manifestación. Realidad distorsionada, en la que él cree en parte, hasta tal punto le protege su séquito.

De otro lado, es capaz de decir, hacerse elegir no es hacerse querer.

Admiro esta pirueta del orgullo que se apresura a ennoblecer el objeto de sufrimiento.

Este jueves, 12 de abril, en Tours, pronuncia, a mi entender, su discurso más potente desde el 14 de enero... Sí, soy hijo de un inmigrante. Sí, soy hijo de un húngaro y nieto de un griego nacido en Salónica... Sí, soy un francés de sangre mezclada que piensa que uno es francés en proporción con el amor que siente por Francia, con el apego que siente por sus valores universales... Francia no es una raza, no es una etnia... Uno no es francés solamente por sus raíces, por sus antepasados... Uno es francés porque quiere serlo..., porque se enorgullece de Francia. Porque siente que tiene deberes hacia ella, porque siente hacia ella gratitud, agradecimiento.

Clermont-Ferrand.

-¿Conoce a Yasmina Reza?

Extravío furtivo en los ojos de Valéry Giscard d'Estaing, y después: "¿Arte?" Asiento.

-¡Oh, Arte era magnífica! Usted la ha visto, Nicolas, por supuesto.

Nicolas me alaba amablemente y añade, en este momento escribe un retrato sobre mí.

-¡Ah! Escribe un...

-Un libro, señor presidente -digo.

-Sí, un... ¿Un fascículo?

Una imagen de relajación estudiosa en Córcega para esta última semana de campaña electoral. Caminando por el entablado, por el pontón de Cala-Rossa, Éric Besson me pregunta si esto es como en el PS, donde todos quieren estar pegados al héroe. Le respondo: por supuesto (de hecho, se mantendrá tan alejado de él que Nicolas le llamará). Hace frío, ha llovido. Están Rachida Dati, Valérie Pécresse, Nathalie Kosciusko-Morizet, Michèle Alliot-Marie, Brice Hortefeux, Claude Guéant, Xavier Bertrand, François Fillon, Éric Besson. Si es elegido, la mayor parte de ellos serán ministros. Fingen estar a sus anchas con su ropa de verano. Fingen mirar mar adentro, en el secreto de su alma.

[Ante un debate televisado] Pierre Giacometti [director general de Ipsos] sabe que habla a un hombre al que no le gusta que le hablen. Sólo se expresa desde el punto de vista de su peritaje y sólo revela del mismo los rasgos esenciales.

Pierre: Al llegar, se trata de mostrar que eres respetuoso con la izquierda.

Nicolas: Sí.

Pierre: Los franceses piensan que ella no vive en la realidad. Tú sí estás en lo concreto. Díganos, precísenos. Te recomiendo que uses el nosotros.

Nicolas: Bueno. (Un rato.) Ya está.

Pierre: Está bien.

Silencio.

Nicolas: ¿Bayrou?

Pierre: No está descartado que hable el jueves o el viernes.

Nicolas: Dirá que somos un par de soplapollas, me da igual. Hice bien en decir que el tercero nunca ha jugado la final de Roland Garros. Es tirar con bala, pero viene bien.

Largo silencio.

Nicolas: Bueno. Sé lo que hay que hacer. Sólo queda hacerlo.

Al día siguiente por la noche, frente a Ségolène Royal, lo hace.

Domingo, 6 de mayo [Segunda vuelta de la elección presidencial]

Digo a su madre, Andrée, que está sentada en una butaca en el despacho de la Rue d'Enghien, en medio de la familia, hermanos, hermanas, hijos, invitados con sus mejores galas, algunas celebridades autorizadas a estar en la habitación..., digo a su madre, su hijo acaba de ser elegido presidente de la República, la estoy mirando, señora, desde hace cinco minutos, está tranquila, poco habladora. "Oh, ¿sabe usted?, el día más emocionante es el día en que le eligieron alcalde de Neuilly, porque tenía veintisiete años".

