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Crítica:31º FESTIVAL DE JAZZ DE VITORIA

Demasiado perfecta

Norah Jones, ex cantante de cabaret convertida en estrella mediática, es la hija que toda madre desearía tener. Una belleza de aspecto sanote y una artista, cantante, pianista y compositora, con un agudo sentido de la oportunidad. Y no: no toca jazz, pero canta en los festivales de jazz y mete más público que ningún músico del género, lo que tampoco es que tenga demasiado mérito.

Norah Jones y M. Ward

Pabellón de Mendizorroza, 21 de julio.

La hija del maestro del sitar Ravi Shankar y la enfermera Sue Jones llegó a Vitoria en loor de multitudes y con las entradas vendidas antes incluso de ponerse a la venta. M. Ward, enigmático cantautor, fue el encargado de abrirle el paso sobre el escenario. Este niño prodigio del moderno country & western es la reencarnación del Bob Dylan pre-Woodstock: con una armónica al cuello, como Dylan, cantando "canciones tristes, tristes" como el genio de Minnesota antes de que descubriera que los tiempos están cambiando y que hay que estar con ellos si se quiere sobrevivir en el negocio. Curioso: en su set contó con la ayuda no publicitada de alguien que cantaba como Jones, se parecía a Jones y resultó ser Norah Jones en persona y en atuendo informal de camiseta y vaqueros.

La estrella de la noche reapareció en escena para su propio show hecha un primor y con ganas de agradar. Se había pasado la tarde aprendiendo a saludar en euskera. Le faltó enfundarse una camiseta del Alavés.

Dos primeras versiones de sendos temas programáticos -Come away with me y What did you say- sirvieron para constatar que no es artista que se permita demasiadas alegrías sobre un escenario, y esto es exactamente lo que la mayoría buscaba: una réplica lo más ajustada posible del original, si es que ello tiene algún sentido. Pudo no ser así. Por un momento, en I've got to see you -una pieza con un cierto aire a Caravan, de Duke Ellington- la cantante pareció dirigirse a algún lugar que no era el marcado por ninguna señal de dirección obligatoria. Un puro espejismo: la bella Jones interpreta su música con la precisión de un reloj suizo, demasiado perfecto como para despertar ningún entusiasmo excepto entre el gremio de los relojeros. Con el añadido de que puede estar cantando a Hank Williams o a Tom Waits, que el oyente apenas advertirá la diferencia. Su voz seductora pero escasamente dúctil no da para demasiado, y cuando hay que dar el callo -así, en la postrera Creepin'in-, su cortedad queda en evidencia. Una lástima.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de julio de 2007