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Pálido homenaje

El Liceo ha abierto sus sesiones golfas en el foyer del teatro con un recital de la soprano alemana Angela Denoke concebido como homenaje a uno de los grandes mitos de la historia del cine: Marlene Dietrich. La idea es buena. Los resultados, no tanto.

Denoke es una buena soprano lírica, de voz cálida, gusto musical exquisito, elegante y atractiva, cualidades muy útiles para triunfar en la ópera. Pero las canciones que acompañaron a Marlene en su carrera, desde sus inicios en los míticos estudios Babelsberg, a las afueras de Berlín, hasta su consagración en Hollywood, donde cimentó su fama de mujer fatal, son otra cosa. Tienen un lado canalla, morboso y perverso que, en nuestra memoria mitómana, resuena con una voz ronca, envuelta por el humo del tabaco. Lamentablemente, no hubo ni rastro de la sexual cabaretera de El ángel azul en el recital titulado De Babelsberg a Beverly Hills, en el que Denoke lleva estas canciones al mucho más inofensivo mundo del jazz clásico, acompañada por un sólido trío liderado por el pianista, compositor y arreglista Tal Balshai, con Jan Roder al contrabajo y Michael Griener en la percusión. Balshai aprovecha el evento para colar varias piezas propias, de amable factura clásica.

De Babelsberg a Beverly Hills.

Obras de Hollaender, Weill, Porter, Gershwin, Mackeben, Hirsch y otros compositores. Angela Denoke, soprano. Tal Balshai, piano. Michael Griener, percusión. Jan Roder, contrabajo. Foyer del teatro del Liceo, Barcelona, 14 de diciembre.

Una cantante de ópera

Las canciones seleccionadas sonaron bien, con arreglos impecables, aunque con exceso uniformes, y mucho lirismo. Vamos, que Denoke canta todo muy bonito. Lástima que no consiga hacernos olvidar que es una soprano. En cada matiz, cada acento, oyes a una cantante de ópera intentando parecerse a una cantante de jazz. Quizá con más rodaje -el espectáculo se estrenó en la noche del viernes y el próximo viernes se presentará en el teatro Campoamor de Oviedo-, Denoke se suelta el pelo, ensaya otros registros y anima un poco el recital. Le va a costar, porque en la noche del viernes se limitó a contonearse y lanzar sonrisas, sin quitar un ojo de la partitura -¡canciones de cabaret con partitura!- y sin entablar el más mínimo diálogo con el público. Y ni siquiera en la tanda de propinas se atrevió a cantar Lili Marleen, la canción que todos esperábamos. Fue un pálido homenaje.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 17 de diciembre de 2007.

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