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COLUMNA

¿Se enamoraría usted de una cabra?

Asisto en el teatro Bellas Artes a la espléndida representación de La Cabra o ¿Quién es Sylvia?, del genial Edward Albee. Salgo del teatro feliz porque su director, actor y traductor de la obra, José María Pou, ha hecho un trabajo soberbio. Los actores Amparo Pamplona, Álex García y Juanma Lara son también espléndidos. Ahora que ya la obra ha dejado de representarse en Madrid quizá se puede contar por encima el argumento. La Cabra se estrenó en Nueva York -del que nuestra Gran Vía es un excelente calco- el 10 de marzo de 2002 y se estrenó en el teatro Romea de Barcelona en noviembre de 2005. La Cabra es una tragedia. Martin, un arquitecto galardonado con el premio Pritzker, vive feliz con su esposa Stevie. Nunca le ha sido infiel. Ha cumplido 50 años, empieza a tener problemas de memoria y, en una salida al campo para visitar una casa que quiere comprar, sufre, como san Pablo, la caída del caballo. Ve una cabra y queda fascinado por su belleza. Se acerca a ella, la mira con devoción, le habla con la mayor dulzura y, para su felicidad, percibe que él también le gusta mucho a la cabra. Hagamos memoria y pensemos en las veces en que nos hemos enamorado y el ser amado nos ha correspondido. ¿Hay algo más sublime en la vida? ¿No es maravilloso que, llevados en volandas por el amor, el sexo, en esos momentos, es limpio como las florecillas del campo? Eso mismo le ocurrió a Martin: su amor era puro, se veía reflejado en los ojillos de Sylvia -así llamó a su adorada cabra-, la acarició con la mayor delicadeza, la besó con la ternura con que una madre besa a su hijito e inspirado por los sabios alcornoques, unos árboles que sólo dan buenas ideas, copuló inocentemente con ella. Pasemos por alto el modo por el que su mujer llega a enterarse de que su marido se ha enamorado de una cabra. Un matrimonio idílico, que se guardaba fidelidad, se ha convertido en un infierno. La grandeza de Albee se basa en que mezcla con sabiduría tragedia y comedia. Y la grandeza de José María Pou se basa en sus extraordinarias dotes de actor y director y en que es el autor de una traducción prodigiosa. ¡Qué castellano más vivo y más maravilloso! ¡Qué exquisitamente suena la lengua! El lenguaje sexual está afinadísimo sin ahorrar ninguna crudeza necesaria.

Hagamos memoria y pensemos las veces en que nos enamoramos y nos han correspondido

Al salir del teatro y cruzar por la Puerta de Alcalá recordé los días todavía no lejanos en que por allí vi esos rebaños de ovejas que, herederas de los derechos de la sagrada Mesta, cruzaban por las calles de Madrid rumbo a los destinos de sus pastos futuros. Mi último recuerdo de ovejas cruzando por la Puerta de Alcalá se remonta al año en que ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco. Iba yo en la mañana de un domingo rumbo a la COPE, domiciliada en la falda del Retiro, y me encontré con un fantástico rebaño de ovejas. No tenía entonces la cultura caprina que gasto ahora tras haber visto La Cabra y no me hice ninguna pregunta metafísica: ¿hay también cabras en este rebaño de ovejas? ¿Le interesaban más a Teócrito, el primer gran poeta bucólico de Occidente, las ovejas o las cabras? ¿Hay todavía cabras en el asfalto madrileño? Hasta no hace más de seis años, he visto a unos músicos ambulantes que exhibían en distintos lugares de la ciudad una desdichada cabra con las patas atadas.

Las cabras de la Comunidad de Madrid que realmente enamoran viven en la sierra de Guadarrama. La raza caprina del Guadarrama se llama guadarrameña. Estas cabras son animales eumétricos -vamos, que están bien hechas-, de perfil recto, y se caracterizan por un marcado dimorfismo sexual. Las ubres son de tipo abolsado y los pezones de tipo globoso o cónico. Son cabras que pueden enamorar a cualquier arquitecto. Volviendo de la sierra a Madrid, digamos que, el próximo 18 de julio, el gran dramaturgo Paco Zarzoso estrena Umbral en el teatro La Cabra Mecánica, en el barrio de Chueca. Actriz estrella: Lola López.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2007