Columna
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Jueces

Los magistrados que componen el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial eligieron hacerse jueces por motivos muy dispares, porque les parecía más fácil que ser abogados del Estado, porque apremiados por la novia necesitaban colocarse y era la primera oposición que se convocaba, porque el padre y el abuelo también pertenecieron a la carrera, todo menos por sentirse guiados por un designio innato de impartir justicia para enderezar la deriva perversa de la sociedad. El joven opositor se enclaustró en casa durante unos años para aprenderse de memoria el temario, que repetía en voz alta por el pasillo, en babuchas, suelta la pretina del pantalón y oliendo a tabaco. Los sábados por la tarde salía de la madriguera, quedaba en una cafetería con la novia y ella le tomaba los temas delante del rescoldo de un café con leche lleno de colillas, hasta que un día este ser extraído generalmente de la clase más conservadora, sin saber nada de la vida, recibió del Estado el enorme poder de juzgar a sus semejantes, de mandarlos a la cárcel o a la horca cuando la había. Si se sumaran los años de condena que un juez impone a los reos a lo largo de su carrera, sin duda se llegaría al hombre del Cromagnon.

Por otra parte, el Poder Judicial constituye la tercera pata del Estado. Esa pata hoy está siendo quebrada, debido a su carácter o antojo político, por aquellos opositores, que repetían los temas como un papagayo y que estudiaron derecho como pudieron ser veterinarios. Nadie sabe por dónde puede salir un juez. La justicia se comporta muchas veces como una tormenta y cada sentencia es un rayo que cae en un lugar u otro según vaya la tempestad, por eso quien sea aún partidario de la pena de muerte o de la cadena perpetua debería saber que nunca estará libre de ella. Durante su larga agonía, un viejo magistrado en el delirio del coma veía el rostro de los que había condenado a muerte y llamándolos por sus nombres les pedía que le dejaran morir en paz. A este magistrado un día le pregunté si existen todavía jueces progresistas. Me contestó: "Ya no los hay. Están todos colocados. La justicia es una forma de poder y cualquier cargo unido al poder se esclerotiza y al final se convierte en iglesia".

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 10 de noviembre de 2007.

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