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Magnicidio en Pakistán

Pakistán comienza a recobrar el pulso tras la conmoción del crimen

La violencia persiste en el sur del país, de donde era originaria Bhutto

Conforme la tarde caía sobre Lahore, capital de la oriental provincia paquistaní de Punjab, sus siete millones de habitantes recuperaban el aliento contenido desde el asesinato, el jueves, de Benazir Bhutto. Lentamente, los coches y las motos aparecieron en las calles y poco después comenzaron a abrirse las tiendas. La gente abandonó sus casas para abastecerse de alimentos tras tres días de encierro. Volvía a latir el pulso de la provincia más rica del país. Sin embargo, en la vecina provincia de Sindh, feudo del Partido Popular de Pakistán (PPP), el miedo siguió manteniendo las ciudades desiertas y se produjeron disturbios esporádicos.

Fuentes hospitalarias de Sindh señalaron que los choques entre los distintos grupos han causado cerca de 200 muertos, sobre todo en Karachi, la capital de la provincia, con 12 millones de habitantes, y Hyderabad, la segunda ciudad regional. El Gobierno federal, sin embargo, sólo reconoce poco más de 40 víctimas mortales en todo el país.

"Vinimos a una boda, pero no hemos podido volver a Karachi por la tremenda inseguridad de la ciudad, aunque el despliegue el sábado de soldados y tropas especiales ha calmado un poco la furia. Creo que podremos volver mañana [por hoy]", afirmó Irfan, que se tuvo que instalar junto con su hermana y su madre en un hotel de Lahore.

Sindh es una provincia especialmente conflictiva porque está habitada por la etnia originaria de ésta, los sindis, y por mohayirs, los musulmanes de lengua urdu llegados de India en 1947 tras la partición del imperio británico y el nacimiento de Pakistán como país independiente. Los mohayirs son mayoritarios en las ciudades y tienen su propio partido, el MQM, aliado del Gobierno.

Los Bhutto pertenecen a una rancia familia sindi, de ahí que los analistas crean que el asesinato de la ex primera ministra y la sensación de debilidad del PPP pueden exacerbar sus raíces nacionalistas y añadir leña al fuego de una región ya bastante volátil. Además, las pérdidas económicas en Sindh por los centenares de incendios desatados por grupos de furiosos seguidores de la líder del PPP son multimillonarias y profundizan la brecha que separa a sindis de mohayirs.

Más de 16.000 soldados, policías y paramilitares han sido desplegados en Sindh, donde ayer seguían sin funcionar los trenes, ni los autobuses. El Gobierno les autorizó el sábado a disparar a los manifestantes que provoquen disturbios o dañen la propiedad.

Pero la amenaza de nuevos atentados suicidas no ha desaparecido. La policía indicó que dos hombres murieron ayer al estallarles accidentalmente la carga explosiva que llevaban atada al cuerpo. Los suicidas se acercaban en una moto a la casa de un diputado del partido gobernante. La violencia, que sobre todo en la segunda mitad de 2007 ha azotado el país, se ha cobrado la vida de más de 800 personas, sin contar los cerca de 300 muertos habidos en el asalto a la Mezquita Roja de Islamabad, en julio pasado. Pakistán ha sufrido en el año unos 60 ataques suicidas.

De las cuatro provincias del país, las más conflictivas son Baluchistán y la llamada Provincia Fronteriza del Noroeste, ambas fronterizas con Afganistán y en las que se han infiltrado los rebeldes del régimen talibán derribado por EE UU en 2001. En ellas, se refugian también numerosos miembros de Al Qaeda.

"La gente dice que si Musharraf dimite el país se calmará. Pero la situación es tan insostenible que también quiero que se vaya. Los pobres somos los que pagamos las consecuencias de las ansias de poder de los políticos", se lamenta Alí, de 30 años, dependiente en una tienda de alfombras. Como muchos otros no ha votado nunca, porque dice que no le merece la pena molestarse por unos políticos que sólo quieren "llenarse los bolsillos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 31 de diciembre de 2007