Columna
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Provocación

Busco rastros auténticos, a lo Dickens, de la verdadera Navidad. Por fin, en la noche, pegada a modo de pasquín, con tipos antiguos, como impresa en la última Minerva, la primera página de una Solidaridad Obrera con un titular a toda plana: "¡Contra la Lotería Nacional!" ¿No es emocionante? Alguien que se preocupa a estas alturas por escribir, imprimir y pegar un manifiesto contra el uso del Estado como un Gran Casino. Eso sí que es apuntar al corazón del sistema. Al croupier de la felicidad. Al día siguiente del sorteo, conocemos la noticia de que, durante las celebraciones del Gordo, en las que predominan las ráfagas de cava al más puro estilo rifle Kaláshnikov, a la camarera que repartió la suerte le robaron su propio décimo. He ahí, frente a tanta incredulidad, una muestra inconfundible de la vigencia del espíritu navideño. Ese hurto cruel se nos aparece como el acto más perfecto de la trama festiva. Frente al bombardeo de bondad orquestado por san Nicolás de Bari, san Francisco de Asís y la santísima Coca-Cola, que en 1931 encargó al pintor Sundblom el diseño del actual Papá Noel, los hechos que dan lugar a la Navidad se desencadenan por culpa del mal. Como en ocasión solemne dijo el consejero de Cultura de Fraga, "no hay que confundir las churras con las meninas". Lo que ocurrió en Belén aquella noche fue, tal como figuraba en el comunicado oficial del gabinete de prensa de Herodes, una provocación. Ese niño no tenía que estar allí. ¡Ah, la provocación! Con tanto mazapán cultural, se me había extraviado esta palabra peligrosa. Hasta que la leo repescada por el obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez. A propósito de una pregunta sobre los abusos sexuales a menores, monseñor nos habla de los niños que llevan algo así como un 'kit del mal' en la carne: "Incluso, si te descuidas, te provocan". ¡Dios mío!

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