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Crónica:

El hombre de la peluca

Tres hermanas logran detener al agresor de su padre cuando acudió disfrazado un año después al lugar del crimen

-¿Eres Luis...?

El hombre iba disfrazado. Llevaba una peluca de pelo canoso que le tapaba parte de la frente y unas gafas de sol que escondían la forma de sus ojos. Estaba echado sobre la barra del bar tomando una cerveza. Se giró hacia atrás y vio a tres chicas de entre 17 y 22 años que no le quitaban la vista de encima. Instantes antes había oído de refilón a una de ellas hacerle preguntas sobre él al camarero. Pagó y salió deprisa de allí. Pero las tres chicas fueron tras él. Eran cerca de las diez de la noche del pasado 5 de mayo.

-¿Tú eres Luis? ¿Conoces a Said? -insistieron las tres hermanas.

-¿Quién sois, qué queréis...?

-Conoces a Said, ¿verdad? -inquirieron, desafiantes.

En el documento de identidad que portaba el hombre de la peluca figuraba una foto auténtica, pero estampada sobre un carné falso.

-Tú eres el que disparó a nuestro padre. ¡Asesino!, ¡asesino! -le gritaron las chicas ya en la calle. Una de ellas, Miriam Esther, de 17 años, gritaba con especial ahínco.

El hombre echó a correr. Claro que conocía a Said. A Said el Faiq Chenna, de 50 años, y origen marroquí. Justo un año antes le había disparado en el estómago. Por una mera discusión de fútbol. El tiro se produjo a las puertas del mismo bar, el 7 de mayo de 2006.

Miriam Esther y su hermana Teresa vieron entonces a su padre sangrar por el estómago, retorcerse de dolor. Presenciaron todo. Estaban allí, en el bar, cuando el desconocido descerrajó el tiro a su padre y huyó. Ahora no daban crédito. Justo un año después de aquello, el agresor había vuelto al lugar del crimen. Y pretendía huir de nuevo. Pero no estaban dispuestas a dejarlo escapar. Y fueron tras él, enfurecidas y gritando.

-¡Paradlo, es un criminal...!

Una de ellas corría más que las otras y lo asió de la chaqueta. Tambaleándose, lo lanzó contra la pared. El fugitivo, cercado, sacó un bote de spray y la gaseó. A Miriam se le cortó la respiración y tuvo que soltarle. Sin duda, sí que era el hombre tras el cual llevaba la policía un año. Es decir, Luis Olivencia Campoamor: 57 años, 30 detenciones, la mayoría por robos y falsificaciones. Incluso llegó a estar 15 meses preso por su supuesta pertenencia a armada, aunque fue absuelto de ello. Era, en definitiva, la persona que, a traición, había descerrajado el tiro al padre de las chicas.

Un bofetón de rabia

Miriam Esther se limpió el gas de los ojos como pudo y corrió tras él. Pero sus hermanas y un transeúnte ya le tenían retenido en el suelo. Miriam Esther se lanzó hacia él y le quitó la peluca. Encorajinada, le dio un bofetón. Agentes de una patrulla de policía que rondaba la zona llegaron al lugar y preguntaron qué ocurría. Se los llevaron a todos a comisaría, pero ellas iban felices. Quien iba preocupado era Luis. Las tres hermanas habían puesto punto final a su ya larga evasión. No opuso resistencia a la policía. Pero sabía que le esperaba la cárcel. Un año antes, en un bar de la calle Corredera Alta de San Pablo, en Madrid, había insultado y disparado en el estómago al padre de las chicas. Le dejó medio muerto y huyó. Y todo por un partido de fútbol del Real Madrid.

Aquel 7 de mayo de 2006, Luis estaba en la barra junto con otras dos personas. Said también veía el partido. En la puerta del bar, dos de sus hijas. Said jaleó una jugada de su equipo. Luis le miró y le espetó: "Cómo le puede gustar a un moro el Real Madrid...". Said le llamó la atención por el comentario. Luego se vieron en la calle, a las puertas del bar, y Said le dijo: "Yo soy del equipo que quiera...". Luis sacó entonces un bote de spray, le fumigó los ojos y echó a correr. Said fue a casa a lavarse y echarse agua en los ojos. Ya recuperado, bajó de nuevo a la calle. Quizás iba buscándole. Se encontraron de nuevo. Esta vez pasaron de las palabras a las manos. Se enzarzaron y cayeron ambos al suelo. Luis sacó una pistola en el forcejeo y le disparó. Miriam Esther y Teresa estaban allí. Vieron que salía sangre del vientre de su padre y avisaron a una ambulancia del Samur. Si no le hubieran operado de inmediato, habría muerto.

La policía buscó a Luis en diferentes ciudades, pero sin éxito. Supo que había vivido durante muchos meses en una casa de Asturias. Pero al llegar allí, su pista había desaparecido.

El pasado 5 de mayo, Luis volvió al lugar del crimen, pero con una peluca. Tras muchas semanas de hospital, Said había vuelto a hacer vida normal, pero sin olvidar la cara de su agresor. En ese bar, cercano a su casa, solía tomar café de vez en cuando. El 5 de mayo, a través de los cristales del bar, creyó ver a Luis en la barra. Le despistaba el pelo canoso. No estaba seguro de si sería él. Se volvió a casa y contó a sus hijas que había alguien en el bar que se parecía mucho al hombre de la pistola. Sus hijas hicieron el resto.

El juez de guardia dictó prisión para Luis. En ese momento pesaban sobre él cinco órdenes de busca y captura de distintos juzgados. Su abogado pidió que le dejasen en libertad provisional al considerar que el disparo era un delito de lesiones y no un intento de homicidio. También argumentó que no había riego de fuga puesto que tenía domicilio conocido. El juez lo envió a la cárcel. No sólo hay en él riesgo de fuga sino que lo ha demostrado, sentenció. El dicho de que el criminal siempre vuelve al lugar del crimen volvía esta vez a cumplirse. Said y sus tres hijas duermen ya más tranquilos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de julio de 2007