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COLUMNA

La maldita realidad

Recuerdo en los inicios de los años setenta, cuando la realidad iba contradiciendo las desaforadas ilusiones revolucionarias de los grupos que habían surgido con el mayo del 68 en Francia, un concepto llamativo repetido con frecuencia por un grupo de trotskistas y ajeno al marxismo por naturaleza, que era el de "maldita realidad". Los ávidos y superficiales lectores de Marx no dudaban en contradecir la esencia del marxismo erigida sobre el materialismo cuando maldecían la realidad, puesto que esta no se estaba adecuando a sus sueños e ilusiones. Entonces se renegaba de ella calificándola innecesariamente, renegando sin duda sin saberlo, de su encuadramiento no sólo en la izquierda, sino en cualquier tipo de opción política.

De repente, la realidad nos ha golpeado con el gesto de la dimisión de un líder político, acto que se repite con una cierta redundancia en la política en los últimos tiempos, como para preocuparnos. Pero esta dimisión, más grave si cabe, del presidente del PNV nos puede recordar, por encima de frases hechas y sonrisas alentadoras, que vivimos sobre un volcán. Quien se conforme con el acto de dignidad que supone la dimisión de Imaz se confunde. Su significado real es la grave situación política que padecemos, porque la forma radical y dramática de dejar la política de un líder aceptado socialmente -y no tanto en los polvorines del nacionalismo- nos puede avisar de la dimensión de la realidad, aunque sea maldita.

Hace muy pocas fechas, consolado con el titular de que en el PNV se había alcanzado un acuerdo con la ponencia de síntesis -hay que leer la letra pequeña y no conformarse con los titulares- empecé a explicarme la aparente buena noticia en el hecho de que, a pesar de unos malos resultados, el PNV había conseguido mayor poder, no sólo sosteniéndolo en las diputaciones de Vizcaya y Guipúzcoa, sino alcanzándolo en Alava. Ya sabemos que el poder modera y hace posible entendimientos imposibles dos días antes. Una vez encontrada, y consolado con la explicación, Manu me recordó lo que decía su primo Onaindia: "Todo partido se modera con el poder menos el PNV, que se modera cuando es débil". Entonces empecé a temerme lo que iba a pasar. Aunque el tiempo haya modificado -no en lo sustancial- aquella aseveración, porque ya no es el único partido que se comporta así, el PNV sigue siendo el ejemplo de ese comportamiento.

La dimisión de Imaz nos puede dar una idea de la enorme dificultad de ejercer la moderación en estos tiempos de orgía de radicalismo, especialmente en el seno de los nacionalismos, que se lanzan sin freno por la cuesta. Y nos pudiera dar a entender que, a pesar de la calificación de ponencia de síntesis, lo que prevalece en la aprobada por el máximo órgano del PNV, una vez leída la letra pequeña -el referéndum esté o no ETA en ejercicio-, es la dinámica de impulsar al partido a dramatizar su discurso. Es decir, a amenazarnos con el referéndum desgarrador de esta sociedad, a la vuelta a la dinámica del enfrentamiento entre nacionalistas y no nacionalistas. Y es que sus pragmáticos, que asumieron la aventura de Lizarra para contraponerla al espíritu de Ermua, estaban ávidos de que el proceso de paz con ETA acabase para volver a capitalizar la crítica situación vasca, adjuntando el señuelo de la paz, que tan buen resultado le diese al PSE en las elecciones municipales, al plan Ibarretxe como el auténtico plan de paz. No cabe duda de que la colaboración, racionalidad y moderación que Imaz prestara al PSE en las negociaciones con Batasuna y ETA la han considerado sus adversarios en el seno del PNV como causa de su deterioro electoral, mientras recordaban que en las épocas de radicalismo eran capaces de vencer hasta a un PP y un PSOE juntos. El radicalismo era y es el que está mandando y condicionando, aunque deseáramos rechazar esa mala realidad.

Era realmente extraño, y por otro lado admirable, que el PNV contase con un líder moderado que congelase la inmediata política soberanista impulsada por el Gobierno vasco y que permitiera un cierto debate sobre la idoneidad de desgarrar este pequeño país por la mitad. Pero a la vez resultaba un imposible en el ambiente político actual, cuando lo importante de la entrevista de Esperanza Aguirre con el presidente del Gobierno ha sido nada menos que la reclamación para Madrid de la gestión de los ferrocarriles de cercanías. Hubiera sido demasiado bonito, normal, digno de un país en el que sólo perturba el sueño el lechero haber tenido un líder moderado nacionalista. Digno de un país maduramente democrático.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 19 de septiembre de 2007