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Reportaje:El reto de la inmigración irregular

Esclavos expulsados del paraíso

Miles de inmigrantes asiáticos procedentes de Dubai intentan llegar a Canarias desde Guinea Conakry

Miles de inmigrantes asiáticos cuyo objetivo es entrar en la Unión Europea a través de Canarias se han ido concentrando durante los últimos meses en Guinea Conakry. La mayoría son indios, paquistaníes y ceilaneses expulsados de los Emiratos Árabes Unidos, donde han trabajado en la construcción de la faraónica capital de Dubai. En los puertos de Conakry y de Kumsar les esperan cientos de barcos chatarra como los que han arribado al archipiélago español en los últimos años. El despliegue de la agencia europea de fronteras Frontex ha desbaratado sus últimos intentos. Pero las autoridades de la UE temen que los traficantes cambien su estrategia para vulnerar la barrera de control marítimo.

Una mariposa aletea en la Península Arábiga y sus efectos se acusan en Canarias. El jeque Ali ben Abdala Kaabi, ministro de Trabajo de los Emiratos Árabes Unidos, ha determinado expulsar a 250.000 inmigrantes. Su decisión multiplicará, previsiblemente, el número de barcos cargados de sin papeles asiáticos que zarpan desde África hacia el archipiélago español.

Los Emiratos Árabes Unidos son una federación de siete reinos fundada en 1971 -en pleno auge del precio del petróleo- por el jeque Sayed ben Sultán, padre del actual presidente, el jeque Jalifa ben Sayed. Es el tercer productor de crudo de la zona, lo cual equivale a decir que se trata de uno de los estados más ricos del mundo.

Los asiáticos pagan 2.000 euros por un viaje de 2.500 kilómetros en buques desahuciados

Hace un par de décadas, el jeque de uno de esos siete emiratos, Dubai, decidió convertir su árido territorio en un centro internacional de negocios y turismo de lujo. Los empresarios árabes invirtieron miles de millones de petrodólares para levantar rascacielos como el hotel Burj al Arab -el más lujoso y más alto del mundo-, aeropuertos como el Jebel Ali -que dentro de 20 años batirá el récord mundial de pasajeros-, parques acuáticos como el Wild Wadi -el más grande de la tierra- e islas artificiales como Jumeirah Palm.

La construcción a gran escala ha convertido el emirato en una de las capitales con mayor crecimiento del mundo. Pero para crear ese espejismo en el desierto fue necesario importar mucha mano de obra. Hasta tal punto que de los 4,4 millones de habitantes que hoy tiene el país sólo el 19% son nativos hijos de nativos, condición indispensable para ostentar el estatuto de ciudadano. Los demás son inmigrantes, en su mayoría procedentes de India (un millón), Pakistán (300.000) y Sri Lanka. Los emires los necesitan para levantar su sueño, pero no están dispuestos a que se establezcan en el país. Por eso, en cuanto aterrizan, les confiscan los pasaportes.

El trasiego de trabajadores que van y vienen de Dubai es evidente en el aeropuerto de Delhi, donde cada día despegan cientos de hombres andrajosos y con apenas un hatillo y aterrizan otros vestidos a la occidental, luciendo ostentosos relojes y cargados con enormes equipajes. Para estos emigrantes, la compañía aérea Indian Airlines ha creado una línea especial.

A pesar de su aire satisfecho, los que vuelven a Delhi acaban de salir del infierno. La retirada de la documentación, nada más aterrizar en Dubai, les deja inermes ante todo tipo de abusos. Luego son trasladados a 15 kilómetros de la ciudad, alojados en barracones y sometidos a jornadas laborales de sol a sol. La mayoría de los abalorios que lucen con orgullo a su vuelta han sido comprados a última hora en el duty free del aeropuerto con lo que han logrado ahorrar de un salario que no supera los 300 dólares (unos 250 euros) mensuales.

Las autoridades vigilan que los extranjeros salgan del país cuando caducan sus visados. Pero, a pesar de su celo, no pueden evitar que muchos de ellos se queden trabajando de forma ilegal. Por eso, cada cierto tiempo organizan una expulsión masiva. Durante la última, ordenada en 2003, salieron del país nada menos que 300.000 personas. La mayoría eran indios, paquistaníes y filipinos.

Ahora, el jeque Ali ben Abdala ha repetido el esquema de hace cuatro años. El ministro de Trabajo ha concedido a los sin papeles un plazo de tres meses para que abandonen el país so pena de dar con sus huesos en la cárcel y ser castigados con una fuerte multa. Además, ha establecido penas de entre uno y dos meses de prisión y fuertes sanciones para quienes les presten refugio: 20.000 euros por cada extranjero en situación irregular.

Es previsible que el plan del jeque Ben Abdala obtenga resultados tan espectaculares como en 2003. Y también es probable que, como entonces, buena parte de los cientos de miles de expulsados no vuelvan a sus lugares de origen, sino que se dirijan a África para desde allí intentar entrar ilegalmente en Europa.

El Cairo (Egipto), Addis Abeba (Etiopía), Túnez (Túnez), Nairobi (Kenia) y Lagos (Nigeria) son algunas de las ciudades a las que arriban los expulsados de Dubai con sus magros ahorros. Allí les esperan antiguos emigrantes como ellos, que se han asociado con las redes locales que trafican con personas a través del continente. En los últimos tiempos, esas organizaciones han encontrado un lugar ideal desde el que trasladar a sus clientes a Europa: Guinea-Conakry. Es difícil encontrar en el planeta un emplazamiento más peligroso que el de la antigua Guinea francesa. Sus fronteras con Guinea Bissau, Senegal, Malí, Costa de Marfil, Liberia y Sierra Leona la han convertido en víctima por contagio de las violentas crisis de sus vecinos, que se suman a las suyas propias.

