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Muere con 110 años la abuela de Galicia

Aurora Lombán vivía en Mondoñedo y llevaba 14 meses encamada por una parálisis

"Morreu a Rata!". Los vecinos de Mondoñedo andan pesarosos estos días. La matriarca de Os Ratos, viuda del Rato primero -al que le cayó el sambenito del mote porque era un hombre pequeño con un gran negocio-, se sintió "pachucha" el sábado, se puso mejor el domingo y el lunes, hacia el mediodía, se apagó.

En realidad, Aurora Lombán Ares, que nació el 30 de abril de 1897, se venía apagando despacito desde que cumplió los 103. A los 100, y aun después, dedicaba la tarde a pasear, arriba y abajo, el kilómetro que separa su cuidada casa de piedra (frente al cementerio de Cunqueiro, Pascual Veiga, Noriega Varela y Leiras Pulpeiro) del bar O Padornelo, a la entrada de Mondoñedo.

Hacía mucho tiempo que no se aventuraba a ir más lejos, quizás hasta el Coto da Recadeira, su aldea natal, a tres kilómetros cruzando la Nacional 634. Pero sus piernas eran fuertes, y lo siguieron siendo hasta aquella triste caída que ensombreció la comunión de una niña de la familia. Entonces, Aurora, que no había querido saber nada "de médicos y medicinas" durante toda su vida, fue ingresada en el hospital y los médicos le diagnosticaron una muerte irremediable. "No se puede hacer nada. Está muy mala y con tantos años no vale la pena intentarlo", le reconocieron los doctores a la familia. La mandaron a casa para que muriese en paz, pero en lugar de cumplir los pronósticos, Aurora (que siempre tuvo un poco de rebelde y un mucho de tozuda) se recuperó y siguió agarrándose a la vida hasta hace dos días.

Claro que, después de aquel trauma, ya nunca volvió a ser la misma. Sus recias pantorrillas flojearon, y desde hacía 14 meses vivía encamada, con medio cuerpo paralizado, atendida por su hija María Teresa. En su estado, ya no quería recibir a nadie ni dejaba que la fotografiasen. Aquella guapa morena, que traía de calle a todos los mindonienses y se terminó casando con el que demostró más olfato empresarial, siguió siendo presumida hasta el último suspiro.

Lo que tampoco perdió Aurora Lombán fue el apetito. Siempre le gustaron los dulces, el café bien cargado, un poco de vino para regar las comidas y, más que nada, los huevos. Comió huevos toda la vida, uno cada noche, revuelto o en tortilla (cocido le hacía menos gracia), y nunca llegó a aburrirse de tan monótona dieta. Una vez, el médico de confianza se atrevió a sugerirle un cambio en sus costumbres: "Haga como yo, de huevos nada. Si acaso uno de cuando en vez para matar el gusanillo. Un huevo al mes es más que suficiente para una señora de su edad". Aurora torció el morro y no dijo nada. Durante toda la tarde no hizo ningún comentario al respecto, pero cuando llegó la hora de la cena, exigió a su hija el huevo sobre la mesa.

Con esta dieta, Aurora ostentaba el título de abuela de Galicia desde que murió Atilano Rivas, vecino de Galgao (otra aldea de Mondoñedo), el 30 de diciembre, 17 días antes de poder llegar a cumplir los 110.

Lo mismo que Atilano, que sólo se ausentó del municipio durante los cuatro años de instrucción militar en A Coruña, Aurora vivió prácticamente siempre en esta ciudad episcopal. Casi de niña, siguió un curso de costura en Lugo, pero luego nunca llegó a ejercer. Casó con José Antonio Otero Villarino, un visionario que fundó la empresa de transportes La Mindoniense cuando la nacional no era más que un camino sin asfaltar. Y desde entonces, la señora de Otero se dedicó a su casa sin perder jamás la calma ni la salud.

Tuvo un hijo (Carlos, que está emigrado en Buenos Aires) y dos hijas (Isabel y María Teresa, a la que todo el mundo conoce como Tita). El último parto lo tuvo cuando ya rondaba el medio siglo, y según Teresa, "vivió siempre muy bien y muy cómoda". Era mimosa y "se quejaba". Decía que tenía dolores, pero cuando llegaba el médico, lo espantaba. Porque no quería que nadie le quitase su mayor diversión: estar en la calle. Bajar a la rúa Julia Pardo y matar la tarde de cháchara con la estanquera.

Aurora fue enterrada en el cementerio municipal ayer a las seis de la tarde. Ahora, las abuelas de Galicia, con 109 años, son Nieves Ledesma (de Vigo) y Pilar Fernández (de Rianxo).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 27 de junio de 2007