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EL CORNER INGLÉS

El 'orgullo' de los ingleses

Hay una ley casi matemática en la Premier League. Cuantos más jugadores ingleses hay, peor es el equipo. La otra ley es que si el entrenador no es inglés, mejor se juega.

El único nativo a la vista en el Arsenal, primero en la tabla, es el extremo Theo Walcott, que sale al campo con la misma regularidad que Javier Saviola con el Real Madrid. El colista, cuyo descenso a Segunda ya está cantado, es el Derby County, el equipo que más ingleses tiene. Ninguno de los entrenadores de los primeros seis equipos de la clasificación es inglés. De los últimos seis, cuatro son ingleses.

Y ahora acaban de nombrar seleccionador de Inglaterra a un individuo que no sólo no es inglés, sino que ni siquiera habla el idioma. Lo cual uno podría suponer que despertara un cierto clamor entre los habitantes de la orgullosa Albión. Pero no. Todo lo contrario. El regocijo ha sido casi unánime entre los entendidos, desde la prensa hasta los entrenadores. No sólo se considera un acierto el fichaje de Fabio Capello, al que la Football Association pagará más de cinco millones de euros anuales, lo mismo que le pagaba el Real Madrid (por diez veces menos de horas de trabajo), sino que le han recibido como si fuera la reencarnación de Winston Churchill, el Fabio redentor.

Tal fue el fervor de The Independent de Londres que su principal escritor de fútbol afirmó que el italiano es el seleccionador con más "credibilidad" que ha tenido Inglaterra desde la Segunda Guerra Mundial. En el mismo artículo se comentaba, y también lo hacían otros diarios ingleses, que el fuerte carácter de Capello tiene su origen en un padre severo que fue prisionero de guerra de los nazis. Ni The Independent ni ningún otro diario han hecho hincapié en que, antes de ser internado en 1943, cuando los italianos se rindieron, Guerrino Capello luchó con los alemanes contra los ingleses. Mencionar esto no sólo sería de mal gusto, sino que arriesgaría quebrar el hermoso e intachable mito que están construyendo alrededor del entrenador que el Real Madrid despidió en junio por lo insoportablemente aburrido que resultaba su estilo de juego.

Es un espectáculo humillante, pero los ingleses parecen no darse cuenta. ¿Cómo se explica? Tiene que ver con que, ya hace tiempo, han asimilado la terrible verdad de que los suyos no sirven para nada. El lamentable experimento que resultó ser Steve McClaren, despedido el mes pasado tras un año y medio de penurias, sencillamente reconfirmó el arraigado prejuicio anti-inglés de los ingleses.

El único comentarista, casi, al que se le ha ocurrido defender el honor inglés, o al menos llamar la atención a lo aberrante de la situación, ha sido un francés. Raymond Doménech, el seleccionador que llevó a Francia a la final del último Mundial, declaró que los técnicos ingleses "deberían sentirse ofendidos por la decisión de elegir a un extranjero para este puesto".

Pero no parecen estarlo. Es como si ellos mismos se hubieran resignado a ser de Segunda; y lo son.

¿Por qué serán tan malos? Debe de tener algo que ver con el sistema de educación público inglés. Es extraordinario constatar a través de las entrevistas en la radio o en la televisión cómo, de manera infalible, los jugadores o los entrenadores escoceses, e incluso los holandeses, dominan el inglés mejor que los nacidos en Inglaterra.

Otra explicación la da la crudeza innata del fútbol inglés, detectable en que los aficionados se entusiasman más con una feroz recuperación que con una filigrana al borde del área, como si en el ADN del fútbol inglés no se hubiera extirpado todavía el salvajismo que convenció al rey Eduardo II a declarar este deporte -o su antecesor- ilegal en el año 1314.

Con tanta historia, no sorprende que sea tan importante la selección para la autoestima nacional inglesa. Demasiado importante como para dejarla hoy en manos de un inglés.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de diciembre de 2007