¿No había él dicho, me iré de retiro unos días, a descansar, a meditar? Hay que prepararse para ocupar el cargo. Hacen falta calma y serenidad para tomar la distancia necesaria. Tan cercano a los monjes y a las catedrales, ¿no se había enorgullecido de alguna súbita transformación? ¿No había dicho, me iré a una abadía, o a la soledad de una casa amiga, a reflexionar sobre la magnitud de la tarea?

Lo encontraremos devorando langostas en familia, a bordo de un yate de sesenta metros que navega por Malta.

Vuelvo a verle el 16 de mayo, día de su entrada en el Elíseo. (...)

Vuelve delante de las hojas para leer su primera alocución presidencial... Exigencia de respetar la palabra dada y de cumplir los compromisos... Exigencia de rehabilitar los valores del trabajo, el esfuerzo, el mérito, el respeto... Palabras de la campaña que me parecen extrañamente calcificadas, Moral..., dignidad..., tolerancia..., justicia..., fraternidad..., amor...

(...)

Una calcificación del discurso que me temo que corresponda, este día, en el lugar fastuoso, ante el patio de butacas que es ya una corte, a una calcificación de la persona, aunque sea algo, por así decirlo, aberrante. Sin embargo, es a otro a quien veo de perfil interpretando su solemne función, desgranando el rosario de exigencias de las que se complace en ser el depositario, es otro, sostenido por una familia unida y centelleante, el que estrecha manos por encima del cordón a gente feliz e inclinada, dando las gracias por todo y por nada, porque no debe nada a nadie y lo sabe, es otro el que huye hacia su primera jornada de jefe de Estado en ejercicio, con sus nuevos favoritos o sus favoritos nuevamente nombrados, un rey moderno en su castillo antiguo, y me asalta el pensamiento cortante de que es la última vez que le observo de cerca en todo su aparato, que le observo de verdad, como dicen los niños. Un fin deshilachado y brutal. Quédate el tiempo que quieras. No.

El nuevo jefe de gabinete me llama para decirme que al presidente le gustaría verme.

-¿Cómo estás? Un poco triste, ¿no?

Estamos solos en su despacho. El despacho del presidente de la República, en el Elíseo. Un año casi día por día después de nuestro primer encuentro en el Ministerio del Interior. En la acera de enfrente (como le complace decir).

-He quitado un montón de trastos que había dejado Chirac. Había un cuerno grande de... -Hace un gesto.

-¿De rinoceronte?

-No... ¿Sabes esos bichos que viven en el agua y que tienen un cuerno...? ¿Lo ves?... -Yo no lo veo y él no encuentra la palabra...-. ¿Quieres un café, un zumo de naranja?

Él está sentado en un banco dorado, yo en un asiento dorado. Entre nosotros, una mesa baja estrecha, como china. Todo es dorado, cortinas doradas, molduras, tapicerías doradas. Digo:

-¿Estás contento?

-¿Es la palabra que eliges?

-No voy a decir feliz.

-Estoy sereno.

-Sereno, está bien.

-Sí. Estoy profundamente contento, pero no tengo alegría. (...)

Se levanta, se apodera de un mueblecito moderno, insignificante, mitad taburete, mitad mesilla de noche, que está cerca de una ventana, y sin ningún motivo va a colocarlo contra la pared opuesta. Después vuelve a sentarse. Digo, es una locura lo que acabas de hacer. Dice, ¿ah, sí?

Sábado, 2 de junio.

-¡Ven, ven, Yasmina!

Le sigo a su despacho. Cierra la ventana.

-No me había fijado en que tienes un balcón.

-Yo tampoco.

Estoy sentada en el mismo sitio que la vez anterior. Y él en el banco:

-No puedo decirte que sea infeliz... Por fin me he deshecho de este fardo...

Lleva vaqueros. Mientras habla, limpia su reloj con un pañuelo blanco.

-Ganar es gustar -dice-, mi oficio es decidir. (...)

Le miro, con la cara inclinada sobre los eslabones del Rolex, aplicado a su tarea, concentrado en escoger las palabras auténticas, como yo le he pedido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de enero de 2008