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Editorial:

Catalanes en Francfort

La lengua catalana con sus variantes, cooficial en varias comunidades autónomas y reconocida como parte de la riqueza lingüística de España por la Constitución, ha recibido un espaldarazo internacional con la presencia de su literatura en la anual Feria de Francfort, el certamen librero más importante del mundo. Al calor de la presencia catalana en Francfort, han aparecido centenares de títulos traducidos al alemán, la lengua más hablada de la UE; se han celebrado conferencias, eventos artísticos y exposiciones con participación de escritores y editores catalanes, y los medios de comunicación han dedicado sus espacios con generosidad a una literatura cuya riqueza no tenía eco proporcional en imagen y proyección internacional.

Esta exitosa operación cultural ha quedado, sin embargo, seriamente empañada por una mala gestión política. Las instituciones encargadas de preparar el programa oficial y de realizar la selección de invitados han irritado a muchos escritores catalanes, a los que escriben habitualmente en castellano y al propio responsable de la feria. Estos gestores institucionales han transmitido la impresión de que la cultura catalana en catalán no está en condiciones de presentarse en el ámbito internacional si no es a través del apoyo (e incluso las argucias) del poder político, empeñado en ocultar y excluir la cultura catalana en castellano. Ha resultado, así, que la presencia de los escritores catalanes en Francfort se ha podido confundir con una exótica rareza cuya exhibición se debe no a su valor literario, sino a su supuesta condición de fenómeno singular y legitimador de reivindicaciones políticas.

Los responsables del programa oficial tendrían que haber sido conscientes de que la ausencia de escritores catalanes en castellano no engrandece la presencia de los que se expresan en catalán, sino que los coloca en la incómoda posición de favorecidos por un determinado poder. Es sobre todo un flaco favor a la cultura catalana en catalán, que ha dado obras imprescindibles para comprender la entera cultura catalana, con independencia de la lengua en la que esté escrita, pero también la cultura española e, incluso, la europea.

Un síntoma de la situación creada es que Quim Monzó, un escritor en catalán que escribe artículos en castellano, se haya refugiado en la ficción para su discurso inaugural. Al final, ésa es la mejor representación de la cultura catalana, al retomar implícitamente los conmovedores versos de Espriu, tan oportunos en estos días, en los que se constata la posibilidad de expresar un solo amor en diversas lenguas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de octubre de 2007