Guinea es un país relativamente grande -su superficie equivale a tres veces la de Andalucía-, pobre, inestable y siempre a punto de estallar. Las frecuentes revueltas suelen ser sofocadas a tiros y silenciadas con continuos estados de excepción por el general Lansana Conté, presidente desde 1993.

Esa caótica situación ha atraído al país a un buen lote de aventureros, traficantes y criminales de todas las nacionalidades. En los puertos de Conakry -la capital- y Kamsar -al norte- se concentra lo peor de cada casa. Muchos de los personajes que se mueven por allí son marinos que se quedaron varados con sus barcos tras la caída de la Unión Soviética y que ponen pocos reparos a cualquier negocio, por siniestro que sea.

Cientos de barcos chatarra sin propietario conocido, marineros sin escrúpulos y una travesía de 2.500 kilómetros hasta Canarias -como la de los cayucos- explican por qué Guinea se ha convertido en la base más importante del tráfico de orientales expulsados de Dubai y que vagan por África.

De hecho, cada vez son más los sin papeles que eluden las escalas en otros países africanos y viajan directamente desde Dubai hasta Conakry. Lo hacen en alguno de los dos vuelos semanales que unen ambas ciudades y que están subvencionados por Arabia Saudí. Dos razones explican la sorprendente actividad de Arabia Saudí y de los Emiratos Árabes Unidos en este lejano país de África: la primera es religiosa, la segunda es comercial. Los saudíes acaban de financiar una gran mezquita y los dubaitíes han sustituido a Bélgica y Japón como suministradores de alimentos, ropa y electrodomésticos.

Los asiáticos que llegan desde Dubai en avión, más los que arriban a Guinea por carretera desde países vecinos, muchos de ellos con pasaportes falsos, son acogidos por miles de paquistaníes que llevan años esperando una oportunidad para entrar en Europa. Se alojan a 20 o 30 kilómetros de la capital, en campamentos de chabolas, limpian pescado y cosen redes.

Los paquistaníes prestan buenos servicios a los recién llegados. A cambio de una parte de sus ahorros, les ponen en contacto con los marineros sin escrúpulos de Conakry y Kamsar. El precio del pasaje hasta Canarias -el territorio más cercano de la UE- ronda los 2.000 euros; para los africanos sale por 500 euros menos. Si consideramos que el número de inmigrantes que suelen ser trasladados en estos barcos ronda los 350, el negocio es redondo: unos 700.000 euros de beneficio bruto.

Desde hace un año, el Gobierno español ha desplegado numerosos espías en África occidental. Una parte de su trabajo consiste en fotografiar los barcos chatarra y alertar al Centro de Control de la Guardia Civil en Canarias cuando observan actividad en alguno de ellos. El objetivo es que las autoridades del país lo intercepten antes de que abandonen sus aguas territoriales, algo que no siempre es posible. Entonces, la tarea de atraparlos corresponde a los efectivos de la agencia europea de fronteras, Frontex.

Los marineros saben que el éxito de su negocio depende de la rapidez y procuran alejar los buques de las aguas territoriales. Suelen zarpar de noche y navegar hasta la zona de rescate internacional. Entonces, abandonan la nave y vuelven a tierra en lanchas. De este modo fuerzan a los buques de Frontex a rescatar a los inmigrantes. Al carecer de documentación y como sus rasgos ísicos evidencian que no son guineanos, su repatriación es muy difícil.

Aunque sus últimas aventuras no han terminado como pretendían -ahí están los casos del Marine I, del Happy Day y del Salina II- y sus pasajeros no consiguieron llegar a Canarias, las autoridades europeas no creen que los reveses hayan disuadido a traficantes e inmigrantes. Al contrario, sospechan que los primeros modificarán pronto su estrategia y adoptarán otra ya ensayada por las pateras y los cayucos: enviar varios barcos a la vez, con el fin de desbordar a las patrulleras de Frontex. Y el despliegue europeo no está preparado para hacer fente a semejante ofensiva.

Reportaje basado en entrevistas con miembros de la Organización Internacional de las Migraciones, de la agencia europea de fronteras Frontex y de los Gobiernos de Guinea-Conakry y España. También han sido consultados informes de la ONU, Amnistía Internacional y Human Rights Watch.

La lucha contra los barcos de 'sin papeles'

Desde 2001 han arribado a Canarias 17 barcos cargados de inmigrantes que habían zarpado de África occidental. Este año lo han intentado cuatro buques. Éstos son sus nombres.

- 'Toubi Star IV'. Atracó por sorpresa el 11 de enero en el pequeño muelle de La Restinga, en el vértice sur de la isla de El Hierro, con 166 asiáticos y africanos.

- 'Marine I'. Lanzó un SOS cuando se hallaba entre Senegal y Cabo Verde y fue remolcado por un buque de Salvamento Marítimo hasta la ciudad mauritana de Nuadibú. A bordo viajaban 369 inmigrantes asiáticos y africanos que se dirigían a Canarias y que declararon que la tripulación había abandonado el buque en lanchas rápidas.

- 'Happy day'. Fue interceptado el 22 de marzo a 80 millas frente a Senegal por una patrullera italiana de Frontex. En las bodegas iban más de 300 asiáticos y en el puente, seis marineros georgianos, a los que Exteriores dio elegir entre volver a su puerto de partida (Kamsar, en Guinea Conakry) o ser detenidos. Eligieron la primera opción.

- 'Salina II'. Fue abordado por gendarmes de Senegal el 20 de mayo en la región de Casamance, al sur del país, cuando ya había embarcado a 90 inmigrantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de julio de 2007

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